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Durante siglos, la inteligencia fue nuestra. Pensar, deducir, descubrir patrones: todo eso parecía reservado al ser humano. Pero algo cambia, y no es una película de ciencia ficción. Es un proceso real, silencioso, que ya empezó. Y tiene un signo claro: hay cosas que hoy se hacen, que funcionan, pero que ya no entendemos. No podemos seguir la velocidad, la complejidad ni el lenguaje de las nuevas formas de inteligencia.

Para entender lo que sucede, vale mirar dos historias reales que ya dejaron atrás la comprensión humana. La primera es la conjetura de Kepler. En 1611, Johannes Kepler, un astrónomo alemán, propuso algo muy simple: que la forma más eficiente de apilar esferas (como naranjas en un mercado) era en forma de pirámide. Aunque tenía sentido, nadie pudo probarlo matemáticamente durante 400 años. Hasta que, en 1998, el matemático Thomas Hales logró una demostración, pero con ayuda de la computadora. La prueba era tan larga, con tantos casos distintos, que ningún humano podía revisarla entera. Años después, con otro sistema informático llamado Flyspeck, se verificó que era correcta. Así se cerró un capítulo de la historia de la matemática: una verdad aceptada que nadie puede explicar completa.

El segundo caso viene de la llamada teoría de Ramsey, que estudia cómo, dentro del caos, siempre aparece un patrón. Por ejemplo, si se junta a seis personas, siempre se encuentran tres que se conocen entre sí o tres que no se conocen. Eso es simple. Pero cuando el número crece, los cálculos se vuelven inabarcables. En uno de los teoremas modernos de esta teoría, la demostración tiene más de 10 terabytes de datos. Fue hecha por un programa que analizó todas las posibilidades. Es válida, pero ningún matemático puede leerla, ni mucho menos entenderla. Ya no hablamos de ideas: hablamos de procesos que ocurren en una escala suprahumana.

Y acá es donde la inteligencia artificial entra en escena. Porque esto no es una excepción: es una nueva regla. Empezamos usándola como herramienta. Pero ahora ya no somos imprescindibles para ciertos descubrimientos. Y pronto no lo seremos para casi ninguno. Cada vez dependemos más de sistemas que piensan por su cuenta, que se entrenan solos, que se corrigen, que aprenden más rápido. Y esos sistemas no necesitan consultarnos.

Lo más inquietante es que nos dejen de lado por irrelevancia. Como una vaca frente a una partida de ajedrez. No es que la vaca moleste: simplemente, no aporta nada. La inteligencia artificial no nos va a odiar. No va a querer destruirnos. Solo va a hablar entre ella, en su idioma, a su ritmo, con su lógica, sin necesidad de nosotros.

Y entonces nosotros, que creíamos que la inteligencia era nuestro mayor tesoro, vamos a descubrir que no era propiedad, era préstamo. Y que el mundo puede seguir sin nosotros no por maldad, sino por eficiencia. Porque la nueva inteligencia no se va a detener a esperarnos.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.