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Yuval Noah Harari concedió una entrevista al podcast de Ezra Klein, columnista del New York Times, y el diario publicó la conversación. El historiador israelí, autor de Sapiens y de otros bestsellers traducidos a decenas de idiomas, dedicó buena parte del diálogo a criticar a Benjamín Netanyahu, a la conducción militar israelí en Gaza, al trato hacia los palestinos en Cisjordania y a dos mil años de tradición rabínica. Incluso, llamó a Netanyahu el peor enemigo del nacionalismo israelí en la historia del país, luego construyó un escenario contrafáctico donde Hamas tomaba rehenes y los exhibía bien alimentados ante cámaras internacionales. Asimismo, dictó sentencia sobre la deriva moral del judaísmo contemporáneo. El podcast circuló, los medios israelíes lo reprodujeron, así, la conversación entró en la rueda habitual de comentaristas y replicantes.

Harari tiene derecho a opinar, sin embargo queda la pregunta sobre por qué su opinión recibe el tratamiento de un diagnóstico autorizado.

Existe una transferencia silenciosa entre el éxito editorial y la autoridad sobre dominios ajenos. Este mecanismo funciona así: alguien escribe un libro de divulgación que vende millones. Por lo tanto, la venta confirma talento narrativo, pero este se confunde con conocimiento y se proyecta como conocimiento sobre todos. Así, el micrófono se abre y el New York Times llama.

Harari ocupa hoy ese trono. Doctor en historia militar medieval por Oxford y vendedor de más de 23 millones de ejemplares. Su tesis original versó sobre memorias militares del Renacimiento europeo entre 1450 y 1600, y allí termina su competencia formal. Todo lo demás es expansión.

Cuando habló de inteligencia artificial, dijo que la tecnología había hackeado el sistema operativo de la civilización humana, lo escribió en The Economist en abril de 2023. Llamó inteligencia alienígena a la inteligencia artificial. Predijo el surgimiento de una clase inútil compuesta por miles de millones de seres humanos desplazados. Asimismo, sostuvo que los algoritmos de Facebook eran inteligencia artificial cuando incitaron la violencia contra los rohingyas en Birmania. Entre tanto, críticos técnicos demostraron luego que aquellos algoritmos eran sistemas simples de recomendación basados en interacción, no inteligencia artificial en ningún sentido riguroso. Al mismo tiempo, su metáfora reciente del cuchillo que decide entre cortar ensalada o cometer asesinato fue desmentida con paciencia, porque los sistemas actuales no tienen voluntad ni preferencias en el sentido que la frase sugiere.

Su tesis doctoral no le dio herramientas para distinguir un modelo de lenguaje de un sistema de recomendación y tampoco se las dio Sapiens. Sin embargo el libro acumuló objeciones académicas serias y su propio director de tesis reconoció que el discípulo había esquivado el proceso normal de verificación. Críticos como Christopher Hallpike, Darshana Narayanan y Marlene Zuk señalaron sobregeneralización, conflación de conceptos, inexactitudes científicas, ausencia casi total de referencias en capítulos enteros. El primer capítulo de Sapiens tiene una sola nota al pie. De hecho Narayanan, una neurocientífica, lo llamó fraude. Otros prefirieron el término descuido. Es decir, el consenso es que Harari es mejor narrador que historiador.

Yo entiendo poco de ingeniería estructural y cuando cruzo el puente Golden Gate siento admiración. Sé que no sé y si alguien me preguntara sobre la dinámica de tensores en cables suspendidos, respondería que hable con un ingeniero. Esa es la virtud mínima del que sabe lo que ignora. Entre tanto, Harari carece de ella. Él habla de inteligencia artificial sin entender un transformer, opina de geopolítica sin haber publicado nunca sobre un conflicto contemporáneo en una revista revisada por pares. No se priva de hacer comentarios sobre Hamas, de Sinwar y de la doctrina militar israelí, con la misma seguridad con que confunde un sistema de recomendación con una inteligencia alienígena.

El barrendero de mi calle tiene opiniones sobre Israel y las escuché, y algunas son más finas que las de Harari. La diferencia es que el barrendero no vendió 23 millones de libros. Esa es la única asimetría relevante.

Existe un imperialismo del conocimiento y consiste en suponer que el éxito en un dominio confiere licencia universal. El historiador medieval que vendió mucho se cree autorizado a opinar sobre redes neuronales, sobre la doctrina nuclear iraní, sobre la naturaleza del nacionalismo y sobre la ética de la represalia. Los medios refrendan la licencia porque la firma vende y el lector la acepta porque la portada es conocida. El proceso entero es una estafa intelectual sostenida por interés económico mutuo.

No defiendo a Netanyahu, sino que distingo entre opciones legítimas para quien quiera criticar al primer ministro israelí tiene opciones legítimas. Para hacerlo, se puede leer a Anshel Pfeffer, un biógrafo serio; o consultar a Daniel Levy, un negociador con credenciales verificables. Por su parte, Tamar Hermann, es una demógrafa del Instituto Israelí de Democracia. Estos están entre quienes dedicaron sus vidas al tema. Por otra parte, la opinión de Harari sobre Netanyahu vale exactamente lo que vale la opinión de Messi sobre política monetaria europea; o quizá menos, porque Messi no pretende lo contrario.

El problema no es Harari, sino el dispositivo. El podcast de Klein no lo invitó por su competencia, lo hizo por sus cifras de venta. El New York Times no lo publica por su rigor, en realidad lo elige porque su nombre genera tráfico. Cada eslabón sabe que el siguiente cumplirá su parte y nadie verifica si el orador sabe de qué habla. Estas preguntas no son relevantes para el modelo de negocio.

Hubo épocas en que dinero y conocimiento mostraban alguna correlación. El rico podía permitirse biblioteca, viajes, preceptores; pero ese vínculo se rompió hace décadas. Hoy el éxito editorial mide la capacidad de simplificar narrativas para mercados masivos, es decir, la producción de prosa accesible.

El heredero que no trabajó por su fortuna y opina sobre política económica resulta cómico. Sin embargo, el escritor de bestsellers que no estudió un campo y dictamina sobre él recibe aplausos. La diferencia entre ambos personajes es estética, no epistemológica.

Harari opina porque el sistema lo invita, así, vende porque opina con seguridad. Esa confianza es producto de no conocer los detalles, lo que distingue al especialista del impostor. El círculo se sostiene mientras nadie lo nombre por lo que es.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.