En el sur de China, en la ciudad portuaria de Shenzhen, cinco amigos fundaron en 1998 una empresa pequeña dedicada a la mensajería instantánea y la llamaron Tencent. Ninguno imaginaba el desenlace. Su primer producto fue QQ, un servicio que permitía a los chinos conversar en tiempo real por primera vez en sus vidas. El líder se llamaba Ma Huateng, ingeniero de software, hombre reservado y de pocas palabras; en el círculo cercano le decían Pony Ma.
Veintisiete años después aquella empresa figura entre los conglomerados más valiosos del mundo. Tencent posee WeChat, la aplicación más utilizada de China, donde más de 1.400 millones de personas chatean, pagan facturas, piden taxis, compran comida, gestionan trámites con el Estado y consultan médicos sin abandonar el teléfono. La compañía es además la mayor productora de videojuegos del planeta y tiene participaciones en Riot Games, Epic Games y Supercell, los nombres que dominan el ocio digital en Occidente. Su valor de mercado supera los 600.000 millones de dólares en una buena tarde de bolsa.
El ascenso fue improbable hasta lo inverosímil. A comienzos de los años dos mil, Tencent ocupaba el tercer o cuarto puesto entre los actores de internet chino, detrás de Baidu, de Sina y de Sohu. Ninguno apostaba por ella. En 2001 la empresa perdía dinero y buscaba inversores con desesperación. Una compañía sudafricana que hoy pocos recuerdan, Naspers, acudió al rescate.
Naspers era entonces una vieja editorial de Ciudad del Cabo dedicada a los periódicos en afrikáans. Su director, Koos Bekker, gastó cerca de 100 millones de dólares en sus intentos por entrar al mercado chino con un modelo de medios occidental. La aventura fracasó, pero en la retirada se topó con Tencent. Contra el consejo de sus abogados, Naspers compró el 46,5% de aquella pequeña empresa por 32 millones de dólares.
Esa compra figura entre las mejores inversiones de la historia corporativa. La participación de Naspers, reducida con los años a través de la sociedad holandesa Prosus, supera al momento de medirse los 100.000 millones de dólares en valor de mercado. La jubilación de millones de sudafricanos depende de una empresa china a la que jamás visitaron. Una compañía africana se convirtió en aristócrata del capitalismo asiático por un solo cheque firmado cuando aún se dudaba si valía la pena.
Hasta aquí la épica. La leyenda de Tencent abarca un cuarto de siglo de innovación silenciosa, productos contagiosos y una capacidad nada común para entender lo que la gente quería antes de que la gente misma lo supiera. Hubo errores también, pero ninguno comparable a la enfermedad que la corroe desde hace algunos años.
El problema empezó cuando el Estado chino decidió que las grandes empresas tecnológicas no podían tener voz propia. En 2018 los reguladores congelaron durante nueve meses la aprobación de nuevos videojuegos. La medida paralizó el motor principal de Tencent y la empresa respondió con un gesto memorable. Lanzó un juego llamado Aplaudiendo a Xi Jinping, donde los usuarios debían dar la mayor cantidad de aplausos posibles a un discurso del presidente chino en diecinueve segundos. Sin embargo, el servilismo no evitó el castigo.
En 2020 las autoridades suspendieron a Tencent el lanzamiento de nuevas aplicaciones por un incidente delicado. La empresa realizó un experimento de modelado de datos que tocaba zonas sensibles para la cúpula del Partido Comunista. Pony Ma desapareció de la vida pública durante casi un año.
En 2021 un diario oficial chino calificó los videojuegos como “opio para el espíritu”. Las acciones de Tencent se desplomaron, pero Pony Ma viajó a Pekín, se reunió con los reguladores antimonopolio y prometió cumplir todo cuanto fuera necesario cumplir. Martin Lau, presidente de la compañía, repitió la fórmula en cada llamada con accionistas. La empresa más exitosa del internet chino se convirtió en un alumno aplicado del gobierno.
Lo que ocurre desde entonces es más grave que la sumisión. Tencent dejó de hablar como una empresa para hablar como un vocero. En las llamadas trimestrales con inversores los ejecutivos repiten consignas, por ejemplo, cuando faltan chips de inteligencia artificial, los chips ya llegan mes a mes. Cuando los ingresos se desaceleran, la inteligencia artificial transformará el negocio. Cuando los reguladores aprietan, todo es por el bien del país. Por otra parte, cuando un competidor avanza, Tencent invertirá miles de millones para alcanzarlo. Los anuncios se suceden, las promesas crecen pero las explicaciones se difuminan.
Quien escucha con atención los comunicados de Tencent escucha una segunda voz por debajo de la primera y esa segunda expresión no le habla al accionista, sino a Pekín. Le dice al gobierno que la empresa entiende cuáles son las prioridades nacionales y que pondrá su capital al servicio de esos intereses. El accionista de Johannesburgo, de Ámsterdam o de Nueva York escucha los mismos sonidos pero recibe un mensaje distinto.
Esta dualidad erosiona aquello que las empresas más necesitan y es la credibilidad. Una compañía que sirve a dos amos termina por no servir bien a ninguno. Los anuncios pierden información y las cifras se rodean de adjetivos. Estos reportes llegan cargados de pronósticos optimistas que nadie verifica. Los modelos lanzados son siempre líderes en su categoría según una métrica conveniente y la capacidad de cómputo siempre mejora. Así, las inversiones siempre dan resultados.
El daño es doble. Por un lado los inversores extranjeros descuentan la palabra Tencent conscientes de que detrás de cada cifra alegre puede haber un dato escondido. Por otro lado, los empleados, los ingenieros y los gerentes aprenden el idioma del relato. Hablan como los voceros e imitan su pensamiento. La cultura interna se deteriora con la lentitud de una madera apolillada.
Tencent es una de las máquinas comerciales más extraordinarias de nuestra época. WeChat funciona y los videojuegos generan flujos enormes de caja. Al mismo tiempo, la inversión temprana en compañías como Spotify, Tesla y Snap dio frutos cuantiosos. La participación sudafricana sigue capitalizando sueños allá donde nadie esperaba milagros. Pero la voz de la empresa ya no es la suya.
Hay una pregunta que los nuevos inversores aún no se atreven a formular ¿Sirve Tencent al accionista que la financió desde Ciudad del Cabo en 2001? Asimismo, ¿es de utilidad para los jubilados que dependen de sus dividendos? ¿O es funcional al Estado que la tolera mientras le sea útil y la disciplina cuando no?
China posee en Tencent la mejor versión imaginable de una empresa de internet. Y, sin embargo, gasta su prestigio en obligarla a contar historias. Una empresa puede sobrevivir muchos golpes, pero la pérdida del lenguaje propio no figura entre ellos.
Las cosas como son.