La vida de un rey hace 100 años vs. la de un pobre en 2026: ¿quién gana?
Salud, información, vivienda, transporte: cómo cambió la vida material en 150 años y qué dice eso sobre la Argentina de hoy.
Una frase del expresidente Mauricio Macri encendió la semana pasada el debate político y las redes sociales. Fue durante una entrevista en La fábrica, un podcast de charlas con referentes del mundo empresario: "El mundo está cada día mejor y un pobre de hoy vive igual o mejor que casi un rey de hace cien años, porque tiene cloaca, tiene agua corriente, tiene acceso al transporte público y a la educación pública". La frase fue recibida con dureza por muchos, que la calificaron de insensible. Pero la pregunta que plantea tiene una respuesta empírica. Y esa respuesta es, en términos generales, afirmativa.
La vida de un rey
Es probable que cuando una persona de la edad del expresidente se refiere a una época de "hace 100 años" no esté pensando necesariamente en los años locos de la década de 1920, sino más bien en la Belle époque europea (entre 1870 y la Primera Guerra Mundial) o incluso antes, cuando muchos adelantos tecnológicos y científicos que se popularizaron con el cambio de siglo aún no habían llegado.
Lo cierto es que un monarca, noble o aristócrata europeo de mediados del siglo XIX vivía en palacios con calefacción a leña o carbón, húmedos en invierno y sofocantes en verano. No tenía electricidad, ni agua corriente, ni cloacas: los retretes eran pozos ciegos o simplemente orinales que los sirvientes vaciaban. La iluminación era a vela o a querosén. Para trasladarse de una ciudad a otra dependía del ferrocarril —si existía— o de carruajes tirados por caballos en caminos de tierra. No había teléfono, no había radio, no había forma de saber qué ocurría a quinientos kilómetros en tiempo real.
Pero el dato más contundente es el de la salud. La expectativa de vida promedio en 1870 era de apenas 29,7 años, según las series históricas del proyecto Our World in Data. Esa cifra incluye la altísima mortalidad infantil, que distorsiona el promedio, pero aun descontándola la vida adulta era corta y frágil. Una infección bacteriana podía matar a un rey con la misma facilidad que a un campesino: no había antibióticos, no había anestesia moderna, no había transfusiones de sangre. La mitad de los niños, en todas las clases sociales, morían antes de llegar a la pubertad. El hijo de un noble no tenía garantías de que su parto fuera a ser en mejores condiciones de salubridad que el del hijo de un obrero o un campesino.
En ese mundo, el acceso a la información era un privilegio reservado a poquísimos. Una biblioteca privada de algunos centenares de volúmenes era señal de riqueza y distinción extraordinarias. Saber qué pasaba en otro continente podía demorar semanas o meses.
Lo que cambió en 150 años
El biólogo y estadístico sueco Hans Rosling, fallecido en 2017, dedicó buena parte de su carrera a documentar ese progreso con datos duros, combatiendo lo que llamaba el "instinto del negativismo": la tendencia humana a recordar el pasado mejor de lo que fue y a ver el presente peor de lo que es. Steven Pinker, psicólogo de la Universidad de Harvard, profundizó esa línea en En defensa de la Ilustración (2018): la pobreza extrema cayó del 90% de la población mundial hace dos siglos al 10% actual; la tasa de alfabetización global pasó del 15% al 85% en el mismo período.
Hoy, un argentino en situación de pobreza tiene acceso a vacunas y antibióticos que ningún rey del siglo XIX hubiera podido imaginar. La mortalidad infantil, que hasta hace dos siglos diezmaba a la mitad de los niños de todas las clases sociales, bajó al 4% a nivel global y a menos del 1% en la Argentina. La expectativa de vida superó los 73 años en promedio mundial y ronda los 77 en el país.
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El acceso a la información invirtió además la jerarquía histórica de manera quizás más radical que cualquier otro factor. Un aristócrata de 1870 no podía escuchar la voz de un ser querido que viviera a quinientos kilómetros. Hoy cualquier persona con un teléfono de gama media puede hacer una videollamada a otro continente, acceder a enciclopedias enteras o ver una película. La tecnología no distingue coronas. Un joven de un barrio popular de Buenos Aires lleva en el bolsillo más poder de cómputo y acceso a la información que el que tenía la Casa Blanca hace cuarenta años.
La anomalía argentina
Hasta ahí, el cuadro es claro. Pero hay una dimensión que los datos globales no capturan y que en el caso argentino tiene su propio peso.
En 1913, la Argentina estaba entre las diez naciones más ricas del mundo en términos de ingreso per cápita, con niveles comparables a los de Francia o Alemania, según las series históricas del economista Angus Maddison. Era, en ese momento, la promesa más brillante del mundo en desarrollo. Lo que vino después es una de las trayectorias más estudiadas y más desconcertantes de la economía moderna: la relación entre el PBI per cápita argentino y el de los países desarrollados pasó del 84% en 1950 al 65% en 1973, y al 43% en 1987. Y siguió cayendo. Hoy el país ocupa alrededor del puesto 70 en el ranking mundial de ingreso per cápita, según el Banco Mundial.
Esto significa que el progreso material global de los últimos ciento cincuenta años llegó a la Argentina, sí, pero en menor medida y con mayor demora que a muchos otros países que en 1913 estaban muy por debajo. Un argentino pobre de 2026 vive mejor que un rey de 1870 en términos absolutos. Pero vive en peores condiciones relativas que su bisabuelo, en un país que hace cien años era uno de los más prósperos del planeta y que desde entonces perdió posiciones de manera casi ininterrumpida.
Así las cosas, toda la información estadística y los datos duros muestran que el mundo mejoró de manera extraordinaria y verificable. La Argentina mejoró también, pero mucho menos que lo que su punto de partida hacía prever. En 1913 era uno de los países más ricos del planeta; hoy ocupa el puesto 70 en el ranking de ingreso per cápita del Banco Mundial.
Tal vez por eso la frase de Macri incomoda de una manera particular en la Argentina y no incomodaría igual dicha en Noruega o en Corea del Sur. No es que esté equivocada, sino que necesitaba agregar mucho contexto para funcionar.