En una vereda del Once, el conflicto es visible. Un mantero extiende la manta, un comerciante formal mira desde la vidriera, el municipio llega tarde. En Vaca Muerta, el conflicto es más elegante. Mesas largas, carpetas, Excel, tubos de acero. Pero el dilema es idéntico. Competencia con reglas distintas.
El debate por los tubos del gasoducto se presentó como técnico, pero se vivió como moral. No se discutió solo precio o eficiencia. Se discutió algo mucho más incómodo. ¿Qué consideramos juego limpio en un país donde casi nadie juega con las mismas reglas?
Hay discusiones argentinas que se repiten tanto que uno ya no las escucha. Las reconoce. Cambian los escenarios, cambian los protagonistas, pero la escena es siempre la misma. Alguien dice “déjenme competir”. Otro responde “así no vale”. Y el resto mira buscando rápidamente de qué lado ponerse para no tener que pensar demasiado.
Hasta acá, nadie miente. Y ese es el problema. Porque el conflicto no es entre buenos y malos. Es entre dos ideas legítimas que chocan sin un árbitro consensuado. Unos dicen que gane el más eficiente y evitan preguntar eficiente según qué reglas. Otros dicen que sin reglas comunes no hay competencia y evitan preguntar quién define esas reglas. Y, "sin querer queriendo", caen nuevamente en el Estado discrecional que todos dicen odiar.
En la vereda, el mismo dilema se resuelve a los gritos. El comerciante acusa al mantero de ilegal. El mantero acusa al sistema de expulsarlo. La sociedad elige rápido a quién odiar, según el día, la ideología o el humor. Nadie discute seriamente el diseño de reglas, porque hacerlo implica aceptar pérdidas, costos y renuncias. Mejor moralizar.
Con la industria pasa algo parecido, solo que con menos empatía visual. No hay una galpón silencioso, una línea de producción detenida, un portón que se cierra. Vemos empresas grandes, poderosas, históricas. Eso dificulta la empatía y simplifica el juicio. La discusión arranca cargada de sospecha antes de entrar en los argumentos.
Pero hay una trampa ahí. Cuando reducimos estos conflictos a una pelea de nombres propios, eludimos la pregunta central. ¿Qué hacemos cuando el mercado funciona según sus reglas? ¿Qué hacemos si el resultado no nos deja, en apariencia, un país más fuerte? Definamos fuerte, sano, competitivo… En fin, ¿qué hace un país periférico cuando quiere jugar al mercado global sin discutir su estructura interna? Quizás eludimos la pregunta incómoda porque desnuda que el mercado no es tanto una ley natural como una arquitectura política. Decide qué costos cuentan y cuáles no. Decide qué se ve y qué queda.
A veces el mercado funciona. Los precios bajan, los plazos cierran, el Excel da bien. Y sin embargo el resultado deja un país, una industria, un sector un poco más frágil, con menos capacidades propias y más dependencia futura. Otras veces se protege producción local, se sostienen empleos, se conserva saber-hacer. Y el costo aparece por otro lado, en precios más altos o menor competitividad. No hay respuesta limpia. Hay elecciones con consecuencias.
Por eso buscamos villanos. El villano ordena el mundo. Si el problema es una empresa, alcanza con señalar al lobby. Si el problema es el gobierno, alcanza con acusar discrecionalidad. El villano nos ahorra la tarea de pensar qué reglas queremos y qué costos estamos dispuestos a pagar. Pensar reglas exige asumir pérdidas. Buscar culpables, no.
La Argentina tiene una dificultad histórica para discutir reglas sin discutir personas. Confundimos modelo con moral. Diseño con intención. Resultado con culpa. Y así, cada conflicto estructural se vuelve un escándalo por episodios, una novela corta que se consume rápido y se olvida igual de rápido.
El drama no es que no sepamos qué hacer. El drama es que no soportamos la conversación previa. Preferimos la épica, la denuncia, el documento filtrado, el tuit incendiario. Todo menos sentarnos a aceptar que no existe mercado puro, ni industria sin Estado, ni Estado sin arbitrariedades. Que toda decisión ordena y excluye al mismo tiempo.
Tal vez el verdadero conflicto no sea si los tubos se importan o se fabrican acá. Tal vez sea que seguimos creyendo que hay decisiones económicas sin consecuencias políticas, y decisiones políticas sin costos sociales. Que algunos resultados se viven como recompensas, aunque no lo sean para todos. Que esos efectos no son inmediatos y se despliegan en el tiempo. Tal vez por eso la discusión se parece tanto a la de los manteros. Porque en el fondo seguimos sin resolver cómo convivir cuando la desigualdad se cuela en la competencia y cuando las consecuencias no llegan juntas donde el premio de unos aparece como el costo de otros.
El día que dejemos de buscar villanos y empecemos a discutir reglas, quizás la política deje de ser atractiva no solo para los dirigentes, sino también para muchos ciudadanos. La política va a volverse menos espectacular. Y más incómoda. Tal vez por eso la evitamos tanto.
Nicolás Bottini, Analista político, escribe La rosca y la tuerca: una columna política que no corre detrás de la noticia, sino de su sombra.