La polémica por los planes sociales y la discusión sobre cómo medir la inflación exponen una misma tensión. Cuando lo provisorio se vuelve permanente y nadie se anima a darlo de baja, los fantasmas pasan a gobernar la realidad.
Entre el mercado, la industria y el Estado, la Argentina vuelve a buscar culpables para evitar una discusión más incómoda sobre reglas, costos y decisiones que nunca impactan a todos por igual y al mismo tiempo.
La globalización fue el orden que contuvo los conflictos del mundo. Ese centro hoy está vacío. Cuando no hay rey ni reglas creíbles, la disputa deja de ser interna y la violencia reaparece como síntoma: no de un mundo enfermo, sino de un orden que se terminó.
Mientras el Gobierno impulsa un cambio profundo y negocia con los gobernadores, el desafío no es solo el ajuste, sino cómo se lo explica y se lo ejecuta.
Mientras la arena quema y la política parece en pausa, el mundo está moviendo fichas pesadas. Y nosotros, como tantas veces, seguimos discutiendo desde la posición, no desde el movimiento. Explico.
Después de años navegando el caos, muchos argentinos no saben qué hacer cuando el mar se aquieta y nadie marca el rumbo.
Después de años de diciembres imprevisibles, la Argentina llega cansada, pero en calma. Sin grandes promesas, la sociedad parece elegir una normalidad frágil y unas fiestas en paz como forma de resistencia.
Mientras el Congreso vota el Presupuesto y el fútbol vuelve a estallar en escándalos, dos mundos que parecen separados revelan la misma escena: reglas frágiles, autoridad discutida y rituales que sostienen un orden que nadie termina de creer.
María Corina Machado recibe un Premio Nobel que celebra su valentía, pero también expone la demora moral de Occidente. El premio aparece como un gesto tardío.