15 de noviembre 2025 - 15:15hs

Desde hace más de veinte años se anuncia el acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur como un símbolo de cooperación entre regiones que comparten valores democráticos y vínculos históricos. Esa es la versión oficial, sin embargo la realidad es distinta: no se trata de afinidades culturales ni de una visión común del mundo, sino de pura necesidad geopolítica. Europa, debilitada, busca abastecerse de alimentos, energía y minerales estratégicos, mientras América del Sur ofrece recursos y mercados en un momento donde las grandes potencias reconfiguran el tablero global.

La Unión Europea enfrenta una pérdida de poder sin disimulo. La guerra en Ucrania dejó al descubierto su dependencia energética y militar. Su relación comercial con China está bajo tensión, y Estados Unidos, dominado por la lógica del "America First", es un socio imprevisible. En ese contexto, Bruselas necesita aliados estables que garanticen suministros y oportunidades para sus exportaciones industriales. El Mercosur aparece como una opción práctica, es un proveedor confiable de granos, carne, litio y hierro, con gobiernos dispuestos a negociar. El lenguaje diplomático habla de "diversificación" y "sostenibilidad", pero lo que realmente impulsa el acuerdo es la urgencia europea de reducir vulnerabilidades y mantener influencia en una región donde China ya avanzó demasiado.

El bloque sudamericano llega al acuerdo desde posiciones muy dispares. Brasil, bajo el liderazgo de Lula da Silva, busca el centro del escenario global con una agenda ideológica que lo ha alejado del mundo occidental. Lula defendió posiciones favorables a regímenes autoritarios, evitó condenar a Rusia por la invasión de Ucrania y mantuvo una postura ambigua frente a los ataques terroristas de Hamás. Su acercamiento al eje China-Rusia le resta credibilidad ante Estados Unidos y Europa, y el acuerdo con la Unión Europea funciona para él como un modo de mantener una puerta abierta hacia Occidente, sin alterar su rumbo político.

Argentina, en cambio, atraviesa un momento diferente. El gobierno de Javier Milei no necesita validación externa ni reconocimiento simbólico, cuenta con legitimidad interna por resultados económicos concretos, como reducir la inflación y el ordenamiento fiscal. Desde su perspectiva, el acuerdo con la Unión Europea es una herramienta económica más, una vía para ampliar exportaciones, atraer inversiones y acelerar la apertura comercial; no es un gesto político.

El relato oficial de Bruselas sobre cooperación verde, digitalización y estándares sostenibles es una máscara. Europa conservará el control sobre las normas y restringirá las importaciones cuando le convenga. El Mercosur abrirá sus mercados y Europa venderá tecnología, autos y farmacéuticos. No es un acuerdo entre iguales, sino un intercambio entre la necesidad europea y la oportunidad sudamericana. Lo que se presenta como integración económica es, en realidad, una operación de supervivencia estratégica: Europa debe garantizar su acceso a los recursos del hemisferio sur antes de que sea demasiado tarde.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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