4 de marzo 2026 - 8:59hs

Hay fechas que no son fechas, son advertencias. El 17 de marzo y el 18 de julio no figuran en el calendario argentino como feriados, pero funcionan como cicatrices invisibles. Son días en los que el país recuerda que el mundo no está “allá lejos”. El mundo puede explotar en una esquina de Buenos Aires.

El atentado a la embajada de Israel en 1992. La explosión en la AMIA en 1994. Dos heridas que nunca terminaron de cerrar. Dos escenas que siguen abiertas en nuestra memoria política.

Y ahora, más de treinta años después, un nombre vuelve a cruzar ese puente invisible entre Buenos Aires y Medio Oriente: Ahmad Vahidi. Dicho de otra forma, uno de los acusados por la mayor masacre terrorista de la historia argentina hoy forma parte del corazón del poder militar iraní.

Vahidi fue comandante de la Fuerza Quds, la unidad de operaciones exteriores de la Guardia Revolucionaria iraní, en la época en que la Justicia argentina sostiene que se planificó el atentado contra la AMIA. Sobre él pesa desde hace años una orden de captura internacional impulsada por fiscales argentinos, con alerta roja de Interpol. Irán nunca lo entregó. La causa sigue abierta. La herida también.

El ascenso de Vahidi

Lo que cambia ahora es el contexto. Vahidi, tras los bombardeos y las muertes de los principales generales, fue designado al frente del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, una de las estructuras militares más poderosas de Irán. En otras palabras, una figura acusada por la Justicia argentina de participar en la planificación del mayor atentado de nuestra historia reciente ocupa hoy un lugar central en el dispositivo de poder de un Estado que disputa liderazgo regional y que, en estos momentos, está en guerra con Israel.

No es una novela. Es la geopolítica. Y ahí la historia argentina deja de ser doméstica. Porque durante años discutimos el memorando firmado en 2013 por el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner con Irán como si fuera un capítulo más de nuestra interna eterna: oficialismo versus oposición, relato versus traición, pragmatismo versus claudicación. El acuerdo fue declarado inconstitucional y nunca se aplicó. Pero dejó una sospecha flotando: ¿se intentó destrabar la causa o se intentó neutralizarla?

La discusión jurídica sigue su curso. Lo que importa aquí es otra cosa: la sensación de que la Argentina trató su tragedia como un expediente negociable. Mientras nosotros debatíamos intenciones, el mundo seguía girando. Las jerarquías iraníes cambiaban, la región se militarizaba, el lenguaje político se volvía más apocalíptico. Y hoy, cuando el nombre de Vahidi reaparece, no como acusado sino como comandante, en un escenario bélico que puede escalar hasta el apocalipsis nuclear, el pasado local se superpone con el tablero global.

Hay una ironía incómoda en todo esto, ¿no? Durante años, la política argentina se movió en clave de corto plazo. El memorando fue defendido como una herramienta pragmática para avanzar en la causa. Fue denunciado como un pacto inaceptable con quienes estaban acusados. Pero en ambos casos la discusión se mantuvo en el plano táctico. ¿Sirve? ¿Conviene? ¿Cierra?

Pocas veces nos preguntamos algo más profundo: ¿qué significa negociar alrededor de una herida? La memoria no es solo conmemoración. La memoria es, en el fondo, una línea roja moral. Cuando una sociedad relativiza sus propios traumas en nombre de la conveniencia, corre el riesgo de reducir su horizonte. No porque cada decisión tenga consecuencias directas y mecánicas. Sabemos que la historia no funciona como un dominó. Sino porque el modo en que pensamos el poder influye en cómo lo ejercemos.

El lugar de Argentina

Hoy el nombre de Vahidi vuelve a sonar no por una audiencia judicial en Comodoro Py, sino por su rol en una estructura militar que opera en una región donde la palabra “aniquilación” no es metáfora literaria sino posibilidad estratégica. El botón nuclear es una abstracción, sí. Pero la capacidad de daño es real.

Y entonces la Argentina aparece en un lugar extraño; un país que fue escenario de un atentado internacional, que intentó una vía diplomática controvertida y heterodoxa para abordar esa causa, y que ahora observa cómo uno de los acusados ocupa una posición central en el poder iraní.

No es que la firma de un documento haya producido este escenario. Sería infantil pensarlo así. Pero sí es legítimo preguntarse qué revela sobre nosotros el modo en que gestionamos nuestra relación con el pasado.

Cada aniversario, según el calendario gregoriano o el hebreo (esta semana se cumplió un aniversario de la embajada de Israel según el calendario hebreo) vuelve a recordarnos que no todo es negociable. Que hay hechos que no se archivan con un comunicado. Que el tiempo no reemplaza a la justicia.

La política argentina suele moverse entre el escándalo inmediato y el olvido estratégico. Pero hay historias que no aceptan ese ritmo. La AMIA y la embajada no son capítulos cerrados; son recordatorios de que el mundo entra por la puerta cuando menos lo esperamos.

Tal vez la lección más incómoda no sea geopolítica sino existencial. Una lección difícil de poner en la escala correcta: las decisiones tomadas en clave doméstica pueden resonar en escenarios que nos exceden. No porque exista un hilo invisible que conecte una mesa en Buenos Aires con un comando en Teherán, sino porque vivimos en una red donde lo local y lo global ya no están separados.

La pregunta, entonces, no es si el pasado vuelve. Vuelve siempre cuando no esta debidamente cerrado. La pregunta es si estamos dispuestos a pensarlo con la densidad que merece. Porque cuando rendir honores y vivir a la altura de la dignidad que el buen ejercicio de la memoria se merece se vuelve un mero trámite de conveniencias, el futuro se vuelve imprevisible y comienza a volverse peligroso.

Nicolás Bottini, Analista político, escribe La rosca y la tuerca: una columna política que no corre detrás de la noticia, sino de su sombra.

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