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Durante años, la corrupción fue analizada casi exclusivamente como un problema jurídico o económico. Sin embargo, su dimensión más profunda es social. Allí donde la regla se vuelve negociable y la excepción se convierte en hábito, la corrupción se materializa y altera la cultura política, normaliza privilegios y transmite un mensaje silencioso.

El Índice de Percepción de la Corrupción 2025 de Transparencia Internacional confirma una tendencia que no puede considerarse coyuntural. El promedio mundial descendió a 42 puntos sobre 100 y 122 de los 182 países evaluados se ubican por debajo de 50, lo que indica niveles significativos de corrupción en el sector público. Más que una tabla anual de posiciones, el índice funciona como un indicador de la calidad institucional y, en un plano más profundo, como una medida indirecta de cultura política.

América Latina vuelve a situarse en torno a ese promedio global, consolidando un patrón de estancamiento que se repite año tras año. En países como Argentina (36) y Brasil (35), la percepción de corrupción permanece baja pese a alternancias de gobierno y reformas parciales. Chile (63), históricamente mejor posicionado en la región, experimentó retrocesos que muestran la fragilidad de los consensos institucionales. Uruguay (73), con el mejor desempeño sudamericano, confirma que la mejora es posible, aunque requiere continuidad y estabilidad normativa.

La persistencia de la corrupción en la región no responde solo a fallas legales, sino a la brecha entre la norma y su aplicación. Cuando las reglas se perciben como negociables y el acceso a recursos depende de vínculos o discrecionalidad política, la corrupción deja de ser excepción y se vuelve expectativa. Esta naturalización erosiona la confianza en la imparcialidad del Estado y reduce el costo reputacional de las conductas indebidas.

Europa también retrocede

La comparación con Europa permite matizar el diagnóstico. Países como Dinamarca (89) continúan encabezando el índice y el norte europeo mantiene estándares elevados. Sin embargo, el IPC 2025 registra descensos en democracias consolidadas como Suecia (80), Reino Unido (70), Francia (66) o Estados Unidos (64). No se trata de colapsos sistémicos, sino de erosiones graduales vinculadas a la polarización política, al debilitamiento de controles independientes y a la creciente influencia del financiamiento privado en la toma de decisiones públicas.

Aquí aparece un patrón común a ambas regiones. Cuando se tensionan los contrapesos y se reduce el espacio cívico, la percepción de corrupción aumenta. La diferencia reside en la trayectoria histórica. Europa occidental consolidó burocracias profesionalizadas y sistemas de control relativamente estables tras la Segunda Guerra Mundial, lo que elevó los costos políticos de la corrupción. América Latina, en cambio, arrastra ciclos de inestabilidad, interrupciones democráticas y reformas discontinuas que dificultan la acumulación sostenida de capital institucional.

El fenómeno que se repite en el índice puede describirse como una dinámica de retroalimentación entre instituciones y cultura política. Donde las reglas se aplican de manera general y previsible, la ciudadanía internaliza expectativas de integridad y la presión social refuerza los controles formales. Donde predomina la discrecionalidad, la desconfianza se expande y la corrupción encuentra menor resistencia colectiva.

El índice no es determinante, pero sí advierte sobre tendencias globales. Muestra que ninguna democracia es inmune a la erosión institucional y que las mejoras sostenidas requieren algo más que reformas aisladas.

En última instancia, la corrupción no es sólo una falla administrativa sino una forma de relación con el poder. Año tras año, el índice recuerda que la transparencia no es un atributo adicional del Estado, sino el fundamento mismo de la libertad y del desarrollo democrático.

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