La guerra es una mala noticia en muchos países del mundo, pero dada la distancia de la Argentina del escenario del conflicto y los recursos energéticos que tiene nuestro país, hay chances de que la coloque en un nuevo escenario que podrá aprovechar o no, de acuerdo a lo que haga el Gobierno.
Una oportunidad similar se generó durante la Segunda Guerra Mundial. Como productora de alimentos, Argentina fue ganando posiciones que le permitieron vivir un período de bonanza, que dio contexto al ascenso de Juan Domingo Perón al poder en lo que —sin duda— fueron los mejores años que tuvieron los trabajadores y la clase media. Claro, hasta que se terminaron los años de "vacas gordas".
En aquel entonces, el cuello de botella que tuvo Perón fue la falta de inversiones. Acordar con quienes tenían el financiamiento necesario (básicamente los norteamericanos) implicaba contradecir el relato peronista. La oposición ya le contaba las costillas. La bonanza en 1948 había terminado, el mundo empezó a andar, la tercera guerra mundial que el General esperaba nunca llegó y los sindicatos empezaron a reclamarle con huelgas que reprimió duramente.
Solo en 1954 se convenció de hacer el acuerdo con la Standard Oil porque, hasta ahí, los recursos naturales estaban, pero alguien con espaldas tenía que explotarlos. En mayo de 1955 se firmaron contratos con la compañía para la explotación de los pozos en Santa Cruz, facilitando a su subsidiaria, ESSO, encarar los planes e inversiones.
El cambio de postura produjo una gran discusión dentro del partido de gobierno y figuras como John William Cooke criticaron duramente los "excesivos privilegios" otorgados a la empresa extranjera. Perón explicó que YPF carecía de la capacidad técnica y financiera para encarar esos proyectos que permitirían pasar primero por el autoabastecimiento y luego por la exportación. Acorralado por su propio partido, que no lo acompañó en el giro, y por la escasez, cuatro meses después le dieron un golpe de Estado.
¿Qué pasará ahora?
Por supuesto que no hay circunstancias idénticas en la historia, pero la Argentina tiene una especial capacidad para desperdiciar oportunidades, como ya lo hizo —por ejemplo— cuando por unos años cambiaron los términos del intercambio en el mundo y los alimentos que producía la Argentina empezaron a valer cada vez más. Eran tiempos de Néstor Kirchner, que creyó que sería para siempre y esperaba crecer a tasas chinas. Lamentablemente, no consideró necesario realizar un plan de contingencia anticíclico, como varios expertos le avisaban. La soja empezó a bajar y se obsesionó con capturar la mayor parte de la renta.
Ahí vino, ya con Cristina Kirchner, la lucha contra el campo que fue el inicio de la grieta en la Argentina. Con mejores y peores años en términos económicos —de hecho, el 2011 fue el último año donde hubo un fuerte crecimiento del PBI de 8,9%, impulsado por el consumo privado, que tuvo un crecimiento de 8,9%, y la inversión, que tuvo un rebote significativo del 31,8%—. Luego vino el cepo y el fin del modelo kirchnerista, que se sostuvo hasta 2015 con un pulmotor que perdía energía.
La pregunta que empieza a resonar es qué pasará ahora.
Un informe de la consultora Vértice considera que la guerra representa un desafío para las economías dependientes de hidrocarburos y gas natural licuado (GNL), que ahora expone las vulnerabilidades de China, Europa, Japón y Corea del Sur, y finalmente India.
"Washington puede soportar interrupciones prolongadas gracias a su autonomía energética, pero Irán busca desgastar a los aliados, extender y prolongar el conflicto, transformando el costo económico en presión política. Puede emplear grupos proxis en operaciones de sabotaje a infraestructuras críticas como oleoductos y gasoductos", como ya vimos, dice VG Consultora, pero hay fragilidad en otros rincones del globo, lo que puede generar un colapso económico de sus aliados. China, en cambio, tiene mayor capacidad de resiliencia en el corto plazo, aseguran los especialistas Horacio Lenz y José Sarsale.
La capacidad de Argentina
Sobre nuestro país, Vértice recomienda una diplomacia energética activa, asegurando acuerdos de Estado que reduzcan "el riesgo político argentino" —péndulo en materia energética, falta de diálogo entre los principales actores de la política nacional— y una narrativa internacional que proyecte a Argentina como garante de resiliencia energética y socio confiable.
En Rosada están convencidos de que Javier Milei y el presidente de YPF, Horacio Marín, son los que tienen más claro ese escenario. "Piensan en largo plazo como ningún otro Gobierno lo ha realizado antes y por eso, entre otras cosas, se realizó el Argentina Week", dice una fuente que viajó a Nueva York. Pero no están solos.
Alejandro Catterberg, de Poliarquía Consultores, tomó los principales textuales de los gobernadores en las mesas que protagonizaron. Fueron "estabilidad macroeconómica", "orden macroeconómico", "estabilidad política", "seguridad jurídica", "reglas de juego claras", "previsibilidad", "calidad institucional", "políticas de Estado", "salir de la Argentina pendular", "atracción de inversiones", "promoción de la inversión", "generar confianza", "clima de negocios", "desburocratizar", "competitividad", "productividad", "coordinación entre provincias", entre otros conceptos que destacó.
En ese grupo estuvieron Alfredo Cornejo (Mendoza), Ignacio Torres (Chubut), Gustavo Sáenz (Salta), Raúl Jalil (Catamarca), Claudio Vidal (Santa Cruz), Alberto Weretilneck (Río Negro), Rolando Figueroa (Neuquén), Carlos Sadir (Jujuy), Osvaldo Jaldo (Tucumán) y Marcelo Orrego (San Juan).
Creer o reventar, vienen de distintos partidos y con variadas historias políticas: peronistas, radicales, del PRO, de alianzas nuevas. ¿Será que, entonces, Argentina aprovechará esta nueva oportunidad?