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Cualquiera que haya caminado por una gran ciudad de Occidente reconocerá la escena de inmediato. Hay una obra en el pavimento, un agujero en la infraestructura que interrumpe el paso y en el centro de la escena, un operario maneja el martillo neumático o la pala. A su alrededor, formando un semicírculo casi ceremonial, cinco, seis o siete personas observan. Llevan chalecos reflectantes, sostienen carpetas o simplemente miran, supervisando la labor de ese único individuo que suda.

Esta imagen, que en muchas economías asiáticas resultaría incomprensible por su ineficiencia, se normalizó en nuestras latitudes. Y lo más preocupante no es que ocurra en el asfalto, sino que este parece ser el modelo, la "solución" que ciertos sectores políticos y económicos pretenden aplicar ante la llegada de la inteligencia artificial (IA).

El espejismo del empleo regulatorio

Ante un comprensible pero mal gestionado temor de que la IA desplace la mano de obra humana, la respuesta instintiva de la visión socialista y estatista no es fomentar la adaptación o la excelencia, sino la fiscalización. La propuesta implícita es que si una máquina puede hacer el trabajo de cien personas, no permitiremos que lo haga libremente. En su lugar, crearemos un ejército de supervisores para esa máquina.

El objetivo es transformar el desempleo tecnológico en empleo burocrático. Así, se rodea al algoritmo, que es el único que está "picando piedra" y generando valor real, de siete observadores humanos.

Estos nuevos roles no serán productivos en el sentido estricto. Serán auditores de ética, revisores de cumplimiento normativo, inspectores de sesgos, coordinadores de comités de impacto y gestores de licencias digitales. Se construye una inmensa estructura administrativa cuyo único propósito es justificar nóminas humanas a costa de ralentizar la eficiencia de la herramienta.

La parálisis por diseño

El resultado de esta estrategia es predecible, con una sociedad paralizada. Si para ejecutar una línea de código o para que una IA optimice un proceso logístico se requieren tres sellos y cuatro revisiones humanas, la ventaja competitiva de la tecnología se disuelve.

Mientras otras naciones entienden la tecnología como un motor y no como una amenaza, y aceleran hacia el futuro, Occidente corre el riesgo de quedarse atascado en su propia red de seguridad. Creamos un sistema donde la fricción administrativa es mayor que la fuerza de tracción de la innovación. No permitiremos a la IA funcionar y convertiremos autopistas de datos en caminos de tierra llenos de peajes burocráticos.

Colgados del travesaño

Esta actitud revela una postura defensiva y desesperada. En términos futbolísticos, es la táctica de un equipo que sabe que no puede ganar jugando de igual a igual y decide colgarse del travesaño.

Vemos a legisladores y planificadores amontonando cuerpos en la línea de gol, tratando de detener con las manos, o con leyes anacrónicas, un balón que viaja a una velocidad supersónica. Es el intento de salvar un insalvable modelo de empleo basado en la repetición y la ineficiencia, que ya no tiene lugar en el siglo XXI.

Frenar la IA cargándola de observadores pasivos no salvará la economía, sino que la convertirá en un museo viviente de cómo se trabajaba en el pasado. La riqueza de las naciones futuras no dependerá de cuánta gente tengan mirando el agujero, sino de cuán rápido y bien permitan que la tecnología lo repare.

Occidente debe decidir si quiere ser el operario que avanza o el grupo que mira, estático, mientras la historia le pasa por encima.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.