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Cada oleada tecnológica produce dos literaturas. Una cuenta a los sobrevivientes y la otra cuenta a los extintos. La primera ocupa las páginas de los grandes diarios. La segunda casi no se publica porque los muertos no escriben columnas.

El procedimiento del optimismo tecnológico exhibe siempre la misma arquitectura. Selecciona profesiones que sobrevivieron a una transición previa y las muestra como prueba de que el empleo se adapta. Luego, concluye que la nueva tecnología repetirá el patrón. El razonamiento es lógicamente nulo porque contar sobrevivientes no informa sobre la mortalidad. Ningún epidemiólogo aceptaría ese método, sin embargo la economía periodística lo aplica con regularidad escolar.

El error tiene nombre y tiene fecha. Durante la Segunda Guerra Mundial la marina y la aviación de los Estados Unidos enfrentaron un problema técnico. Los bombarderos regresaban acribillados. El alto mando convocó al Statistical Research Group de Columbia para decidir dónde reforzar el blindaje. Los oficiales presentaron diagramas de los aviones que volvían. Los impactos se concentraban en alas, fuselaje central y secciones de cola. Las zonas más castigadas parecían exigir refuerzo evidente. Entre tanto, Abraham Wald, un matemático húngaro refugiado de la persecución nazi, leyó los mismos diagramas y propuso lo contrario.

Hay que blindar las zonas sin impactos, dijo y observó los motores y la cabina. Cuando los funcionarios no comprendieron Wald explicó que los aviones a su regreso muestran dónde un bombardero puede recibir disparos y aun así volver. Los aviones derribados, ausentes de la muestra, recibieron impactos en otros lugares. Aquellos lugares son los letales. La muestra estaba sesgada por su propia condición de existencia. Solo los sobrevivientes podían ser examinados y los muertos sabían dónde estaba el peligro real, pero los muertos no presentan informes.

El razonamiento de Wald cambió la doctrina del blindaje y fundó el concepto moderno del sesgo del superviviente. La lección excedió la aeronáutica ya que cualquier estudio que extrae conclusiones de los casos visibles y omite los casos ausentes incurre en el mismo error. Los militares de 1943 vieron impactos donde había seguridad. Los economistas de 2026 ven empleo donde hay rezago. La estructura del error es idéntica.

La lista de oficios extintos durante el siglo veinte resulta extensa y silenciosa. Casos como el operador telefónico de central, el linotipista, el cajero de cine, el empleado de agencia de viajes, el revelador fotográfico o el taquígrafo profesional son solo algunos porque la lista ocupa páginas. Y cada renglón cancela un sustento familiar. Estos son los aviones que no volvieron del ejemplo histórico.

El truco descansa en una confusión deliberada. La pregunta sobre el empleo total y la pregunta sobre las ocupaciones específicas no son la misma pregunta. La primera admite una respuesta consoladora. La segunda solo admite una respuesta brutal. El reconfortamiento responde la primera y simula haber respondido la segunda. El lector recibe alivio sobre un asunto que no le concernía y queda desatendido sobre el asunto que le preocupa. La técnica resulta antigua y Aristóteles ya la describió.

Algunos oficios sobreviven detrás de represas regulatorias. La radiología, el derecho notarial, la auditoría legal o ciertas franjas médicas. La máquina ya supera al humano en muchas tareas y la norma impide la sustitución total. El observador apresurado interpreta la persistencia como inmunidad profesional. Esta es una lectura ingenua porque la represa no elimina la presión sino que la almacena. El día que la regulación cede, la inundación ocurre de golpe. La supervivencia regulatoria no constituye fortaleza, es solo un plazo.

El cajero bancario lo demostró. Sobrevivió al cajero automático durante cuarenta años. Lo eliminó el teléfono inteligente, así, quien examinó la cuestión en 1995 vio resistencia profesional, pero en 2025 ve un oficio reducido a su mínima expresión. El intervalo no fue inmunidad, sino una demora. La conclusión metodológica es severa. La fotografía instantánea de los sobrevivientes no predice nada, solo registra el momento previo al desenlace.

Existe además un sesgo temporal específico. Las profesiones del conocimiento ingresaron al ciclo de la inteligencia artificial hacia 2024 o 2025. La estadística de empleo de 2026 muestra un sistema apenas tocado y un analista satisfecho con esos datos comete el error del meteorólogo que declara terminado el huracán mientras pasa por encima el ojo. La calma central se confunde con el final del ciclón. El error suele costar caro.

La economía periodística también recurre a una premisa frágil. Sostiene que el aumento de productividad despierta demanda reprimida y eleva el consumo más rápido que la eficiencia. La premisa funcionó cuando la productividad se aplicó a bienes con apetito insatisfecho. La ropa barata, los electrodomésticos o la conectividad. Esta premisa fracasa cuando la productividad recae sobre bienes ya saturados. La manufactura confirmó el límite durante cuatro décadas de pérdida sostenida de empleo. Nadie pide más memorandos jurídicos, más informes de cumplimiento o fichas de soporte técnico. La producción cognitiva masiva no genera su propia demanda.

Queda el problema más íntimo. El sesgo del sobreviviente opera también dentro del propio profesional. Quien lee la columna optimista y conserva su empleo siente confirmación. Quien la lee y pierde su empleo no la discute. Se retira de la conversación pública y el silencio de los desplazados se interpreta como ausencia de desplazamiento. Es un error de muestreo equivalente al de quien encuesta solo a los que contestan el teléfono fijo. Los ausentes ya cambiaron de canal o no tienen canal.

La inteligencia artificial reorganiza el mercado del trabajo cognitivo con una velocidad que ninguna oleada previa exhibió. La adopción corporativa que antes tomó dos décadas ahora toma dieciocho meses. La curva no admite la lectura tranquilizadora del ciclo industrial clásico y la fotografía estadística llega siempre tarde. Cuando registra la caída, esta ya ocurrió. El periodismo económico que celebra la resistencia profesional en 2026 repite la operación de quien celebraba la resistencia del cajero bancario en 2005. Ambos contaron sobrevivientes y olvidaron que la próxima ola no consultaría sus números.

Conviene recordar el principio que Wald dejó escrito en una pizarra de Columbia hace más de ochenta años. Toda muestra contiene a los presentes y excluye a los ausentes. El analista honesto pregunta por los ausentes pero la economía cuenta a los vivos. El método de Wald cuenta también a los muertos. La diferencia entre ambos métodos está entre describir un sistema y administrar su agonía con literatura amable.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.