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Cuando estalló la crisis en el estrecho de Ormuz, Donald Trump recurrió a su herramienta habitual; primero, la declaración pública. Un mensaje, una amenaza, una promesa de negociación. En condiciones normales, ese tipo de intervención alcanza para mover el precio del petróleo varios dólares en cuestión de horas. El crudo reaccionó, subió, corrigió, volvió a subir; el mecanismo funcionó como siempre.

Sin embargo, el desajuste apareció en otro lugar. El verdadero movimiento no ocurrió en el barril que cotiza en las pantallas, sino en los productos que se consumen todos los días, como el diésel, el combustible de aviación, el gasoil. Ahí, la reacción fue más violenta y menos sensible a cualquier señal política.

Para entenderlo, hay que separar dos mercados que suelen tratarse como uno solo. El petróleo crudo es una materia prima global, con alta liquidez financiera, grandes volúmenes de almacenamiento y múltiples rutas de redireccionamiento. Los productos refinados son otra cosa. Son el resultado de un proceso industrial específico, con menor capacidad de almacenamiento, logística más fragmentada y una dependencia directa de la capacidad operativa de las refinerías.

Una analogía simple ayuda. El trigo es la materia prima y la harina, el pan o las pastas son productos terminados. Una quiebre en la producción de trigo eleva su precio. Una disrupción simultánea en molinos, transporte y distribución puede generar escasez de pan incluso con trigo disponible en algún punto del sistema. El problema no es solo la materia prima, es la transformación y la entrega.

El estrecho de Ormuz concentra cerca del 20% del comercio marítimo de petróleo. También canaliza una parte relevante de los flujos de productos refinados desde el Golfo. Cuando el tránsito se interrumpe, el impacto inicial se ve en el crudo. Con el correr de los días, el problema se desplaza hacia los derivados. La región exporta millones de barriles diarios de diésel y combustible de aviación. Al mismo tiempo, la capacidad de refinación global viene ajustada desde hace años, con cierres de plantas en Europa y Estados Unidos que redujeron el margen de maniobra del sistema.

El resultado es un cuello de botella porque el crudo puede acumularse en buques o redirigirse parcialmente a través de oleoductos alternativos en Arabia Saudí o Emiratos. Los productos refinados no tienen esa flexibilidad. Requieren instalaciones específicas, tiempos de procesamiento y cadenas logísticas distintas.

Ahí aparece la diferencia central. El precio del crudo incorpora de forma inmediata expectativas. Se negocian millones de contratos de futuros cada día en mercados como Nueva York o Londres. Una señal política modifica esas expectativas y el precio se ajusta antes de que cambie el flujo físico.

En los refinados, el margen de reacción es menor. Si bien existen mercados financieros, el factor dominante en una crisis es la disponibilidad física. Cuando los inventarios bajan en centros clave como Europa o Asia, el ajuste ocurre en el precio del producto final. Ninguna declaración agrega toneladas de diésel a un depósito.

Esa tensión se refleja en el crack spread, la diferencia entre el precio del crudo y el de los productos refinados. En condiciones normales, ese margen se mueve en un rango moderado. Sin embargo, en escenarios de disrupción se expande con rapidez. Durante episodios recientes, los márgenes del diésel en Europa y del combustible de aviación en Asia alcanzaron niveles inusualmente altos, señal de un sistema que paga cada vez más por transformar y entregar el mismo barril.

El efecto es directo porque las refinerías operativas capturan rentabilidades extraordinarias. El costo se traslada al usuario final. El camionero, la aerolínea, la industria. El precio que observan no depende únicamente del valor del crudo, sino de la capacidad disponible para convertirlo en un producto utilizable.

El recorrido físico del barril explica el problema. El crudo debe transportarse en grandes buques hasta una refinería. Allí se separa en distintas fracciones y cada una entra en su propia cadena logística, con barcos más pequeños, terminales específicas y almacenamiento limitado. En contextos de riesgo, los seguros aumentan, las rutas se alargan y los tiempos de entrega se extienden. Desviar un buque por el Cabo de Buena Esperanza en lugar de atravesar Ormuz implica entre diez y catorce días adicionales de viaje. Ese tiempo se traduce en costo.

El impacto ya se refleja en la economía real. El diésel, clave para el transporte de mercancías, registró aumentos significativos en pocas semanas. El encarecimiento del combustible eleva el costo de cada etapa de la cadena logística. Al mismo tiempo, la energía influye sobre insumos como fertilizantes, que dependen del gas y del diésel para su producción y distribución. La presión se traslada hacia los precios finales.

El punto central es otro porque el número que aparece en los titulares es el precio del barril, y esta es solo una parte del sistema. Si bien es el componente más visible y el más sensible a señales políticas, el desbalance real ocurre en los segmentos menos visibles, donde la capacidad física, la logística y los inventarios determinan el precio.

Ahí, las palabras no alcanzan.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.