5 de febrero 2026 - 8:54hs

En Argentina los muertos cobran y los números se resisten a morir. No es una metáfora, es un conflicto político. Con el combo completo: noticia de tapa, discusión de micrófonos y disputa de poder. Esta semana se supo que personas fallecidas seguían figurando como beneficiarias de planes sociales y cobrando subsidios.

El dato pasó rápido de lo técnico a lo político cuando aparecieron acusaciones de estafa y nombres propios en la escena pública. La discusión se volvió áspera, inmediata, moral. Pero incluso ahí, en el barro de la coyuntura, hay algo que excede al expediente.

Hay algo especialmente inquietante en hacer cobrar a los muertos. No por el dinero, sino por el gesto. Usar una ausencia como recurso. Convertir a alguien que ya no está en herramienta de una causa que sigue viva. Una muerte debería ser un punto final. En cambio, aparece como continuidad, como pendiente, como algo que todavía rinde. El problema no es solo si hubo fraude, sino qué tipo de sistema permite que las ausencias cuenten como presencia.

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En Argentina lo que debería terminar suele quedar suspendido. No se cierra. No se da de baja. Se deja estar. Lo transitorio se vuelve permanente y lo excepcional se transforma en regla. Planes pensados para una emergencia que ya no existe, o que mutó varias veces de forma, pero nunca de fondo, siguen funcionando como si nada. Y cuando alguien los usa mal, no inventa el mecanismo. Aprovecha una lógica previa. Una estructura diseñada para durar más de lo que debía.

La discusión por el INDEC y los números que no miden

Esta misma semana apareció otro conflicto, menos escandaloso en las formas, pero igual de profundo en el fondo. La discusión alrededor del INDEC, los sistemas para medir la inflación y la renuncia de su titular volvió a poner sobre la mesa una pregunta incómoda. Cómo medimos la realidad. Con qué instrumentos. Y, sobre todo, cuándo aceptamos que esos instrumentos dejaron de servir.

El debate técnico escondía una tensión política evidente. Dos maneras posibles de medir la inflación. Dos lecturas distintas de cuánto cuesta vivir. Una metodología más actualizada, lista para aplicarse, fue postergada en nombre de la oportunidad política. El argumento fue prudente. El efecto fue claro. Mantener un número conocido, más manejable, más estable para el relato.

No se trata de decir que las estadísticas mienten. A veces simplemente ya no alcanzan a medir el cambio y la dinámica cambiante de una sociedad. Como cualquier cosa llevada al extremo. Imaginemos una silla, por ejemplo. Bien, ahora agrandémosla hasta que tenga veinte metros de alto. ¿Qué tal 40 metros? Ya nos vamos haciendo a la idea: la cosa conserva el nombre, pero pierde la función. Ya no sirve para sentarse. Algo parecido ocurre cuando insistimos en medir una realidad que cambió de escala con herramientas pensadas para otro tiempo.

También acá hay fantasmas. No personas fallecidas, sino números que ya no explican y siguen ocupando el centro de la escena. Índices que ordenan discursos, salarios y expectativas aun cuando dejaron de reflejar la experiencia cotidiana. Se los sostiene no solo porque organizan, sino porque tranquilizan. Porque evitan una discusión mayor.

Y acá aparece la parte más incómoda de todo esto. Los fantasmas no solo nos complican. Nos ordenan. Un muerto que sigue figurando en un sistema evita una decisión. Un índice que no se actualiza evita un conflicto. Un plan que no se cierra evita una redefinición más costosa. Los fantasmas permiten seguir sin cambiar demasiado. Mantienen una ilusión de continuidad en un país que le tiene miedo a los cortes.

Cerrar algo obliga a reordenar todo lo demás. Dar de baja no es un gesto técnico. Es político y simbólico. Implica aceptar que algo terminó y que lo que viene va a ser distinto. Y lo distinto siempre incomoda. No tiene manual. No tiene indicador claro. No se puede heredar.

Por eso convivimos con restos. Con políticas zombis. Con diagnósticos agotados. Con discusiones que vuelven cada diez años como si fueran nuevas. Administramos lo que quedó en lugar de animarnos a redefinir. Es más seguro. Más conocido. Menos riesgoso.

Tal vez el verdadero desafío argentino no sea solo castigar a los culpables de turno o elegir el índice correcto. Tal vez sea algo más difícil. Aprender a terminar. A aceptar que hay cosas que cumplieron su ciclo. Personas que ya no están. Planes que ya no sirven. Medidas que ya no miden.

No hay épica en dar de baja. No hay relato heroico en cerrar una etapa. Pero quizás ahí, en ese gesto poco vistoso, esté una de las transformaciones más profundas que este país todavía se debe. Aprender a decir hasta acá. Y recién después, ver qué hacemos con lo que sigue.

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Planes sociales muertos Indices de medición Argentina INDEC

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