Hay una escena que se repite en todas las cortes. No importa si hablamos del Vaticano renacentista, de Versalles o de la Unión Soviética. Cuando el líder concentra demasiado poder, los que están abajo empiezan a pelearse entre ellos. No para reemplazarlo. Para acercarse. Para interpretar mejor su deseo. Para convertirse en el favorito. Maquiavelo entendió eso de las cortes: cuando el poder se concentra arriba, la política abajo suele convertirse en una competencia por la cercanía.
Durante años, en Argentina, las internas eran algo que se administraba en privado. Había operaciones, carpetazos, llamados furiosos, periodistas amigos. Pero había también un código del secreto. Las peleas se ocultaban porque el poder necesitaba parecer ordenado. Nadie mostraba el detrás de escena porque el detrás de escena podía erosionar la autoridad.
Eso parece haber cambiado. El fin de semana pasado, la disputa entre Martín Menem y el entorno de Santiago Caputo se expuso a cielo abierto. Acusaciones por cuentas apócrifas, operaciones digitales, mensajes cruzados y una guerra de insinuaciones dejaron algo más interesante que el contenido mismo del conflicto. Dejaron expuesta la lógica emocional del poder libertario. Una lógica donde Twitter ya no es una herramienta de comunicación política, sino el territorio mismo donde se pelea la autoridad.
Y eso modifica todo. Porque las redes sociales cambiaron la naturaleza de las internas. Antes, las facciones competían por lugares en el organigrama. Hoy compiten por centímetros de atención.
Hay algo profundamente contemporáneo en eso. Michel Foucault describió las sociedades disciplinarias como sistemas organizados alrededor de instituciones que moldeaban conductas. La escuela, la fábrica, el cuartel, la prisión. El poder funcionaba mediante vigilancia, jerarquías y silencios. Décadas después, Byung-Chul Han, sobre todo en libros como La sociedad de la transparencia y Psicopolítica, planteó que el control contemporáneo ya no pasa solamente por disciplinar cuerpos, sino también por incentivar la exposición permanente. Ya no hace falta ordenar el silencio. Alcanza con producir ruido constante. En ese ecosistema, la pelea pública deja de ser un problema y se convierte en un activo. El conflicto genera tráfico. El tráfico genera centralidad. Y la centralidad, hoy, es una forma de poder.
Pero hay un límite delicado. Una cosa es que los cortesanos se devoren y disputen entre ellos bajo la sombra de un rey fuerte. Otra muy distinta es cuando la pelea empieza a proyectar la sensación de que nadie está administrando realmente el orden. Ahí la disputa deja de fortalecer al centro y empieza a desgastarlo.
El dato llamativo es que incluso sectores del oficialismo que hasta ahora cultivaban una lógica más hermética y orgánica empezaron a intervenir de manera más explícita en la pelea pública. Eso es lo interesante del momento actual.
La economía muestra algunos signos de alivio. Desaceleración inflacionaria, cierta calma cambiaria, recuperación parcial de expectativas. Luis Caputo insiste en transmitir la idea de que "esta vez funciona". Y, de hecho, una parte de la sociedad parece dispuesta a conceder tiempo. Pero mientras la macroeconomía intenta construir estabilidad, la política exhibe otra cosa: ansiedad.
El nuevo patio palaciego
Ahí emerge la interna. No es casual que muchas de estas disputas ocurran alrededor de las redes sociales. Twitter, o X aunque nadie le diga así, se convirtió en algo más que una plataforma. Es el nuevo patio palaciego. Ahí se construyen lealtades, se ejecutan castigos, se exageran fidelidades y se teatralizan enemistades. La política argentina descubrió que las redes permiten una combinación irresistible: conspiración y espectáculo al mismo tiempo.
Y este nuevo espectáculo tiene reglas propias. En televisión, durante décadas, existía una noción básica de autoridad narrativa. Había conductores, editores, productores. Alguien ordenaba la escena. Las redes rompieron esa verticalidad. Hoy cualquiera puede intervenir, instalar, operar o incendiar una discusión desde una cuenta anónima con estética de meme. El problema es que los gobiernos también quedaron atrapados en esa lógica horizontal. Ya no controlan del todo la conversación que ellos mismos producen.
Por eso la discusión sobre las cuentas apócrifas es más importante de lo que parece. No desnudan nada nuevo. La política siempre operó. Pero sí revelan una mutación cultural. El poder ya no tiene miedo de mostrar sus mecanismos. Al contrario. Los exhibe y con orgullo. Como si la transparencia brutal hubiese reemplazado al viejo pudor político.
Hay una nueva generación que creció consumiendo "detrás de escena". Stories, vivos, backstage, chats filtrados, audios publicados. Tal vez por eso las nuevas formas de liderazgo ya no buscan parecer impecables. Buscan parecer auténticas. Aunque esa autenticidad incluya peleas, desorden o agresividad pública.
La pregunta es cuánto tiempo puede convivir esa lógica con la necesidad de gobernar.
Porque un gobierno puede funcionar con tensión interna. Incluso puede fortalecerse. La historia está llena de líderes rodeados de facciones enfrentadas que competían por cercanía al poder central. Pero para que eso funcione, tiene que existir una percepción nítida de autoridad. Que ordene desde arriba. Cuando esa claridad se vuelve difusa, las peleas dejan de parecer estrategia y empiezan a parecer vacío.
Tal vez esa sea la discusión de fondo que apareció estos días entre tweets, cuentas falsas y acusaciones cruzadas. No quién ganó la pelea. Ni quién filtró qué. Sino algo más frágil y más humano. Cómo se sostiene la autoridad en una época donde todo es comentario en tiempo real.
Las redes invocan una ilusión extraña. Todos hablan como si fueran el poder. Todos administran pequeñas cuotas de influencia. Todos sienten que pueden intervenir, disciplinar, exponer o cancelar. La autoridad ya no baja solamente desde arriba. Se dispersa, se comenta, se discute y se perfomea en público.
Ahí parece estar la verdadera tensión de esta época. Gobernar ya no implica solamente ordenar la economía o administrar el Estado. También implica sobrevivir a una arena transparente y a cielo abierto donde cada actor quiere ser, aunque sea por un instante, el centro de gravedad de la conversación.