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El presidente Javier Milei habló sobre economía en una entrevista con el colega Antonio Laje y, como era previsible, no hubo grandes novedades en su discurso. Milei es consecuente con las herramientas de las que dispone y las que viene utilizando desde el inicio de su gestión. Sin embargo, más allá de las palabras, los números comienzan a converger positivamente en su plan económico, a pesar de que seguimos en una recesión evidente.

El dólar oficial ya está en $1.000 y la brecha con los dólares financieros se ha reducido a menos del 20%, lo que para el gobierno es un paso en la dirección correcta. Además, la inflación de las primeras dos semanas de octubre podría ubicarse entre el 31% y el 34%, según estimaciones de los analistas. Los mercados financieros, mientras tanto, continúan debatiendo si este veranito financiero es sostenible o no. En cualquier caso, hoy los números son favorables para Milei y su equipo.

Pero mientras la macroeconomía parece estabilizarse, la pobreza en Argentina sigue siendo alarmante. El país arranca este proceso de reordenamiento económico con un 50% de la población en situación de pobreza, lo que complica enormemente las decisiones que deben tomarse. Las medidas que el gobierno necesita implementar inevitablemente empeoran las condiciones sociales en el corto plazo, haciendo que el tiempo de respuesta del gobierno para mostrar mejoras económicas sea muy limitado.

La gente ya no tiene la paciencia ni las herramientas para esperar soluciones a largo plazo. La sociedad entendió mucho mejor que la clase dirigente el desafío que enfrenta. Lo que antes parecía solo una discusión entre economistas hoy se refleja en las expectativas inmediatas del ciudadano común, ansioso por ver resultados en su bolsillo. Mientras tanto, el sistema político argentino está destrozado, como bien lo demuestra la crisis interna del peronismo, donde las diferentes facciones se sacan los ojos por el control de una estructura que ya no representa a nadie con claridad.

En este contexto, el fracaso del peronismo como fuerza gobernante en las últimas décadas ha dejado a la sociedad harta de promesas incumplidas y con una adicción al populismo que resulta difícil de superar. Todavía hay un núcleo que no puede soportar la abstinencia del Estado paternalista y los subsidios. No tienen las herramientas para vivir en libertad económica porque nunca se las dieron, y ese es uno de los mayores problemas de fondo que Milei debe enfrentar si quiere generar un verdadero cambio.

Por otro lado, la política se mueve al ritmo de los resultados económicos. El éxito del gobierno de Milei dependerá en gran medida de los números que pueda mostrar en los próximos meses. Si logra estabilizar la economía y encaminar un crecimiento moderado, será su carta más fuerte de cara a las elecciones de medio término. Esto es lo que mantiene en vilo tanto al oficialismo como a sus adversarios, en especial al peronismo, para quienes cualquier estabilización económica que permita a Milei llegar con buen pie a las elecciones puede ser letal.

Pero no hay que subestimar a Unión por la Patria. Si la Libertad Avanza no logra construir un frente fuerte, especialmente en la provincia de Buenos Aires, es posible que el peronismo vuelva a ganar espacio en el territorio más importante del país. Incluso con Cristina Kirchner como candidata en 2025, podríamos enfrentarnos a una situación en la que el gobierno de Milei a nivel nacional conviva con Cristina triunfante en la provincia. Este escenario, aunque parece improbable, no está descartado si las fuerzas opositoras no logran articularse.

En definitiva, la única carta real de fortaleza política que tiene Milei es el éxito económico. Si la economía muestra signos claros de recuperación, su gobierno tendrá el poder de negociación necesario para mantener la estabilidad política. Si no es así, los escarceos en las estrategias políticas se intensificarán, porque lo único que mantendrá a flote a este nuevo gobierno será la economía. En este sentido, las alianzas territoriales serán clave. La Libertad Avanza necesitará reforzar su estructura política, especialmente en las provincias, si quiere competir seriamente contra fuerzas tradicionales como el PRO, que tiene una ventaja territorial clara.

El desafío es grande y el tiempo es corto. Como en toda negociación política, el gobierno necesita construir su propio espacio de poder para que, cuando lleguen los momentos críticos, pueda tener suficiente peso territorial y político para negociar desde una posición fuerte. La convergencia con el PRO es inevitable, pero dependerá de la habilidad de ambos bandos para sentarse en la misma mesa y negociar en términos de igualdad.

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