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Un estudio publicado en 2021 en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences desafió uno de los hallazgos más citados de la psicología del bienestar: la idea de que la felicidad deja de crecer cuando los ingresos superan los 75.000 dólares anuales. La investigación, basada en más de 1,7 millones de registros en tiempo real recolectados mediante smartphones, concluyó que tanto el bienestar emocional cotidiano como la satisfacción general con la vida continúan aumentando a medida que crece el ingreso, sin que se observe ningún techo o punto de quiebre.

El autor del trabajo es Matthew Killingsworth, investigador de la Wharton School de la Universidad de Pennsylvania, quien utilizó una aplicación llamada Track your happiness para recopilar datos de 33.391 adultos estadounidenses en edad laboral. A lo largo del estudio, los participantes recibieron notificaciones aleatorias en sus teléfonos y respondieron, en el momento, cómo se sentían. El resultado fue una base de datos de 1.725.994 reportes de bienestar en situaciones reales de la vida diaria, un volumen y una metodología sin precedentes en este tipo de investigaciones.

El estudio que Killingsworth buscó refutar

La investigación apuntó directamente a un paper de 2010 que se convirtió en referencia obligada tanto en el mundo académico como en la divulgación popular. Ese estudio, realizado por el premio Nobel de Economía Daniel Kahneman junto al economista Angus Deaton —también Nobel—, sostenía que el bienestar emocional cotidiano mejoraba con el ingreso solo hasta cierto punto: aproximadamente 75.000 dólares anuales. Por encima de ese umbral, el dinero adicional ya no generaba mejoras perceptibles en cómo se sentían las personas durante su vida diaria, aunque sí seguía aumentando su satisfacción cuando reflexionaban sobre sus vidas en términos generales.

Esa cifra tuvo una repercusión enorme. Fue reproducida en medios de todo el mundo, citada en libros de autoayuda y usada en debates sobre política salarial y bienestar laboral. La conclusión que muchos extrajeron fue intuitivamente atractiva: más allá de cierta comodidad básica, el dinero extra no hace más feliz a nadie en su día a día.

Killingsworth cuestionó esa conclusión desde el punto de vista metodológico. El estudio de Kahneman y Deaton medía el bienestar de manera retrospectiva —preguntando cómo recordaban haberse sentido el día anterior— y con una escala dicotómica de respuesta binaria: sí o no. Esa combinación introducía sesgos importantes: los recuerdos emocionales son imprecisos, y una escala de solo dos opciones satura rápidamente. En el estudio de 2010, más del 70% de los participantes con los ingresos más bajos ya respondían en el nivel máximo posible, lo que dejaba poco margen para detectar mejoras en los tramos de mayor ingreso. El techo de los 75.000 dólares podría haber sido, al menos en parte, un artefacto del instrumento de medición y no un fenómeno real.

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Qué encontró el nuevo estudio

La metodología de Killingsworth buscó superar esas limitaciones. En lugar de preguntar sobre el pasado, capturó el estado emocional en tiempo real. En lugar de una escala binaria, usó una escala continua —de "muy mal" a "muy bien"— que permite registrar variaciones sutiles. Y en lugar de una sola medición por persona, promedió decenas de registros, reduciendo el ruido estadístico.

Los resultados fueron contundentes: el bienestar emocional cotidiano creció de manera lineal con el logaritmo del ingreso a lo largo de todo el espectro económico, sin ninguna inflexión visible alrededor de los 75.000 dólares ni en ningún otro punto. La pendiente de la curva fue prácticamente idéntica por debajo y por encima de los 80.000 dólares anuales: 0,109 en el tramo inferior y 0,110 en el superior, una diferencia estadísticamente insignificante.

Dicho de otro modo: pasar de un ingreso de 20.000 a 60.000 dólares anuales genera, en promedio, la misma mejora en el bienestar que pasar de 60.000 a 180.000. Los dólares marginales valen menos a medida que se gana más, pero no dejan de valer. El estudio también analizó emociones específicas: en los tramos más bajos, el dinero adicional se asoció principalmente con una reducción de emociones negativas como tristeza, estrés o miedo; en los más altos, el efecto fue más pronunciado sobre emociones positivas como confianza, orgullo e inspiración.

Por qué el dinero mejora el bienestar, según los datos

Killingsworth exploró los posibles mecanismos que explican la relación entre ingreso y bienestar. El factor que mejor la explicó fue la sensación de control sobre la propia vida: incorporar esa variable al modelo redujo la asociación entre ingreso y bienestar en un 74%. En segundo lugar apareció la inseguridad financiera —medida como la dificultad para pagar las cuentas del mes—, que explicó un 38% de la asociación.

Un hallazgo llamativo fue el del tiempo. Podría suponerse que ganar más permite comprar tiempo libre. Sin embargo, los datos mostraron lo contrario: a mayor ingreso, mayor era la percepción de falta de tiempo, lo que funcionó como un factor que atenuaba levemente el efecto positivo del dinero. El estudio también detectó diferencias individuales: para quienes consideraban que el dinero era importante, la relación entre ingreso y bienestar fue más de cuatro veces más pronunciada que para quienes lo valoraban menos.

Los límites del estudio y el debate que continúa

El propio Killingsworth reconoció la principal limitación de su trabajo: la muestra no es representativa de la población general. Los participantes se incorporaron de manera voluntaria a través de Track your happiness, lo que introduce un sesgo de autoselección difícil de controlar. Sin embargo, señaló que la distribución de ingresos de su muestra se aproxima a la del censo estadounidense, y que los resultados sobre satisfacción con la vida coinciden con los patrones observados en investigaciones de mayor alcance poblacional.

El debate académico no se cerró con este paper. En 2023, el propio Kahneman colaboró con Killingsworth en un análisis conjunto publicado también en Proceedings of the National Academy of Sciences, que buscó reconciliar ambos hallazgos. La conclusión fue matizada: para la mayoría de las personas el bienestar sí sigue creciendo con el ingreso más allá de los 75.000 dólares, pero existe un subgrupo —personas emocionalmente infelices— para quienes la mejora se detiene en ese umbral. El techo identificado en 2010 podría ser real, pero solo para una parte de la población.

Lo que el conjunto de la evidencia sugiere es que la relación entre dinero y felicidad es más compleja de lo que cualquiera de las dos formulaciones originales proponía. La forma en que cada persona valora el dinero, el control que siente sobre su propia vida y la manera en que gasta lo que gana parecen ser factores tan determinantes como el ingreso en sí.

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