Cuando leemos sobre la revolución de la inteligencia artificial (IA) imaginamos un software intangible, una "nube" etérea que responde preguntas o genera imágenes mágicamente. Sin embargo, rara vez pensamos en la IA como una industria física, pesada y voraz que compite brutalmente por los mismos recursos que necesitamos para nuestra vida cotidiana. La realidad es que el auge de la IA actúa como un agujero negro económico que absorbe materiales, energía y talento, provocando una escasez en cadena que termina inflando los precios de productos que nada tienen que ver con los algoritmos. Este fenómeno de "desplazamiento" o canibalización de recursos ya es visible en la electrónica y amenaza con extenderse a servicios básicos.
El ejemplo más claro y actual de este impacto se encuentra en el corazón de nuestros dispositivos son los chips de memoria. Para que la IA funcione, necesita un tipo de memoria ultra avanzada y rápida. El problema, según datos recientes, es que fabricar esta memoria especial consume entre tres y cuatro veces más materia prima que la memoria normal que usan un teléfono o tu portátil. Los fabricantes maximizan beneficios volcando sus fábricas a la producción para la IA, y dejan de lado la producción de chips estándar. El resultado para el consumidor es un golpe directo al bolsillo, con el precio de la memoria básica (DDR4), usada en la mayoría de la electrónica doméstica, disparándose asombroso 1.360% desde abril de 2025. Esto no es una cifra abstracta, los analistas predicen que el precio final de los ordenadores personales saltará entre un 15% y un 20% solo por este componente, y fabricantes como Xiaomi ya advierten de retrasos y costes más altos.
Es decir, pagarás más por una computadora normal porque los recursos para fabricarla se desviaron a la IA.
Este patrón de absorción se repite de forma preocupante en el sector energético. Los centros de datos donde "vive" la IA consumen cantidades pantagruélicas de electricidad, pero el cuello de botella real es la infraestructura física. Estos centros acaparan el mercado global de transformadores eléctricos y equipos de alta tensión, componentes esenciales para llevar la luz a cualquier sitio.
Al igual que con los chips, la IA paga mejor y primero. Esto provoca que los plazos de entrega de transformadores para urbanizaciones residenciales o parques eólicos se alarguen de meses a años. El impacto en el precio para el ciudadano de a pie es doble ya que por un lado, las facturas de electricidad tienden al alza debido a la demanda extrema sobre la red; por otro, el coste de la vivienda nueva puede aumentar porque los promotores enfrentan retrasos y sobrecostes para conectar los edificios a la red eléctrica, trasladando ese gasto final al comprador.
No menos crítica es la situación del agua, un recurso que la IA consume indirectamente a través de la refrigeración de sus servidores. Los superordenadores generan un calor inmenso y requieren sistemas de refrigeración líquida constantes. En zonas con sequía o estrés hídrico, los gigantes tecnológicos compiten por los derechos de agua contra la agricultura y el consumo urbano. Aunque el precio del agua del grifo está regulado en muchos lugares, el costo económico se manifiesta en el sector agrícola. Si el agua se desvía a la industria tecnológica o se vuelve más escasa, los costos de irrigación suben, lo que encarece las frutas y verduras en el supermercado. Es una inflación silenciosa donde el tomate cuesta más porque el centro de datos vecino "bebió" primero.
Finalmente, existe una distorsión en el mercado laboral que afecta a servicios cotidianos. La IA aspira el talento técnico disponible como matemáticos, físicos e ingenieros y ofrece salarios astronómicos que otras industrias no pueden pagar. Esto crea una fuga de cerebros en sectores vitales como la banca tradicional, la logística o incluso la biomedicina. Cuando un banco o una aseguradora debe pagar el doble para contratar a un experto en seguridad informática porque compite contra una empresa de IA, ese costo operativo extra no lo absorbe el banco; se traslada al cliente en forma de comisiones más altas o primas de seguro más costosas.
Por lo tanto, la "fiebre del oro" de la IA no es gratuita para el resto de la economía. Al igual que la industria de chips sacrificó la producción de memoria barata para perseguir los altos márgenes de la IA, otros sectores ven cómo esta nueva fuerza gravitatoria devora sus insumos básicos.
Para el consumidor neófito la lección es clara, aunque nunca uses ChatGPT o herramientas similares, acabarás pagando su desarrollo cada vez que compres un portátil, pagues la luz o vayas al mercado, víctima de una cadena de suministro que, por ahora, prioriza la inteligencia artificial.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.