9 de junio de 2026 16:25 hs

Edgar Morin escribió una vez que el problema del conocimiento moderno era que sabíamos cada vez más sobre cada vez menos. Que la especialización nos volvía expertos en fragmentos y ciegos frente al conjunto. Que una cabeza llena de datos sueltos es una cabeza vacía de sentido. Él proponía otra cosa. Una cabeza bien puesta. Una que sepa conectar, contextualizar, dudar. Murió el viernes 29 de mayo en París. Tenía 104 años. Y esa distinción que hizo hace décadas entre la cabeza llena y la cabeza bien puesta me parece hoy la más urgente que leí en mucho tiempo.

Doy clases sobre tecnologías emergentes en un MBA. Cada semestre mis alumnos llegan con más herramientas y menos marco para usarlas. Saben promptear un modelo de lenguaje. Saben pedirle a la IA que les resuma un paper, les arme un plan de negocios, les escriba un mail. Tienen la cabeza llena. Pero cuando les pregunto cómo conecta lo que están viendo con lo que pasa en la economía, con la política, con la ética, con sus propias vidas, el silencio muchas veces es largo. Morin lo anticipaba sin saberlo.

Nació en París en 1921. Edgar Nahoum, hijo de una familia judía sefardí que había llegado desde Salónica. Perdió a su madre a los 10 años. Peleó en la Resistencia francesa contra la ocupación nazi. Militó en el Partido Comunista y después rompió con el estalinismo. No hizo doctorado. Trabajó toda la vida desde los bordes de las disciplinas, conectando sociología con biología, física con filosofía, política con ecología. Publicó más de 60 libros. Su obra principal, El Método, le llevó casi 30 años y tiene 6 tomos. Nunca la leí entera. Confieso eso porque creo que importa. Lo leí fragmentado, como se leen hoy las cosas, y aun así me cambió la forma de pensar.

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Lo que Morin llamó "pensamiento complejo" suena académico pero es bastante simple cuando lo bajás a la realidad. Es la idea de que los fenómenos no se entienden solos. Que si querés entender la inteligencia artificial, no alcanza con saber de computación. Tenés que saber de economía, de sociología, de psicología, de historia, de poder. Que si querés entender por qué un pibe de 15 años no puede soltar el celular, la neurociencia sola te queda corta. Necesitás el contexto familiar, el contexto social, el diseño de la plataforma, el modelo de negocios de la empresa, la ausencia de regulación. Todo junto. Todo al mismo tiempo. Eso es pensar complejo. Y eso es exactamente lo que la época nos pide y lo que cada vez hacemos menos.

En 1999, la UNESCO le encargó un documento que se convirtió en uno de los textos pedagógicos más leídos en América Latina. "Los siete saberes necesarios para la educación del futuro". Ahí Morin proponía enseñar a reconocer el error y la ilusión, a comprender los problemas dentro de su contexto, a enfrentar la incertidumbre, a desarrollar una ética vinculada al destino común de la humanidad. Nada de eso se resuelve con más datos. Todo eso requiere una cabeza bien puesta.

Leí ese texto en la facultad hace años y me pareció razonable pero lejano. Hoy, dando clases en un momento donde cualquier alumno puede generar un ensayo perfecto en 3 minutos con ChatGPT, el planteo de Morin me parece el más concreto del aula. ¿Qué significa aprender cuando la máquina puede aprobar por vos? Significa exactamente lo que Morin decía. Aprender a conectar. A dudar. A hacerte la pregunta que la IA no te va a hacer porque nadie se la pidió. A poner un dato en contexto. A bancarte no saber algo y seguir pensando en vez de pedirle al chatbot que te saque de la incomodidad.

Morin también dejó una palabra que hoy está en todos los reportes geopolíticos del mundo. Policrisis. La idea de que las crisis contemporáneas no son independientes. La económica alimenta la climática, la climática alimenta la migratoria, la migratoria alimenta la política, la política alimenta la tecnológica. Todo conectado. Todo enredado. Esa palabra la usó Adam Tooze, la usó el Foro Económico Mundial, la usan las Naciones Unidas. Pocos recuerdan que viene de un tipo francés que no tenía doctorado y que pensó siempre desde los bordes.

Su relación con América Latina fue larga y profunda. Dio clases en Chile en los años 60. Sus ideas sobre educación transformaron programas universitarios en toda la región. "Los siete saberes" se convirtió en referencia obligatoria en carreras de pedagogía de México a la Argentina. Recibió más de 30 doctorados honoris causa. En Uruguay, El Pueblo Digital publicó esta semana un homenaje extenso. La Diaria le dedicó un texto en Le Monde Diplomatique. Su influencia acá, en el Río de la Plata, fue silenciosa pero honda. Cualquiera que haya pasado por una carrera de ciencias sociales en la región lo cruzó en algún programa.

Morin tenía 104 años. Siguió escribiendo, opinando y dando entrevistas hasta el final. Macron lo homenajeó como "humanismo hecho persona". Pero lo que más me interesa de su biografía es algo que rara vez se menciona en los homenajes. Morin se equivocó mucho. Militó en el comunismo y después rompió con el comunismo. Apoyó causas que fracasaron. Cambió de opinión en público, cosa que hoy se castiga con ferocidad. Vivió 104 años haciendo algo que la época del algoritmo no tolera. Dudar, revisar, corregirse.

Y eso me lleva al punto que más me importa. Vivimos en un momento donde todo empuja hacia la respuesta rápida. El algoritmo premia la certeza. La IA te da la respuesta antes de que termines de formular la pregunta. Las redes premian al que opina primero, al que tiene la frase más tajante, al que nunca duda. Morin representó lo opuesto. Una vida entera dedicada a sostener la pregunta abierta. A decir "esto es más complicado de lo que parece" en una época donde esa frase te saca seguidores.

Su muerte cae en una semana donde León XIV acaba de publicar una encíclica de 42.000 palabras sobre inteligencia artificial, donde los laboratorios de IA siguen compitiendo por ver quién llega primero sin ponerse de acuerdo sobre adonde llegan, y donde un estudio de Berkeley mostró que 2 de cada 3 estudiantes universitarios usan IA generativa y la mayoría de las universidades no sabe qué hacer con eso. Morin habría dicho algo parecido a lo que dijo siempre. El problema es que pensamos en piezas sueltas. Y las piezas sueltas no arman nada.

Una cabeza llena de datos es fácil de construir. ChatGPT te la arma en segundos. Una cabeza bien puesta lleva años, maestros, errores, lecturas, conversaciones, silencios. Lleva, sobre todo, la disposición a no cerrar la pregunta antes de tiempo. Morin vivió 104 años y nunca cerró ninguna.

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