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Aunque deseo, como la mayoría de los argentinos, que a Javier Milei le vaya bien, no puedo pronosticar que así vaya a suceder. Pero sí puedo asegurar que Milei, por lo menos hasta ahora, es un presidente que no miente. O que, en todo caso, no miente a sabiendas.

Por eso, apenas terminó de hablar en las escalinatas del Congreso, me pareció apropiado dejar sentado que fue el discurso presidencial más duro, brutal, honesto y sincero que escuché y vi desde 1983 hasta ahora.

También es evidente que Milei es el primer presidente de la historia que ganó las elecciones prometiendo lo que nadie que había atrevido antes a prometer: que impondrá un ajuste brutal. Y no las ganó 51 a 49, sino 56 a 44.

Mauricio Macri, cuando lo conoció, le dijo a un amigo íntimo: “Milei no miente. Es como un niño. No tiene filtro. Dice lo primero que se le pasa por la cabeza. Y lo defiende con el cuerpo. Quizá sea hora de que tengamos un presidente así”.

¿Y cómo sabemos que Milei no miente? Porque lo que dijo en su discurso de asunción es lo mismo que nos había anticipado cuando nos citó en su habitación del piso 18 del Hotel Libertador 48 horas después de haberle ganado a Sergio Massa. Es más: lo fue anotando, mientras nos lo explicaba, en seis páginas que arrancó de un cuaderno de espiral marca Vadhani. Salimos de ahí conmocionados.

Pero no fuimos los únicos que tuvimos ese privilegio. Porque después Milei se tomó el trabajo de explicarlo una y otra vez, casi con las mismas palabras, a otros colegas. La conclusión fue la misma para todos: Milei nos anticipó que, si no aplicaba, desde el minuto cero, un ajuste del orden del 15% del PBI, vamos a ir derecho a una hiperinflación del 15.000% anual (tres veces más que la híper de 1989 que se disparó durante el final del gobierno de Raúl Alfonsín).

También nos mostró el camino que iba a seguir para evitar la hiper.

 

Hoy Milei no escondió, como sí lo hizo Macri, la pesada herencia que le dejó el peor gobierno de la historia reciente. Tampoco la disimuló. Es más: la vino poniendo sobre la mesa durante la campaña, sin exagerar ni un poquito.

Y la repitió hoy, al denunciar que ningún otro gobierno ha recibido una herencia peor que la que le tocará recibir al suyo.

De nuevo:


Por eso hoy el presidente anunció que no hay otra alternativa. Que no será gradualismo, sino shock. Y que el shock de ajuste, caerá, principalmente, sobre el Estado, pero también sobre el resto de la economía. Porque, agregó Milei, si además de todo eso, se le agrega que este año se debe pagar una deuda por otros 90.000 millones de dólares, ni un cíclope podría solucionar el problema de la Argentina de manera gradual, como lo planteó el presidente hace horas.

Milei arrancó el discurso recordando de dónde venimos. Se detuvo en 1853. Pero nosotros no vamos a ir tan lejos. Sólo diremos que la Argentina es el país de América Latina con el menor crecimiento per cápita de los últimos 40 años, con todo el atraso que eso significa.

Javier Milei y Victoria Villarruel

 

El presidente prometió que el que empezaremos a tomar mañana será el último mal trago para iniciar la reconstrucción de la Argentina. Que con las medidas de macroeconomía bajará el riesgo país y se iniciará la reconstrucción. Y que entonces aparecerá la luz al final del camino.

También dijo que cualquier propuesta sensiblera y pseudoprogresista nos llevará de inmediato a la Venezuela de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro.

El discurso de apertura de Milei no fue poético, ni con pretensiones de vuelo literario, pero fue brutal:

 

Milei también habló de un cambio de era. De un nuevo contrato social. De un país distinto. Uno que empezaría ahora mismo. No con hipergarantismo para los delincuentes. Sí con justicia para las víctimas.

Milei hizo suya la demanda de contención para los que menos tienen, pero prometió una batalla frontal a los gerentes de la pobreza que pretenden extorsionar a los gobiernos de turno.

El nuevo jefe de Estado anunció que no vino a perseguir a nadie ni que tampoco pretende acompañamiento ciego. Milei anunció que, el que se quiera sumar, será recibido con los brazos abiertos.

¿Será así?

El sistema de toma de decisiones para elegir su gabinete, las designaciones en las empresas del Estado y las autoridades legislativas no parecen responder a ningún patrón previamente conocido. Los analistas clásicos lo encuentran caótico, pero Milei y su mesa chica lo definen como un gobierno de “verdadera unidad nacional”.

Es más: si se lo analiza con detenimiento, sólo parecen quedar afuera los chicos grandes de La Cámpora y los cristinistas de paladar negro, quienes siguen idolatrando a su jefa como si fuera un ente sobrenatural.

Pero Cristina Fernández de Kirchner ya demostró que acaba de perder hasta la última gota de su pretendido encanto. Con el fuck you a contramano, mientras la gente la despreciaba. Con sus mohines de ególatra incurable que no resiste la falta de protagonismo y se mueve al compás de las cámaras para no perder centralidad.

Nadie tiene por qué extenderle a Milei un cheque de por vida, en su primer día como presidente. Pero vaya nuestro reconocimiento temprano, porque logró, junto con Patricia Bullrich y Mauricio Macri, que Cristina y sus socios se fueran, después de 20 años de hegemonía, atravesados por la corrupción y el desastre de gestión.

Ella ya no tiene más fueros. Ella carga sobre sus espaldas una condena no definitiva de seis meses de prisión en suspenso e inhabilitación para ejercer cargos públicos. Y está bien que el nuevo gobierno no la persiga. Ésa seguirá siendo tarea de jueces y fiscales.

Y nosotros, como periodistas, trabajaremos para que sea con memoria, con verdad y con justicia. Y para que los socios vitalicios del club del helicóptero no empiecen a juntar las piedras para tirárselas por la cabeza al presidente que recién asumió.


 

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