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El pasado viernes 12 de junio, el Departamento de Comercio de los Estados Unidos envió una carta a Anthropic, la empresa de inteligencia artificial más valorada del mundo, ordenándole suspender el acceso a sus dos modelos más avanzados a todo ciudadano no estadounidense, dentro o fuera del país. Anthropic no tenía manera técnica de filtrar a sus usuarios por nacionalidad en tiempo real, así que hizo lo único que podía hacer: apagó los modelos para todo el mundo, sin discriminar. En pocas horas, cientos de millones de personas y miles de empresas perdieron acceso a Fable 5 y Mythos 5, los flamantes modelos de inteligencia artificial de la empresa, desde luego los más avanzados y poderosos en el mercado.

Dos meses antes, el 7 de abril, Anthropic había anunciado algo igualmente llamativo: su modelo Claude Mythos Preview había identificado miles de vulnerabilidades críticas de seguridad en prácticamente toda la infraestructura de software global, incluyendo fallas que llevaban décadas sin ser detectadas. El rendimiento de Mythos fue tan extraordinario —93,9% en SWE-bench Verified, el indicador estándar del sector, contra 80,8% del modelo anterior de la propia empresa— que Anthropic tomó una decisión inédita en la industria: no lanzar el modelo al público. Lo consideraba demasiado peligroso.

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En cambio, armó el Proyecto Glasswing, una coalición de más de 40 empresas tecnológicas —entre ellas Apple, Google, Microsoft, Amazon y Nvidia— con acceso exclusivo y controlado al modelo, destinado únicamente a la defensa de sistemas. Fable 5, lanzado finalmente el 9 de junio, fue el primer intento de poner esta nueva tecnología al alcance del público en general, con filtros que bloqueaban sus capacidades más sensibles en ciberseguridad y biotecnología. Mythos 5 es su equivalente en versión completa, reservada para los socios del Proyecto Glasswing. Tres días después del lanzamiento, el Gobierno de Estados Unidos ordenó apagar a ambos.

El pretexto técnico y sus fisuras

La justificación oficial de la administración Trump fue la detección de una técnica para eludir los filtros de seguridad de Fable 5, lo que en la jerga del sector se llama un jailbreak. La orden invocó controles de exportación por razones de seguridad nacional, prohibió el uso de ambos modelos a cualquier ciudadano extranjero —incluyendo a los propios empleados no estadounidenses de Anthropic— y no ofreció detalles técnicos específicos. Entre los afectados estuvo Andrej Karpathy, uno de los científicos de IA más respetados del mundo y miembro del propio equipo de Anthropic, quien quedó sin acceso a los modelos que ayudó a construir por no tener ciudadanía estadounidense.

Anthropic rechazó la caracterización oficial. En un comunicado, señaló que la técnica en cuestión consistía esencialmente en pedirle al modelo que leyera un código y corrigiera sus errores, y que las vulnerabilidades que surgían eran menores, conocidas y replicables con otros modelos disponibles al público, incluyendo GPT-5.5 de OpenAI, que no fue objeto de ninguna restricción similar. "Si este estándar se aplicara en toda la industria, creemos que detendría esencialmente todos los nuevos lanzamientos de modelos de todos los proveedores de frontera", escribió la empresa. El asesor tecnológico de la Casa Blanca, David Sacks, la contradijo públicamente y afirmó que Anthropic se había negado a corregir el problema antes de que se aplicaran los controles, y que un grupo chino había logrado acceder al modelo. Anthropic desmintió esa versión.

Una pelea que venía de antes

El episodio no surgió de la nada. La relación entre Anthropic y la administración Trump acumula rispideces desde hace meses. La empresa se negó a permitir que sus modelos fueran utilizados para vigilancia doméstica o para sistemas de armamento letal autónomo. Como represalia, el Pentágono la declaró "riesgo en la cadena de suministro", una categoría históricamente reservada para adversarios extranjeros, lo que obligó a los contratistas de defensa a certificar que no usarían los modelos de Anthropic en sus trabajos con el ejército. La empresa inició acciones legales contra la administración y el caso sigue en los tribunales.

TechCrunch citó fuentes según las cuales fueron las "diferencias de personalidad" entre Anthropic y la administración Trump las que motivaron la orden de exportación, más que cualquier vulnerabilidad real en el modelo. Es una lectura que encaja con la cronología: la carta del Departamento de Comercio llegó dos días después de que Dario Amodei, el fundador y CEO de Anthropic, publicara un extenso ensayo pidiendo al gobierno que se reservara el derecho legal de bloquear modelos de IA que no superaran pruebas independientes de seguridad. Dos días más tarde, el gobierno ejerció exactamente esa facultad contra él.

El mercado en vilo y un precedente que inquieta

El momento no pudo ser peor para Anthropic. La empresa, valuada en 965.000 millones de dólares en su última ronda de financiamiento, había presentado en forma confidencial su solicitud para salir a bolsa apenas días antes del incidente. La incertidumbre regulatoria amenaza con enfriar el entusiasmo de los inversores, en un momento en que OpenAI también evalúa su propio ingreso al mercado bursátil.

Jim Reid, jefe global de análisis macroeconómico del Deutsche Bank, resumió el problema de fondo: si esta medida no es un tropiezo aislado, "no son buenas noticias para las empresas tecnológicas estadounidenses ni para quienes suponen una velocidad vertiginosa de adopción de la inteligencia artificial". Las empresas que incorporan modelos de IA a sus operaciones necesitan saber que ese acceso no va a ser cortado de un día para el otro. "No se puede depender de algo que puede ser apagado", dijo Reid.

El gobierno de Estados Unidos demostró que puede obligar a una empresa privada a desactivar sus productos con una carta, sin aprobación judicial y con efecto inmediato sobre todo el planeta. Para los países que dependen de herramientas de IA desarrolladas allí —es decir, la abrumadora mayoría— la señal es clara: el acceso a la tecnología más avanzada puede ser revocado en cualquier momento por decisión política de Washington, sin importar los contratos firmados ni los servicios en funcionamiento. Los controles de exportación son un instrumento tan poderoso como impredecible: cada vez que Washington apaga un modelo, China gana un argumento para convencer al resto del mundo de que construya el suyo propio.

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