Hay una escuela de la supervivencia política que no tiene aula ni diploma, sus profesores nunca dictan una clase formal sino que enseñan con el ejemplo, y a veces instruyen a quienes los desprecian. Pedro Sánchez es alumno de uno de ellos, el profesor se llama Benjamin Netanyahu y es además el hombre que Sánchez convirtió en su enemigo público.
La materia que los une no es la ideología porque Sánchez gobierna desde una izquierda que reconoció el Estado palestino. Por otra parte, Netanyahu manda desde una derecha irritada por aquella decisión. Sus dos mundos no se tocan nunca, lo que comparten es otra cosa más honda y más difícil de confesar, es decir, una gramática del poder cercado.
Cada uno conduce una coalición casi imposible de gobernar y Netanyahu sostiene un bloque donde los partidos ultraortodoxos exigen que sus jóvenes queden libres del servicio militar. Otra parte de esa misma mayoría reclama que esos religiosos vistan el uniforme. El primer ministro debe mantener juntos a quienes se detestan, y así, la ley de reclutamiento se vuelve una herida que no cicatriza. Sánchez enfrenta una versión distinta del mismo nudo con los independentistas catalanes y la izquierda nacionalista vasca conviviendo con socialistas de viejo cuño. Cada bando desea aquello que el otro aborrece. En ambos casos el líder es el único pegamento posible y su permanencia deja de ser un medio para un fin, ya que se transforma en la función misma del Gobierno.
El segundo parecido es el cerco judicial. Las investigaciones contra Netanyahu llevan muchos años en marcha. Hubo pesquisas, procesamiento y un juicio que se prolonga sin final visible. El modelo ya estaba en pie cuando Sánchez entró en su propio cerco. Al español lo rodean en cambio cuestiones recientes. Su esposa y su hermano figuran en expedientes judiciales, y antiguos colaboradores suyos cayeron en escándalos de corrupción. El alumno llegó tarde a una clase que el maestro daba desde hacía tiempo.
La respuesta de ambos es idéntica en su forma. Ellos transforman el proceso judicial en un arma política y afirman que los jueces no buscan justicia sino poder. Los dos convierten su causa personal en una cuestión colectiva y repiten, es la persecución contra mí, es una persecución contra la voluntad del pueblo. Netanyahu lo proclamó frente a su tribunal y Sánchez lo dijo cuando habló de una operación de acoso contra su familia. Así, la víctima individual se disfraza de víctima nacional.
Viene después el terreno de la comunicación. Aquí el parecido roza la copia literal porque ambos prefieren el mensaje directo y el gesto teatral. Sánchez se encerró cinco días y escribió una carta para meditar si renunciaba al cargo; luego decidió quedarse y salió fortalecido. Por su parte, Netanyahu se dirige a la nación en sus momentos de mayor peligro. El espectáculo de la duda y del regreso forma parte del método. Sin embargo, no renunciar jamás es la primera regla del oficio. Lo que vale es resistir, agotar al adversario, sobrevivir al desgaste y el que aguanta más tiempo termina por ganar.
Llegamos al reverso que vuelve singular esta historia. Sánchez no estudia a Netanyahu como un discípulo agradecido, al contrario, lo combate y lo señala ante el mundo entero. Pidió suspender los acuerdos de Europa con Israel y lo describió como un hombre sin respeto por la vida ni por el derecho. Y sin embargo, en el arte de permanecer en el poder, es su imitador más fiel. El enemigo y el modelo habitan dentro del mismo cuerpo y esto no es una contradicción torpe ni casual; sino la prueba de que la conducta y la convicción viven en cuartos separados. Se puede repudiar la política de un hombre y heredar su oficio de supervivencia.
Entre tanto, no sabemos si Sánchez lo copió a conciencia o si el mismo cerco produjo al mismo hombre. Quizá los dos llegaron al idéntico método porque la situación lo imponía. Pero esa duda no debilita el retrato, sino que lo enriquece porque un dirigente eligió como adversario al único espejo donde podía verse entero. El maestro perfecto resultó ser el enemigo, y este, sin proponérselo, le enseñó a no caer.
Las cosas como son.
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