Hubo una época en la que entre un hecho y una opinión existía un intervalo. A veces duraba horas. Otras, días. En los asuntos importantes, incluso meses. Ese pequeño espacio servía para juntar pruebas, escuchar versiones, dejar enfriar la bronca o aceptar, simplemente, que todavía no sabíamos lo suficiente. Ese intervalo tenía un nombre bastante modesto: la duda. Hoy parece haberse evaporado.
Argentina pierde una final del mundo. A los tres minutos alguien asegura que la FIFA necesitaba un campeón europeo. A los diez aparece un video ralentizado que "demuestra" el robo. A la media hora otro encuentra vínculos entre el árbitro, una empresa de apuestas, un patrocinador y una declaración de Gianni Infantino de hace cuatro años. Antes de que termine la tarde, el partido ya dejó de importar. Lo verdaderamente importante es demostrar que nunca hubo partido.
Internet convirtió a millones de personas en fiscales, peritos, geopolíticos, constitucionalistas, especialistas en lenguaje corporal y expertos del VAR. Todo antes de cenar.
La escena se repite todos los días. Cambian los protagonistas, pero no el mecanismo. Una carta de Cristina Kirchner. Un discurso de Javier Milei. Un fallo judicial. Un índice de inflación. Una encuesta. Durante unos minutos existen como hechos. Después se convierten en pruebas de una historia que ya habíamos decidido creer.
No esperamos para entender. Esperamos apenas lo suficiente para confirmar. Y quizás esa sea una de las transformaciones culturales más profundas de nuestro tiempo. No vivimos la era de las conspiraciones. Vivimos la era del fin del beneficio de la duda.
Todo está conectado, pero nadie lo coordina
Lo paradójico es que esto ocurre cuando más sabemos sobre la complejidad del mundo. Nunca fue tan evidente que vivimos dentro de redes inmensas. Una guerra modifica el precio del trigo. Una decisión tomada por un banco central repercute sobre el crédito de una pyme argentina. Un algoritmo escrito en California puede alterar la conversación pública en cualquier rincón del planeta. La pandemia terminó de enseñarnos que un murciélago, un laboratorio, un mercado o un avión pueden formar parte de una misma cadena de acontecimientos.
Aprendimos que todo está conectado. Y, sin embargo, pareciera que confundimos dos ideas completamente distintas. Que las cosas estén relacionadas no significa que alguien las haya coordinado.
Yuval Noah Harari hace una observación tan simple como incómoda y en uno de sus últimos libros señala que nuestra intuición moral evolucionó para un mundo mucho más pequeño. Estamos preparados para entender conflictos con causas visibles, responsables identificables y consecuencias relativamente cercanas. Nos resulta natural buscar al culpable de un robo o de una estafa. Pero cuando el problema es un algoritmo, una cadena logística global o una campaña de desinformación distribuida entre miles de personas, nuestro cerebro intenta reducir esa complejidad a algo que pueda reconocer.
Si no logramos representar el sistema, buscamos un autor. Si no entendemos la red, inventamos un titiritero. Es una reacción profundamente humana. Las conspiraciones no siempre nacen de la ignorancia. Muchas veces nacen de la necesidad de aliviar la incertidumbre. Porque un sistema obliga a seguir preguntando. Una conspiración permite archivar el expediente.
Las plataformas digitales entendieron ese mecanismo antes que nosotros. En esa cosechadora de dopamina, Giuliano da Empoli sostiene que el negocio ya no consiste en convencer, sino en mantener nuestra atención. Y pocas cosas capturan más atención que la sensación de haber descubierto el secreto que los demás todavía no vieron. La comprensión exige tiempo. La indignación exige apenas un clic.
Byung-Chul Han rescata una frase de Simone Weil que parece escrita para las redes sociales: mirar y comer son dos cosas diferentes. Mirar requiere tiempo. Comer consiste en apropiarse rápidamente de algo para incorporarlo. Hace rato que dejamos de mirar las noticias. Las consumimos. Consumimos titulares, videos de treinta segundos, capturas de pantalla y opiniones listas para usar. No dejamos madurar una pregunta. La reemplazamos por una certeza.
Todos participamos de ese mecanismo. Llega un video al grupo de WhatsApp. Lo vemos. Nos convence. Lo reenviamos. Recién después, si todavía importa, averiguamos si era verdadero.
No ocurre porque seamos menos inteligentes que antes. Ocurre porque vivimos rodeados de información, atravesados por la urgencia y entrenados para reaccionar antes que para comprender. Dudar dejó de ser una virtud intelectual para convertirse, casi, en una pérdida de tiempo.
Discutir identidades en lugar de ideas
Y entonces la conversación pública empieza a deformarse. Un presidente ya no puede equivocarse. Está ejecutando un plan. Una dirigente ya no mezcla convicciones, cálculo político y emociones. Todo responde a una estrategia secreta. Una derrota deportiva deja de ser una derrota. Es una operación internacional. Una mala decisión económica deja de ser una mala decisión. Es parte de un diseño oculto.
La realidad pierde espesor. Todo empieza a caber en dos casilleros. Y bien y mal derivan estrepitosamente en Me gusta y no me gusta. Quizás la grieta no consista solamente en pensar distinto. Quizás consista en haber perdido el beneficio de la duda respecto del otro.
Ya no suponemos que quien piensa diferente puede estar viendo una parte de la realidad que nosotros no vemos. Suponemos que está manipulado, comprado, fanatizado o directamente actuando de mala fe. El desacuerdo deja de ser una diferencia de interpretación para convertirse en una prueba moral.
Y cuando eso ocurre, ya no discutimos ideas. Discutimos identidades.
Hay una vieja tentación humana de creer que alguien escribe el guion. Que existe un cuarto oscuro donde un puñado de personas decide las elecciones, las guerras, los campeonatos y hasta nuestros enojos. Es una idea tranquilizadora. Porque un culpable único siempre resulta más fácil de imaginar que una red de causas, incentivos, errores, intereses y casualidades interactuando todas al mismo tiempo.
Pero tal vez la verdadera novedad del siglo XXI no sea que existan más conspiraciones.
Tal vez sea que existe una realidad más compleja de los que somos capaces de comprender. Y como comprender un sistema lleva tiempo, mientras que emitir una sentencia lleva apenas unos segundos, elegimos lo segundo. Porque estamos más cansados. Porque vivimos apurados. Porque nadie comparte una duda. Porque, a veces, la conspiración más seductora no es la que explica el mundo. Es la que nos evita el esfuerzo de entenderlo.
Quizás el beneficio de la duda nunca fue una simple cortesía. Fue una de las tecnologías más sofisticadas que inventó la convivencia. Ese pequeño espacio entre lo que ocurre y lo que creemos que ocurrió permitía investigar antes de condenar, escuchar antes de responder y, sobre todo, conservar la posibilidad de cambiar de opinión sin sentir que traicionábamos nuestra identidad.
Tal vez el gran desafío de este siglo no sea producir más información. Ni siquiera combatir todas las noticias falsas. Tal vez el desafío sea mucho más modesto y, precisamente por eso, mucho más difícil.
Volver a concederle a la realidad unos minutos antes de convertirla en un veredicto.
Porque el día que perdemos el beneficio de la duda no dejamos solamente de escuchar al otro. Empezamos, también, a dejar de entender el mundo.