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En la mañana del martes 23, a las 6:53 hora del este de los Estados Unidos, un cohete Falcon 9 despegó desde Cabo Cañaveral con una carga inusual: la primera cápsula Starfall, un vehículo de reentrada en forma de disco que SpaceX desarrolló durante años en el más absoluto secreto. La transmisión oficial se cortó diez minutos después del despegue —una práctica que la empresa reserva habitualmente para misiones de seguridad nacional— y recién tres horas más tarde confirmó, a través de su cuenta en X, que el artefacto había alcanzado la órbita baja terrestre. Casi en simultáneo, SpaceX anunció la emisión de bonos por al menos 20.000 millones de dólares: su primera incursión en el mercado de deuda corporativa desde que salió a bolsa, el 12 de junio pasado, en la oferta pública inicial más grande de la historia.

El lanzamiento de Starfall no fue anticipado con fanfarria ni comunicados de prensa. Los únicos documentos públicos que describían la cápsula eran los que la Administración Federal de Aviación de los Estados Unidos (FAA) publicó el 15 de mayo, en el marco de una evaluación de impacto ambiental de rutina. Esos archivos revelaron que Starfall es un disco de 3,1 metros de diámetro y apenas 0,75 metros de alto, con una masa en vacío de 2.100 kilogramos y una capacidad de carga útil de hasta 1.000 kilogramos. No tiene motor de propulsión propio: usa pequeños propulsores de gas nitrógeno para orientarse y una secuencia de paracaídas para frenar el descenso antes de amerizar en el Pacífico, a unos 1.300 kilómetros de las costas de California y México.

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La fábrica que flota

La idea central detrás de Starfall no es nueva, pero nunca había sido ejecutada a esta escala. En la microgravedad orbital, ciertos materiales se comportan de manera radicalmente distinta a como lo hacen en la Tierra: los cristales crecen con mayor pureza, las fibras ópticas se forman sin imperfecciones estructurales, y algunos compuestos farmacéuticos adquieren propiedades que la gravedad terrestre impide. La manufactura en el espacio es una promesa que lleva décadas circulando en los foros científicos; la pregunta siempre fue si alguien podía hacerla económicamente viable.

La empresa que más cerca estuvo de lograrlo hasta ahora es Varda Space Industries, una compañía californiana fundada en 2021 que completó seis misiones con sus cápsulas de la serie W, dedicadas al cultivo de cristales farmacéuticos en microgravedad. El problema es que Varda depende de los cohetes Falcon 9 de SpaceX para llegar al espacio. Lo mismo ocurre con Inversion Space, con Atmos Space Cargo y con una docena de startups que orbitan este incipiente mercado.

Con Starfall, SpaceX deja de ser el propietario que cobra alquiler y pasa a competir directamente con sus propios inquilinos. La empresa planea producir estas cápsulas en serie, lanzarlas en Falcon 9 o en la futura Starship, y ofrecer el ciclo completo —órbita, manufactura, retorno— como un servicio integrado. La capacidad de carga de Starfall equivale a unas 30 veces la de las cápsulas de Varda, lo que cambia radicalmente la economía de cada misión: más producto por vuelo, menor costo por kilogramo devuelto a la Tierra. Los documentos de la FAA describen el objetivo de largo plazo como construir "una economía de manufactura en el espacio autosustentable" y posicionar a Starfall como sucesor comercial de la Estación Espacial Internacional.

Hay una segunda línea de negocios que los analistas señalan con igual interés: la entrega de carga militar en tiempo récord. Starfall puede ser lanzada en trayectoria suborbital directa hacia cualquier punto del planeta. El Pentágono lleva años explorando esta posibilidad bajo el programa Rocket Cargo, y las publicaciones especializadas coinciden en señalarlo como uno de los clientes más evidentes.

Un récord con números inquietantes

El lanzamiento de Starfall ocurrió once días después de que SpaceX debutara en el Nasdaq con una valuación inicial cercana a 1,75 billones de dólares y recaudara unos 86.000 millones de dólares, casi el triple de lo que captó Saudi Aramco en 2019, que hasta entonces ostentaba el récord histórico. Las acciones, que salieron a 135 dólares, llegaron a tocar los 225 dólares apenas cuatro días después del debut, antes de sufrir una corrección pronunciada. Al cierre de ayer cotizaban cerca de los 155 dólares, más de un 20% por debajo del pico.

Las razones de esa caída tienen al menos dos capítulos. El primero: cuatro días después de la OPI, SpaceX anunció la compra de Anysphere —la empresa detrás del asistente de programación Cursor— por 60.000 millones de dólares en acciones propias, una cifra que diluyó a los accionistas recientes y confirmó que la compañía usaría su recién estrenada moneda bursátil para apostar fuerte en inteligencia artificial. El segundo: el anuncio de los bonos reveló que una parte importante del dinero de la OPI ya estaba comprometida. En marzo, SpaceX tomó un crédito puente de 20.000 millones de dólares para refinanciar deuda asociada a su fusión con xAI —la firma de inteligencia artificial de Elon Musk— y la nueva emisión busca reemplazar ese préstamo con deuda de largo plazo y menor costo.

Los números de flujo de caja son los que más preocupan a los analistas independientes. El año pasado, SpaceX gastó 14.120 millones de dólares más de lo que ingresó, más del doble del déficit del ejercicio anterior; las proyecciones de KeyBanc Capital Markets estiman que ese rojo podría alcanzar los 28.000 millones este año, y Goldman Sachs, banco colocador de la OPI, proyecta que la empresa no generará flujo de caja positivo hasta 2031. Aswath Damodaran, el profesor de finanzas de la Universidad de Nueva York considerado una autoridad en valuación de empresas, estimó el valor de la acción en torno a los 103 dólares, un 24% por debajo del precio de salida. La única división que hoy sostiene la estructura es Starlink, el servicio de internet satelital, con unos 4.400 millones de dólares en resultado operativo en 2025 y un margen del 39%. Todo lo demás consume esas ganancias y algo más.

La lógica del monopolio vertical

Starfall encaja en un patrón que se repite a lo largo de la historia reciente de SpaceX: identificar capas de infraestructura de las que otros dependen e incorporarlas al propio ecosistema. Primero fue el acceso al espacio, después la conectividad orbital con Starlink, luego la infraestructura de computación para inteligencia artificial con Colossus. Ahora, el ciclo completo de la manufactura en órbita.

Esa coherencia estratégica convive con otro rasgo característico de la empresa: la opacidad deliberada. SpaceX no confirmó si la cápsula lleva carga útil real de algún cliente, ni informó cuándo reingresará a la atmósfera. Su única comunicación fue un mensaje en X: "Hoy la misión incluye una demostración de un nuevo vehículo que permitirá un acceso asequible y rutinario al entorno de microgravedad para la investigación científica y la manufactura en el espacio".

Si el vuelo concluye con éxito —el amerizaje en el Pacífico todavía no se había producido al cierre de esta nota—, SpaceX tendrá autorización para una segunda misión de demostración. Después de eso, el camino hacia la operación comercial depende de los tiempos regulatorios y, sobre todo, de si el mercado de manufactura orbital resulta ser tan grande como la empresa apuesta que será. Lo que ya es difícil de discutir es que ningún actor del sector puede construir ese futuro sin pasar, de una u otra forma, por SpaceX.

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