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Hay una frase para describir la conducta negociadora de Teherán: demorar, distraer, negar. Tres verbos que no describen una táctica coyuntural sino una doctrina de Estado que lleva décadas en funcionamiento y que los hechos de las últimas semanas confirman con una claridad que debería avergonzar a quienes todavía creen en la buena fe de los mulás.

La historia reciente es esta. En junio de 2025, fuerzas israelíes y norteamericanas atacaron las instalaciones nucleares iraníes en Natanz, Fordow e Isfahan. Los ataques dañaron severamente las plantas de enriquecimiento de uranio de Irán, pero no su voluntad de conservar un programa nuclear ni su conocimiento acumulado sobre la materia. A continuación vinieron las rondas de negociación indirecta, mediadas en su mayor parte por Omán, pero desde entonces, si bien ambas partes señalaron en principio su interés en reanudar las negociaciones, no se dio ningún paso diplomático práctico. En otras palabras, el espejo devolvió la misma imagen de siempre.

El último acto de esta obra conocida se presentó en Islamabad. Tras 21 horas de conversaciones, el vicepresidente J. D. Vance declaró que Irán eligió no aceptar los términos norteamericanos. El punto central de ruptura fue el mismo de siempre: Washington exige un compromiso firme de que Irán no buscará un arma nuclear ni las herramientas que le permitan obtenerla con rapidez, mientras Teherán se niega a abandonar su “derecho” al enriquecimiento de uranio. Veintiuna horas de conversaciones para llegar exactamente al mismo punto de partida demuestra que la geometría de la dilación es perfecta.

Lo que hace singular la estrategia iraní no es su eficacia táctica sino su coherencia temporal. La estrategia negociadora iraní se caracterizó históricamente por la ofuscación y la procrastinación, prolongando las discusiones sin ceder avances sustantivos y ganando tiempo mientras avanza hacia el enriquecimiento nuclear.

Durante el período 2021-2023, Irán empleó la misma partitura. Primero, negó que hubiera negociaciones, luego las prolongó con maniobras de procedimiento y finalmente tardó varios meses en rechazar formalmente un borrador de acuerdo que antes aceptó en principio. El patrón es el método.

La distracción opera en paralelo. Irán usa las negociaciones para dar la impresión de que todavía hay margen de diálogo y para distraer la atención de su programa de armamento duramente conquistado. Los medios estatales retratan cada ronda como una gesta heroica de resistencia frente a las exigencias excesivas de Occidente, mientras los negociadores en las salas cerradas transmiten mensajes privados completamente distintos. El mismo Mojtaba Jamenei dijo a sus seguidores que las conversaciones no son más que una demora hasta que se establezca el Estado islámico chiíta, por lo tanto, no hay ambigüedad posible. El líder supremo declaró en voz alta lo que la doctrina de las tres D se sostiene en silencio.

Después del ataque israelí-norteamericano de junio de 2025, los funcionarios iraníes y los medios estatales minimizaron la magnitud del daño y presentaron el programa nuclear como resistente y sin mayores afectaciones. Pero en los días siguientes, figuras de alto rango reconocieron que los ataques causaron una perturbación severa en las operaciones de enriquecimiento. Negar la realidad para el consumo interno mientras se acepta esa misma realidad en la sala de negociaciones es, precisamente, la negación como instrumento de Estado.

Lo que debería preocupar a los analistas no es el fracaso de las conversaciones sino la ilusión recurrente de que esta vez será distinto. La confianza, una vez destruida de manera integral, no se reconstruye negociando horas en un salón de hotel. Y el conocimiento de cómo enriquecer uranio no desaparece cuando se destruyen las centrifugadoras, ya que la pericia nuclear no es como el territorio o el equipamiento. Este es el punto que la comunidad diplomática internacional prefiere ignorar porque su reconocimiento implica que las negociaciones no resuelven el problema nuclear iraní sino que lo administran hasta la próxima crisis.

Las imágenes satelitales muestran que Irán fortifica sus instalaciones militares mientras mantiene abiertas las conversaciones diplomáticas, una estrategia dual de proteger la infraestructura estratégica mientras preserva el espacio para un acuerdo negociado. La combinación es perfecta porque las negociaciones protegen a Irán de un nuevo ataque militar mientras las obras de reconstrucción avanzan bajo tierra.

La estrategia de las tres D no es una invención de analistas hostiles. Es la conducta documentada de un Estado que aprendió hace décadas que el tiempo juega a su favor. Cada ronda de negociaciones comprada es una ronda de enriquecimiento ganada. Cada acuerdo frustrado es una instalación reconstruida. Y cada vez que el mundo proclama que esta vez Teherán negociará de buena fe, el reloj iraní avanza un poco más hacia el único objetivo que importa, y es la capacidad nuclear irreversible que ningún bombardeo posterior podrá deshacer.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.