29 de abril de 2026 16:26 hs

Marc Benioff, el fundador de Salesforce, publicó ayer que está contratando mil graduados nuevos para construir IA. Suena bien. Pero el mismo Benioff, en agosto del año pasado, reconoció que achicó su equipo de soporte al cliente de nueve mil personas a cinco mil. Los reemplazó con agentes de IA. En febrero de este año siguió recortando. Casi mil roles más en marketing, producto y análisis de datos. Y en una entrevista reciente dijo, textual, que no contrató un solo ingeniero nuevo en todo el año fiscal dos mil veintiséis. Porque los agentes de código le daban la capacidad extra que necesitaba. Echás cinco mil, contratás mil. La matemática es simple.

Después Benioff dijo algo en esa entrevista que me dejó pensando un rato. Dijo: "Para algunos CEOs, usar la IA como explicación es la salida fácil". Lo dijo él. El mismo tipo que redujo su equipo de soporte a la mitad y se lo atribuyó a la IA. Hay una sinceridad involuntaria ahí que vale la pena mirar de cerca. Porque eso es lo que está pasando. Y empezó con un posteo.

El veinticinco de febrero, Jack Dorsey publicó un mensaje en X explicando por qué echaba al cuarenta por ciento de Block. Más de cuatro mil personas. Block venía de reportar dos mil ochocientos setenta millones de dólares de ganancia bruta en el último trimestre, veinticuatro por ciento más que el año anterior. La empresa andaba bárbara. Dorsey dijo que las herramientas de IA cambiaron lo que significa construir una compañía. Que un equipo más chico puede hacer más. Y que la mayoría de las empresas iban a llegar a la misma conclusión dentro de un año. Él prefería llegar primero. La acción de Block subió veinticuatro por ciento en cuestión de horas. Cuatro mil personas se quedan sin trabajo y Wall Street festeja.

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Desde entonces la lista se alargó semana a semana. Meta echó a cientos de empleados en una sola semana y anunció que dos mil veintiséis es "el año de la IA transformando el trabajo". Atlassian recortó mil seiscientos puestos. Amazon eliminó dieciséis mil en enero. Pinterest recortó. CrowdStrike recortó. Solo en el primer mes de 2026 se eliminaron veinticinco mil puestos de trabajo en tecnología a nivel global. La IA fue citada como razón en casi cincuenta y cinco mil despidos durante dos mil veinticinco, según datos de Challenger, Gray & Christmas.

Analistas de LevelFields revisaron la reacción del mercado a cada uno de estos anuncios. Encontraron un patrón que ya debería poner nerviosos a los que laburan en oficinas. Cuando una empresa anuncia recortes y los vincula con IA, la acción tiende a subir. Cuando los vincula con problemas financieros, baja. Block fue el caso más extremo: cuarenta y cinco por ciento de recorte, acción para arriba. Lucid recortó un doce por ciento sin mencionar la IA y la acción se desplomó. El mensaje que recibe el mercado es transparente.

Deutsche Bank publicó una nota este año advirtiendo que el "AI redundancy washing" va a ser un fenómeno significativo de dos mil veintiséis. La traducción es directa: empresas usando la narrativa de la inteligencia artificial para disfrazar recortes que tienen otras causas. Decir "echamos gente porque la IA puede hacer su trabajo" se convirtió en una estrategia de comunicación financiera. Funciona. Los inversores la compran.

Ahora. ¿Es todo verso? No. Hay datos reales y pesados. Un estudio de Anthropic publicado en marzo, basado en datos de uso empresarial de su modelo Claude, encontró que la IA puede cubrir la mayoría de las tareas en negocios, finanzas, administración, derecho e informática. El estudio se llama "Labor market impacts of AI" y muestra una brecha entre lo que la IA podría hacer y lo que efectivamente está haciendo. Esa brecha todavía es grande. Pero se achica rápido. Los propios investigadores de Anthropic nombraron un escenario posible: una "Gran Recesión para los trabajadores de cuello blanco". Lo compararon con la crisis de dos mil ocho, cuando el desempleo en Estados Unidos se duplicó del cinco al diez por ciento. Dijeron que todavía no pasó. Y dijeron que perfectamente podría pasar.

Dario Amodei, CEO de Anthropic, le dijo a Axios que la IA puede eliminar la mitad de los empleos de cuello blanco de nivel inicial en cinco años. Mustafa Suleyman, jefe de IA de Microsoft, dijo que la mayoría del trabajo profesional se va a poder automatizar en doce a dieciocho meses. SignalFire reportó que la contratación de recién graduados en Big Tech cayó casi un cincuenta por ciento respecto a niveles pre-pandemia. Y una encuesta global de Mercer con doce mil personas encontró que el cuarenta por ciento tiene miedo de perder su trabajo por la IA. En dos mil veinticuatro ese número era veintiocho. Doce puntos más en un año.

La IA efectivamente puede hacer una parte cada vez más grande de lo que hacen muchos profesionales. Eso es un hecho documentado con datos de uso real. Al mismo tiempo, hay empresas usando esa realidad como pantalla para recortes que responden a sobrecontratación pandémica, a decisiones estratégicas fallidas, a la presión de Wall Street por más margen. Las dos cosas conviven. Y eso es lo que hace que la situación sea tan difícil de leer.

Block tenía tres mil ochocientas personas a fines de dos mil diecinueve. Durante la pandemia llegó a más de diez mil. Ahora volvió a menos de seis mil. Goldman Sachs señaló que básicamente está volviendo a niveles de dos mil veinte. ¿Eso es revolución de la IA o corrección de una borrachera de contratación? Probablemente las dos cosas. Pero Dorsey solo cuenta una versión.

Para los que leemos esto desde acá, la distancia con Silicon Valley puede parecer cómoda. Pero ojo. Mercado Libre eliminó cientos de puestos de atención al cliente el año pasado, y el argumento fue parecido: los bots resuelven más consultas, más rápido, más barato. Globant hace meses repite que la IA les permite hacer más con menos gente. En Uruguay, dLocal y varias fintech vienen ajustando equipos sin hacer mucho ruido. Lo que pasa en San Francisco tarda seis meses en llegar al Río de la Plata. A veces menos. El CEO que hoy lee que Dorsey echó al cuarenta por ciento y la acción subió veinticuatro, mañana se sienta a hacer la misma cuenta con su propia empresa en Montevideo o en Buenos Aires. La lógica viaja.

Mientras tanto, en los escritorios de esas empresas, algo distinto se cocina a fuego lento. El veintinueve por ciento de los empleados de oficina admite estar saboteando activamente la implementación de IA en su empresa. Entre los Gen Z, el número sube al cuarenta y cuatro por ciento. No con protestas ni con cartas. Con silencio. Con lentitud deliberada. Con las herramientas ahí, instaladas, abiertas, y sin usar. Un estudio de Microsoft y Carnegie Mellon confirmó que el ochenta por ciento de los trabajadores de cuello blanco resiste de alguna forma la adopción obligatoria de IA. Y por si faltaba algo, investigadores de Peking University descubrieron que si usás IA en la oficina, tus compañeros te perciben como menos competente. Le pusieron nombre: "penalidad de competencia".

Fijate la película completa. El CEO sale en la tele diciendo que la IA va a transformar la empresa. La acción sube. Adentro, la mitad del equipo ni la está usando. Y los que sí la usan quedan marcados por sus propios compañeros. La brecha entre el relato bursátil y lo que pasa en la oficina real nunca fue tan ancha.

Benioff tenía razón en algo. Para muchos CEOs, la IA es la salida fácil. Una palabra que convierte un despido en visión estratégica. Un recorte en transformación digital. Un ajuste en liderazgo. Solo hay que decir "inteligencia artificial" en el comunicado de prensa y el mercado aplaude.

Y mientras tanto, cuatro mil personas buscan trabajo. Cinco mil. Dieciséis mil. Veinticinco mil. Y la acción sube.

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