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El peor ataque es el que no se anticipa, el que no se detecta. Increíblemente o no, el foco y la atención solo están puestos en aquellos que generan impacto en la población, afectan la vida diaria y son inocultables. El énfasis y el esfuerzo de los agresores está puesto en apropiar, limitar o inhibir la operación tecnológica y paralizar los servicios que las organizaciones prestan a los usuarios.

“El desafío” es la identificación de aquellas acciones subrepticias, que navegan por debajo de la línea de flotación, para las que no existe denuncia, ni ejercicio previo, o indicadores que permitan aprendizaje para la defensa. No estamos en condiciones de practicar para generar anticuerpos de algo que no conocemos y, lamentablemente, este es el andarivel por el que se desliza el negocio de la tecnología oscura.

Todas las tendencias son alcistas: dispositivos, conectividad, transformación digital e inteligencia artificial (IA). Hacemos cada vez más cosas a través de una pantalla, nuestra vida transcurre allí, pasamos más tiempo conectados cada día. Especialmente en nuestro país, la franja etaria se amplió ostensiblemente; como un blanco de tiro gigante.

Le entregamos a la tecnología la intimidad y cotidianeidad de nuestros actos, regalamos nuestra privacidad e incluso los secretos más profundos, apetencias, gustos y proyectos; mejor aún: la industria sabe sobre nuestra conducta y existencia, más que nosotros mismos.

La aparición de “ansiedad tecnológica” es un dato, un efecto colateral de los tiempos que corren. Las generaciones más jóvenes, la generación Z y los millennials son particularmente vulnerables a ataques sofisticados fabricados y promovido por IA, tanto en el ámbito empresarial, laboral y doméstico generando que sus propias acciones puedan convertirse en un eslabón sumamente débil.

La dependencia tecnológica es total e irreversible, con solo preguntarnos qué sería de nosotros sin Whatsapp, un sentimiento de crisis y desorientación nos embarga, cuando la infraestructura de esta plataforma no acompaña la demanda del público saliendo de servicio. Sin embargo, cada vez que sufrimos una estafa o nos lo roban, no disponemos de información ni instrucciones sobre cómo proceder y menos como recuperarlo.

Los casos de secuestro de datos y sistemas y el consecuente pedido de rescate pagadero en criptomonedas, denominado “ransomware” aumentaron 300% en 2023 respecto de 2022. En lo que va de este año el avance de la industria del delito que utiliza tecnología para su ejecución es innegable, la ampliación del espectro de candidatos a víctimas involucra hoy a todo tipo de organización, gobiernos, industrias, servicios y obviamente a las personas comunes, ciudadanos de a pie, de toda geografía, etnia, nivel social, cultural y económico, ya no hay diferencias.

La cantidad de bandas de ransomware activas se duplica con creces año tras año, aumentando un 50% de 2023 a 2024. El primer trimestre de 2024 creció casi el 20 % el número de las víctimas en comparación con el primer trimestre de 2023, estas métricas son asimilables y aplicables a la mayoría del resto de los tipos de ataques, estafas y engaños relevantes.

Las modalidades de agresión y hostilidad se multiplican y diversifican, al igual que nuevos tipos de ciberdelito. Los patrones de agresión mutan y sus autores innovan continuamente para lucrar ilegalmente, disponen de tecnología, presupuesto, recursos y financiación, pero por sobre todo, poseen un activo intangible que los convierte en entes super poderosos: el anonimato.

El enmascaramiento, identificar y acceder al individuo físico es cada vez más difícil. En contraposición, el enorme océano de datos, transacciones y digitalidad al que nos convida la realidad crece a pasos agigantados: engrosando la probabilidad de exponer nuestra privacidad y que seamos los próximos en ser afectados, estafados o imposibilitados de someternos a una cirugía, ya que los sistemas del sanatorio al que le entregamos nuestra salud fueron “secuestrados”, o no puede cotejar el tipo de sangre que dispone en su banco.

Es tiempo de reconocerlo, vivimos inmersos en una parábola digital. El ADN del modelo de supervigilancia concebido en la post guerra fría y que hoy está más caliente que nunca: Estados y Gobiernos que demandan conocer, controlar y manejar la información para monitorear a las sociedades, que pugnan por dominar el ciberespacio, creando órganos de vigilancia y censores que determinan qué contenido bloquear o filtrar o rastrear comunicaciones sospechosas. Y en simultaneo, mercados que aplican el mismo método para “vendernos” quirúrgicamente productos y servicios que no necesitamos, pero que acabamos de mencionar en una conversación de café y podremos pagar en cómodas cuotas.