La aceleración de los precios, una de las principales preocupaciones de los estadounidenses, volvió al centro de la escena a solo 20 días de las elecciones de medio término (midterms) que definirán el control del Congreso. Según los datos oficiales, la inflación escaló un 0,6% en septiembre —su mayor salto en cinco meses— y acumuló un alza del 3,7% en el último año, un nivel que se aleja todavía más de la meta del 2% fijada por la Reserva Federal.

La subida de los precios responde, en primer lugar, al encarecimiento de los combustibles a raíz del conflicto militar con Irán. La señal más crítica está en el diésel, utilizado por camiones de carga, embarcaciones, trenes y maquinaria agrícola: de acuerdo con la Asociación Estadounidense del Automóvil, hoy promedia 6,20 dólares por galón, un 72% más que hace un año.

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La llamada inflación subyacente —que excluye los precios más volátiles como alimentos y energía para medir la tendencia real— también superó las expectativas: subió 0,3% en el mes y acumuló un alza interanual del 2,6%. Para los analistas, este dato confirma que las presiones ya no se limitan a las gasolineras, sino que han empezado a filtrarse hacia otros sectores de la economía como pasajes de avión, ropa o servicios.

A estas presiones se suma el auge de la inteligencia artificial, que ha disparado los costos de semiconductores, componentes eléctricos y equipos informáticos. Ese encarecimiento ya se traslada al consumidor en el precio final de productos tecnológicos como computadoras portátiles, teléfonos inteligentes y consolas de videojuegos.

A este cuadro se añaden los aranceles aplicados por la administración de Trump a una larga lista de países que han encarecido artículos de consumo masivo como los electrodomésticos que Estados Unidos compra a China y Vietnam.

El encarecimiento constante del costo de vida ya pesa con fuerza en la antesala electoral, minando la confianza de los votantes en la política económica de Donald Trump. El desgaste es evidente en los sondeos: de acuerdo con una encuesta de Financial Times y Focaldata publicada la semana pasada, apenas la cuarta parte de los electores aprueba el manejo de la economía por parte de la Casa Blanca.

El problema de fondo para los trabajadores es que los sueldos se quedaron atrás. Aunque los ingresos tuvieron leves incrementos en el último año, la inflación avanzó mucho más rápido, lo que significa que a los estadounidenses les rinde menos cada hora trabajada.

Al descontar el efecto de los precios, el salario real cayó un 0,5% en septiembre y se ubicó un 0,7% por debajo del año anterior, encadenando seis meses consecutivos de pérdida efectiva en el poder adquisitivo.

De hecho, los ingresos promedio por hora están hoy prácticamente en el mismo nivel que cuando Trump asumió su segundo mandato en enero de 2025. En términos prácticos, esto significa que el trabajador estadounidense no ha tenido ninguna mejora real en su poder de compra desde el regreso del mandatario a la Casa Blanca.

Estrategia limitada

Trump ha intentado aliviar el malestar con medidas para tratar de contener el alza del combustible, como un acuerdo para comprarle diésel a Rusia y la liberación del “diésel rojo”.

El “diésel rojo” es idéntico al convencional, pero está exento de impuestos porque tradicionalmente solo se utiliza en tractores o maquinaria de construcción e industrial, y no en camiones que circulan por rutas. Para facilitar los controles, se tiñe de rojo en las refinerías con un aditivo especial.

No obstante, el impacto no ha sido el esperado y los analistas consideran que difícilmente esta receta pueda dar resultados antes de las elecciones legislativas.

Donald Trump

Desde la Casa Blanca, sin embargo, defienden el rumbo y aseguran que se ha puesto en marcha una “agenda económica agresiva y favorable al crecimiento”, según afirmó el portavoz presidencial Matthew Middleton tras conocerse el informe de inflación.

En un comunicado, Middleton remarcó que “el presidente siempre ha sido transparente respecto a las perturbaciones transitorias derivadas del conflicto de Irán, pero esta administración continuará aportando victorias económicas al pueblo estadounidense a lo largo de los próximos dos años”.

Ofensiva demócrata

Los demócratas no tardaron en aprovechar las cifras de inflación para apuntar directamente contra los republicanos y la Casa Blanca.

En Kansas, donde la economía depende en gran medida del campo y ha sufrido de lleno el encarecimiento generalizado, la disputa por el Senado se encendió de inmediato. El candidato demócrata, el reverendo Adam Hamilton, arremetió contra su rival republicano, el senador Roger Marshall, responsabilizándolo por apoyar la guerra con Irán y la política de aranceles de Trump.

“Roger Marshall es el culpable del aumento en el costo del combustible y de la inflación que les está costando a los habitantes de Kansas cientos de dólares más al mes en todo, desde comestibles y vivienda hasta atención médica”, afirmó Hamilton en un comunicado.

En el plano nacional, otras figuras de la oposición presentaron los datos como una prueba del fracaso económico del gobierno. Pete Buttigieg, exsecretario de Transporte y potencial aspirante presidencial para 2028, resumió el mensaje demócrata en sus redes sociales.

“La inflación sube de nuevo. No por una pandemia. No por un desastre natural. Por la guerra de Trump, los aranceles y las rebajas fiscales a las corporaciones. Es así de simple: los republicanos asumieron el poder y encarecieron el costo de vida en Estados Unidos”, señaló.

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