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Axel Kicillof cruzó el Rubicón. Lo hizo sin eufemismos, con un vaso de agua en la mano y un anuncio que, en apariencia, parecía menor: desdoblar las elecciones en la provincia de Buenos Aires. Un gesto administrativo, si se lo mira con superficialidad, que en cualquier otra provincia se ejecuta con tuit de un ministro de Gobierno, sin conferencia de prensa. Pero en política, como en el psicoanálisis, los gestos tienen peso simbólico, por eso era necesaria la imagen de Axel Kicillof haciendo el primer movimiento claro de autonomía frente a Cristina Fernández de Kirchner. No bajo su ala, no con su bendición. Sencillamente, por decisión propia.

Durante dos décadas, el liderazgo de Cristina ha sido indiscutido dentro del peronismo kirchnerista. Nadie desde dentro de ese núcleo se había animado a cuestionarla, mucho menos a desobedecerla. Ni siquiera Alberto Fernández, cuyo intento por marcar un rumbo propio terminó en un triste simulacro de poder delegado. Ni Randazzo, ni Scioli, ni Massa —todos orbitando, en mayor o menor medida, en las periferias del kirchnerismo— lograron desafiar ese centro de gravedad.

Kicillof, en cambio, sí pertenece al corazón de ese espacio. Surgido de un centro de estudios, sin carrera política previa, criado y moldeado dentro del kirchnerismo, hoy se presenta como el único dirigente capaz de representar una continuidad generacional con autonomía real. Su imagen pública, casi un espejo de la de Cristina, lo convierte en una rareza: es el único hijo político que ha logrado parecerse a sus padres fundadores sin quedarse en la sombra.

Pero en el peronismo no hay sucesión si no es por muerte o por conquista. El liderazgo no se hereda, se gana. Menem fue desplazado por Kirchner en la elección de 2003, mientras que Duhalde se esfumó tras perder con quien fuera su delfín. Cristina no va a ceder voluntariamente el control del espacio. Y Kicillof lo sabe. Por eso, el desdoblamiento electoral no es solo una estrategia técnica para evitar el desgaste de una elección concurrente. Es una jugada política con todas las letras: una declaración de independencia.

Desde el entorno más fiel a Cristina, la reacción ha sido casi religiosa. Como si cuestionar a la líder fuera un pecado. Florencia Carignano, quien cuando era directora de Migraciones reportaba a Wado de Pedro, habló de una pelea entre madre e hijo. Mayra Mendoza, también alineada con Cristina, cuestionó la decisión de Axel. No pueden entender cómo un “hijo” se anima a desafiar al “padre”. Como si el peronismo fuera una familia en la que está prohibido crecer.

Pero el gobernador no es un adolescente insolente. Es un dirigente que, como tantos otros en el país, hace lo que hacen todos: desdobla elecciones. Y lo hace con una intención clara: construir poder. Porque en la política argentina, el jefe no se designa. Se impone. Y en un peronismo que todavía no ha decidido si quiere volver a ser un partido federal o si se resigna a ser una fuerza bonaerense, Kicillof busca capitalizar su territorio y proyectarse más allá.

El desafío no es menor. No hay liderazgos alternativos al de Cristina que hayan sobrevivido dentro del kirchnerismo. Ella y Néstor se encargaron de neutralizarlos uno por uno. La historia de los últimos veinte años es también la historia de esa hegemonía sin contrapesos. Pero el desgaste es evidente. Y la bendición —después de Alberto— es una trampa más que un premio. Kicillof entendió que no puede ser el heredero. Si quiere conducir, tiene que disputar.

La gran pregunta es si el peronismo lo va a seguir. Y si Cristina está dispuesta a dejar de ser el centro de la escena. Hasta ahora, nunca nadie se le paró de manos desde adentro. Tal vez, por primera vez, el hijo rebelde esté dispuesto a hacerlo. Y tal vez, solo tal vez, el ciclo que empezó en 2003 esté comenzando a cerrarse.

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