22 de abril 2026 - 12:04hs

¿Argentina empezó a producir dólares? La respuesta corta es sí. Los datos empiezan a respaldar esa idea. Pero la historia no termina ahí. Durante décadas el problema nacional parecía ser exactamente el contrario. Escasez crónica de divisas y la economía frenada por la falta de dólares, el eterno cuello de botella.

Pero algo empezó a cambiar. En lo que va del año el Banco Central acumuló compras por más de 4.500 millones de dólares y llegó a encadenar más de 60 ruedas consecutivas comprando divisas en el mercado. La balanza comercial también volvió a mostrar superávit y en 2025 cerró con más de 11.000 millones de dólares a favor, impulsada por exportaciones que rozaron los 87.000 millones. A eso se suma un cambio estructural silencioso. La energía pasó de ser un agujero de divisas a generar saldo positivo gracias al gas y al petróleo de Vaca Muerta, mientras la minería, promete sumar miles de millones adicionales en los próximos años.

En los papeles, la economía argentina empieza a parecerse a la de un país que genera divisas. Sin embargo, la sensación social sigue siendo la misma de siempre: no alcanza.

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Los dólares aparecen en la macroeconomía pero desaparecen en la vida cotidiana. Se compran reservas, pero las reservas no terminan de crecer. Entran divisas, pero el país no logra retenerlas. Es como si los dólares atravesaran la economía argentina como el viento atraviesa una ventana. Pasan, circulan, refrescan un poco y siguen de largo.

Dólares con destino establecido

La explicación técnica es conocida. Gran parte de esos dólares nuevos tienen destino antes de llegar. Pagos de deuda, compromisos con organismos internacionales, importaciones necesarias para sostener la actividad. Argentina genera dólares, pero la mayor parte ya están gastados. En ese sentido, el país vive una contabilidad extraña: produce dólares nuevos para cancelar dólares viejos. El país genera dólares pero nunca los ve.

Sobre ese mecanismo descansa hoy el gran experimento económico del Gobierno. Construir lo que podríamos llamar el dique macroeconómico. Equilibrio fiscal, acumulación de reservas, estabilidad cambiaria, desaceleración de la inflación. El objetivo es simple: ordenar la macroeconomía después de décadas de desorden. Si el dique aguanta lo suficiente, el agua debería empezar a bajar. Pero debajo de ese dique pasan otras cosas.

Los salarios llegan tarde a la estabilización. El consumo sigue débil. Las ventas en supermercados y comercios todavía se mantienen por debajo de los niveles del año pasado. La inflación pesa en la vida cotidiana. Marcó 3,4% en marzo, después de varios meses al alza. Y mientras tanto las encuestas empiezan a mostrar un desgaste en la imagen del Gobierno, una señal de que la economía real todavía no ofrece un alivio claro para buena parte de la sociedad.

Pregunta incómoda para el Gobierno, ¿cuánto tiempo puede sostenerse una macroeconomía ordenada si la experiencia cotidiana sigue siendo de crisis? Las economías se estabilizan con ecuaciones, pero las sociedades se estabilizan con expectativas. Y las expectativas en Argentina tienen una paciencia corta y una memoria larga.

Nada nuevo, el mismo ritual

Nada demasiado nuevo. De algún modo, el país lleva décadas atravesando el mismo ritual económico. Primero llega la crisis. Después el ajuste. Luego aparece la promesa de estabilización. Finalmente se anuncia el crecimiento que vendrá. Y después no llega y vuelve la crisis.

Ya pasó otras veces. A fines del siglo XIX, cuando el país vivía el auge agro exportador, la crisis de 1890 estalló por el peso de la deuda externa. Volvió a ocurrir con la hiperinflación de fines de los años ochenta, cuando el sistema económico colapsó después de una década marcada por deuda, déficit y desorden monetario. Y volvió a repetirse en 2001, cuando tras años de endeudamiento y desequilibrios el país terminó en default, corralito y una de las crisis sociales más profundas de su historia reciente.

El problema es que la prosperidad suele quedar siempre dos o tres años más adelante. Argentina vive en un tiempo extraño. El pasado pesa demasiado. El presente se usa para ordenar ese pasado. Y el futuro aparece como la promesa permanente de que esta vez el sacrificio sí va a valer la pena.

Hay un viejo chiste que nos pinta de cuerpo entero. Argentina es el único país del mundo que si le preguntas a alguien de menos de treinta años por “la crisis”. Te va a responder, genuinamente confundido: “¿Cuál?”. No es ironía. Es tan solo otra generación más que creció entre inflación alta, crisis y sobresaltos. La "crisis" deja de ser un episodio excepcional. Es simplemente el paisaje.

Por eso mismo la paradoja actual resulta tan difícil de leer. Argentina empieza a producir dólares como hace tiempo no producía: energía, minería, agroindustria. Sectores que prometen ampliar la oferta de divisas en los próximos años. Sobre el papel, las condiciones para aliviar el viejo problema externo empiezan a aparecer.

Pero al mismo tiempo el país sigue atrapado en la lógica de su propio pasado. Los dólares nuevos llegan con compromisos viejos. Las oportunidades aparecen cuando todavía se están pagando las facturas del ciclo anterior.

Argentina y los recursos

Argentina no es exactamente un país sin recursos. Tampoco un país condenado a la escasez. Es, más bien, un país que suele usar su futuro para pagar su pasado. Una economía que siempre está a punto de despegar, pero nunca termina de levantar vuelo. Le debemos al pasado y, al mismo tiempo, necesitamos invertir en el futuro. En otras palabras: Argentina tiene que pagar dos veces. Pagar el pasado y, al mismo tiempo, financiar el futuro. Y hasta ahora nadie quiso, o nadie pudo, hacerlo.

Quizás la pregunta de este momento no sea solo si el plan económico va a funcionar. La pregunta más profunda es otra.

Si el dique macroeconómico logra sostenerse, si los dólares empiezan a acumularse de verdad, si la energía y la minería amplían la oferta de divisas como prometen. ¿Alcanzará para romper un ciclo que Argentina repite desde hace décadas?

Porque la historia económica del país está llena de futuros que estaban por empezar.

Tal vez el verdadero desafío no sea producir dólares.

Tal vez el verdadero desafío sea, por primera vez, poder pagar esas dos cuentas al mismo tiempo… y que esta vez los dólares no se vuelvan a escapar.

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