No es solo una reforma fiscal. Es la decisión de abrir el placard impositivo y ver, sin lentes ni parches, quiénes fueron protegidos por décadas de excepciones.
Paro general afuera, sesión caliente adentro. Entre el vacío de la calle y el ruido del recinto, la política redefine su ritmo.
La Oficina de Respuesta Oficial no inventa la tensión, pero la asume como método. ¿Aporta claridad o se suma a una saturación que ya nos tiene agotados?
La polémica por los planes sociales y la discusión sobre cómo medir la inflación exponen una misma tensión. Cuando lo provisorio se vuelve permanente y nadie se anima a darlo de baja, los fantasmas pasan a gobernar la realidad.
Entre el mercado, la industria y el Estado, la Argentina vuelve a buscar culpables para evitar una discusión más incómoda sobre reglas, costos y decisiones que nunca impactan a todos por igual y al mismo tiempo.
La globalización fue el orden que contuvo los conflictos del mundo. Ese centro hoy está vacío. Cuando no hay rey ni reglas creíbles, la disputa deja de ser interna y la violencia reaparece como síntoma: no de un mundo enfermo, sino de un orden que se terminó.
Mientras el Gobierno impulsa un cambio profundo y negocia con los gobernadores, el desafío no es solo el ajuste, sino cómo se lo explica y se lo ejecuta.
Mientras la arena quema y la política parece en pausa, el mundo está moviendo fichas pesadas. Y nosotros, como tantas veces, seguimos discutiendo desde la posición, no desde el movimiento. Explico.
Después de años navegando el caos, muchos argentinos no saben qué hacer cuando el mar se aquieta y nadie marca el rumbo.