27 de mayo 2024 - 11:35hs

En una mañana fría y lluviosa, Clemente Montag, de tan solo 13 años, se envolvió en un sobretodo insuficiente para protegerse del frío y la lluvia, pero era lo único que su padre podía comprarle. Decidido a perseguir su sueño, enfrentó la calle, ignorando los cuestionamientos de su madre sobre salir en ese clima. En su posesión, llevaba una carpeta que guardaba celosamente, conteniendo todos los dibujos que había creado desde que tenía memoria.

Al entrar en la editorial, la recepcionista se sorprendió al ver a este adolescente empapado. "Traigo dibujos", logró decir él. Ella simplemente lo observó antes de pedirle que le acercara la carpeta. Desapareció tras una puerta donde se encontraban los reconocidos ilustradores Dante Quinterno, Eduardo Ferro y Mariano Juliá, director de Locuras de Isidoro. La mujer regresó con Juliá, quien le dio la noticia que nunca hubiera imaginado. " Pibe, lo vio Quinterno y sí, le gustó mucho".

4SF4X3FE4ZEOFFAGKFS4Q4OJBA.avif

El silencio llenó al protagonista de esta historia, cuyo destino estaba a punto de cambiar. "Decidió que te va a dar para el Patoruzú semanal un cuento para que vos lo leas y lo ilustres. Se llama El niño y el gato. Tomate un día entero y me lo traés mañana". Al día siguiente, Quinterno ya no estaba, pero Ferro examinó cuidadosamente el material y sin dudarlo afirmó: "Che, pibe, vos tenés que trabajar con nosotros".

Más de medio siglo después de aquel encuentro, Clemente bebe un sorbo de gaseosa sin azúcar y sigue recordando cómo comenzó su carrera profesional. Y está seguro de que no se trata solo de suerte: "Muchos me dicen: ‘¿Cómo lo lograste?’ y yo les digo que hay que tener presente una sola cosa: el ser diligente", reflexionó.

Clemente-Montag-Historietista.jpg

Nacido en 1958, Busu, como lo llaman todos, tenía apenas un año cuando comenzó a acompañar a su padre en la mesa de dibujo, tratando de imitar las líneas. "Era humilde, era un escultor que ganaba tres mangos", recordó sobre su padre, un alemán con quien solía pasar el tiempo. "Él esbozaba sus esculturas y yo quería agarrarle el lápiz. No había lugar más hermoso para mí que esa mesa de dibujo”, destacó sobre su padre, al que describió como “un hombre amoroso y humilde, con el que vivíamos con lo justo”. “Él, con su camionetita trabajaba para Giuliani, que era una casa de escultura de muchos años atrás", rememoró.

Desde que vio por primera vez los dibujos de Disney, Clemente quedó enamorado del mundo mágico. Cada vez que veía a Walt dibujando, decía que quería ser como él: "Nosotros vivíamos en San Telmo y con mi mamá nos tomábamos el colectivo 70 para ir a la Plaza San Martín porque me gustaba la hamaca. Uno de esos días estaba Mónica Cahen D’Anvers con Mickey. Y yo nunca fui tan feliz. Todavía recuerdo cómo corrí hasta llegar al lado de él. Quedé helado cuando me extendió la mano. Tenía 7 años y no quería lavarme más la mano".

galeria-00mickeyandme.webp

Mientras otros niños salían a jugar, él sabía cómo ocupar su tiempo: "Yo dibujaba y me lo guardaba todo en una carpeta de esas viejas que se atan con hilos. Esa, justamente, fue la carpeta que abrió Dante Quinterno en la editorial que quedaba en Maipú 942, a dos cuadras de donde Mickey me extendió la mano".

Sus primeras incursiones en la ilustración fueron en los cuentos de la edición semanal de Patoruzú, hasta que la publicación cesó. Más tarde, Quinterno lo convocó para colaborar en las portadas de Andanzas de Patoruzú. Mientras el maestro esbozaba los dibujos a mano alzada, él se encargaba de darles vida con témperas, bajo el escrutinio meticuloso del creador, un hombre extremadamente perfeccionista que no dejaba pasar ni un detalle, cuestionando hasta el tono del gris en las sombras de los árboles.

3A63AJKAUBB7NL5XQ5BEFWVT6I.avif

Fueron siete años en Patoruzú haciendo el coloreado y los finales. Y el Libro de Oro, el especial anual que todo chico quería tener, que me lo daban para pintar todo con témpera, laburando hasta llegar a la crisis de ansiedad, de pasar noches y noches. Me agarraban unas taquicardias... Decí que había un médico tan bueno en el Hospital Escuela San Martín que me tranquilizaba. A la enfermera le decía: ‘Llegó Clemente, trae un Lexotanil de seis’”, relató sobre aquellos años.

Por casualidad, destino o gracias al profesionalismo de Clemente, apenas dejó la editorial, se unió a Editorial Atlántida llevando consigo su carpeta llena de creaciones. "Me gustaba crear, no ser dibujante de licencias; entonces tenía ya a Nubecino, y a Coco y Cilindrina", detalló, preparando el terreno para otra curiosidad que marcaría su trayectoria. “Cuando llegué, me crucé a García Ferré que se estaba yendo. ‘¿Qué trae?’, me dijo, y solo le contesté con una palabra: ‘Dibujos’. Los miró y me pidió que se los deje una semana y que su secretaria me iba a llamara por sí o por no".

images.jpg

Un día sonó el teléfono y Busu escuchó del otro lado lo que tanto ansiaba: "El señor García Ferré lo quiere ver. ¿Quiere trabajar con nosotros?". Así comenzó a publicar sus historietas en la icónica revista Anteojito, donde su trabajo se diversificó: “Tenía las páginas didácticas, los libritos esos chiquititos que iban en una biblioteca y los guiones de Las nuevas aventuras de Hijitus en Canal Trece”.

Pero todo tiene un desenlace: "Cuando cerró Anteojito fue terrible. Y mi gran error fue no haber hecho un contrato. Iba andando mal Patoruzú, Billiken después cerró, (Andrés) Cascioli -con quien publiqué algunas cosas en Humor- cerró. También la revista Fierro. O sea que la Argentina se quedó desprovista de historietas y humor nacional. Fue una época muy dura para los que dibujábamos porque no quedaba nada para publicar".

KTESZMQI7FEWRMK6DQ7IUJ3RM4.avif

En ese punto, Busu envió sus trabajos a Norma Editorial, ya que tenía planes de hacer una película en Estados Unidos llamada Tom, el dinosaurio. Sin embargo, esta vez la suerte no estuvo de su lado. "Viajé y se cayeron las Torres Gemelas. Ahí me avisaron que la coproducción iba a quedar frenada. Me enfermé. Ya no aguantaba más. No tenía donde carajo ir. Visité algunos editores y me dijeron que ya no hacían historietas, solo traducían de los franceses. Me volví derrotado y mi señora vendió el lugar donde vivíamos".

La suerte que tantas veces lo había acompañado, esta vez lo abandonó: "Se me acabó la varita mágica. No me tocó más. Perdí la gracia, la bendición, el hechizo, qué sé yo", recordó sobre ese momento en el que el trabajo no aparecía.

YXZ25KN3UJBUZHB7MP25W45OZ4.avif

La oportunidad llegó de forma inesperada, a través de una amiga de su esposa que se había casado con un marinero irlandés. "Que venga Clemente, porque hay un puesto que no es de dibujante, pero es muy fácil. Tiene que tocar unos botones, una boludez, en una fábrica". Él viajó con el dinero que le quedaba de García Ferré y esperó pacientemente la reunión por el trabajo. Sin embargo, poco antes del encuentro, le avisaron que la empresa había presentado quiebra.

Empezó a deambular por tierras irlandesas con la esperanza de encontrar trabajo en una editorial, pero descubrió que el mercado editorial de ese país operaba de manera diferente. “Me dijeron que importaban todo de Inglaterra, pero yo no tenía guita para ir. Lo único que tenía para ofrecerme era hacer unos dibujitos de leprechaun (NdR.: un pequeño duende verde del folclore irlandés) en los pies de página donde van los números. Así que después de trabajar en Anteojito y con las tapas de Patoruzú, terminé haciendo esos duendes por tres mangos. No había lugar para alquilar por esa plata. Mucho menos para ahorrar”.

NWYFOPROVRBNLI2TDZWJ5LC6OU.avif

El regreso a casa fue difícil. "Volvimos para acá y me quedé en pelotas", admitió, sin tapujos. "Quedé viviendo en la casa de mi suegra, que gracias a Dios nos dio un lugar para estar. Sin casa, sin auto, en la indigencia peor que se pueda ver", recordó mientras miraba fijamente al vacío, recordando su último gran proyecto laboral.

Desde España, la editorial Planeta DeAgostini lo seleccionó para ilustrar La Biblia para niños, un proyecto impresionante de 12 volúmenes. “Laburé bastante con eso. Me había olvidado. Mi primera Biblia. La verdad que yo a veces la miro y digo: ‘Madre mía′. Imaginate a Moisés con toda la cola de los israelíes. Fue mucho laburo”.

DNMABJVQYBBELO3EE6SCD6AEBI.avif

Gracias a la ayuda de una psiquiatra, logró mantenerse firme en la vida. “Dibujar, vos naciste para dibujar”, fueron las palabras que resonaron en él y eso es precisamente lo que hace. “Yo tengo mi jubilación, mi señora tiene una mínima. Nos alcanza hasta ahí. ¿Trabajo? En las ferias a las que voy, la gente más o menos de una edad de más 30 les encanta lo que fue la época de oro. Pero a los pibes es difícil insertarlos otra vez, enseñarles quién es Patoruzú”, reflexionó.

Sentado con su esposa en una mesa, siempre con una sonrisa, él creaba dibujos a pedido, con Patoruzú y Súper Hijitus siendo los favoritos. Hace poco más de una semana, un mensaje en su perfil de Instagram alertó a la comunidad: "Ayudame a vivir. Necesito comprar remedios y comida", decía el flyer, solicitando "un cafecito a voluntad para ayudar al maestro en ruinas".

5E7D2356YRHX3I6GYJQNGJMMWQ.avif

Pero Busu no se rinde. Actualmente, agradece el apoyo del movimiento cultural Banda Dibujada, que se dedica a promover la historieta para niños y jóvenes, ofreciendo numerosos talleres en escuelas y colegios. También está pensando en su próximo viaje, programado para mediados de junio, donde será uno de los invitados especiales en la Comic World 2024 que se llevará a cabo en la provincia de Chaco.

"Creo que así como tenemos que pensar que nacemos, un día pasamos. Saber que el día de mañana vamos a pasar a otra dimensión. Comprendo en cierta manera que lo que me pasó fue también una gracia de Dios: que haya ido ese día bajo la lluvia. Que haya publicado tanto, que me ponga a dibujar y me cambie el ánimo. El único futuro en mi vida es seguir dibujando".

Temas:

Patoruzu Súper Hijitus Televisión Clemente Montag Dante Quinterno

Más noticias

Te puede interesar

Más noticias de Uruguay

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos