6 de junio 2026 - 12:09hs

Para juzgar un edificio hay que entrar en él. El presidente Javier Milei publicó en el Financial Times un artículo sobre inteligencia artificial que muchos mencionaron y casi nadie leyó. Antes de ponerlo a prueba, conviene reconstruir con fidelidad, para ver lo mismo que quien lo escribió.

Milei empieza en el 20 de marzo de 1602, cuando nació la Compañía Holandesa de las Indias Orientales y con ella la sociedad de responsabilidad limitada. Su tesis es que el capitalismo solo se desplegó con fuerza cuando la ley puso un techo al riesgo. La revolución industrial, sostiene, no la completó la máquina sino el derecho societario holandés. A la máquina y a la figura jurídica las llama la doble hélice de la prosperidad moderna. Desde entonces el producto mundial se multiplicó por más de 200 y el ingreso por persona por 15. Ubica a la sociedad de responsabilidad limitada entre los diez inventos más importantes de la historia.

Conviene explicar de qué habla, porque el público escuchó mil veces la palabra y rara vez su contenido. Imaginemos a un hombre que en 1602 pone dinero en un barco rumbo a las Indias. Si el barco se hunde y deja deudas mayores que su valor, ese hombre pierde lo que puso y nada más. Ese techo sobre la pérdida es toda la invención, porque sin esa protección nadie se anima a invertir. Con ese máximo el mundo se llenó de barcos, y Milei tiene razón cuando dice que esa idea cambió la historia.

Después reconoce que la figura tuvo enemigos. Cita a críticos de 1824 advirtiendo que el hombre rico ofrecía una porción de su fortuna, jugaba con ella y se retiraba a salvo si la cosa fallaba, dejando que pagaran otros. Milei trae esa cita para mostrar que los miedos de hoy se parecen a los de entonces y la historia les dio la espalda.

Luego presenta un caso reciente. En 2023 un tribunal de California, en la causa Sarcuni contra bZx DAO, trató a una organización gobernada por código como una sociedad de hecho y dejó a sus miembros sin el escudo de la responsabilidad limitada. Milei llama a eso la arquitectura legal equivocada para la era que viene.

Y entonces formula su propuesta, con su una norma con tres pilares en proceso legislativo. El primero es mantener la inteligencia artificial sin regulaciones, libre de la mano prematura del Estado. El segundo, crear una figura nueva, la corporación no humana, una empresa operada por agentes de inteligencia artificial o robots, con responsabilidad limitada. Aquí escribe la frase decisiva, casi al pasar, porque los accionistas humanos pueden participar pero no son obligatorios. El tercer pilar, un entorno fiscal competitivo, con impuesto bajo y derecho de gobernanza a elección del inversor, con la sola condición de declarar al beneficiario final para no volverse refugio de capital ilícito.

Y cierra con una invitación. Argentina cambió, dice, ahora la inflación cede, hay superávit fiscal, llegan inversiones a la energía y la minería. Buenos Aires podría ser para la inteligencia artificial lo que Ámsterdam fue para la era de la vela. La columna lleva la contribución de Federico Sturzenegger, ministro de Desregulación.

Hasta aquí el artículo de Milei, contado sin trampa; ahora la prueba

Antes una confesión, porque sirve para entender desde dónde escribo: desconfío del Estado que regula. Pretender una norma para la inteligencia artificial se parece a reglamentar un eclipse. De modo que estas líneas no defienden la regulación, solo leen la letra pequeña de una idea importante.

Primera cosa, la analogía de 1602 es bella y casi verdadera. La responsabilidad limitada protegía a un humano que arriesgaba su propio dinero y el techo cubría una pérdida humana real. Y aquí aparece esa frase escondida, ya que los accionistas humanos no son obligatorios. Quitemos al dueño humano y el techo deja de cubrir nada, porque ya no hay exposición personal que limitar. Una empresa sin nadie detrás no es la idea de 1602 estirada hasta hoy. Es otro objeto vestido con su ropa.

Segunda cosa, el primer pilar. Milei dice mantener la inteligencia artificial sin regular, pero en el renglón siguiente crea una categoría societaria nueva, un régimen fiscal propio, reglas de divulgación y un derecho de gobernanza elegible. Eso no es ausencia de reglas, sino un conjunto normativo hecho con cuidado. Lo digo como quien desconfía de la mano que regula, y por eso quiero que se la nombre. El liberal honesto no llama vacío natural a una institución que él mismo construye. La corporación no humana es una construcción, acaso hermosa, pero creada. Llamarla no-regulación es lo único que esa figura no es.

Tercera cosa, y la más callada. Todo sistema legal responde dos preguntas a la vez. Cómo logramos que alguien tome el riesgo, y quién absorbe la pérdida cuando algo sale mal. No son preguntas distintas sino el mismo acto visto desde dos lados, porque repartir el riesgo es el incentivo. Milei respondió la primera con elocuencia, pero para la segunda parte hay silencio. Y eso también es un pronunciamiento. Si ningún humano está obligado a ser dueño de la entidad, cuando la empresa autónoma cause una pérdida esta cae sobre quien la entidad toque, y detrás no queda nadie a quien reclamar.

El propio caso que Milei cita lo demuestra. En aquella causa de California una organización gobernada por código sufrió un ataque y sus usuarios perdieron 55 millones de dólares. La justicia salió a buscar humanos responsables y los halló entre los tenedores de las fichas que el sistema emitía. Milei lee ese fallo como un error, pero este es en realidad un anticipo porque mostró qué ocurre cuando una entidad autónoma destruye valor y la ley busca un responsable. Su diseño garantiza que esa búsqueda regrese con las manos vacías.

La cuarta cuestión son los críticos de 1824 que Milei cita con elegancia. El mundo adoptó la responsabilidad limitada pese a ellos, pero no la adoptó desnuda sino que la rodeó de tribunales, de responsabilidad civil, de seguros y de obligaciones de informar. El miedo de 1824 no fue refutado, sin embargo, quedó contenido a un precio. Milei quiere el escudo y olvida decir que esa contención era parte del trato.

Por último, están los impuestos bajos, el derecho societario a elección, los dueños humanos opcionales y el capital invitado desde todo el mundo. Esa receta atrae cierta clase de capital, y queda la pregunta sobre cuánto arbitraje legal tolera un país a cambio de actividad económica. Milei omite ese cálculo.

Vuelvo al principio, el diagnóstico de Milei es correcto. La ley alcanza a la máquina, no la sigue, y Buenos Aires podría ser la Ámsterdam de este siglo. Pero la capital holandesa no se volvió un centro económico ocultando el riesgo, sino inventando los instrumentos para nombrarlo, repartirlo y asegurarlo. Los mercaderes del siglo XVII no fingieron que el mar fuera manso, le pusieron precio al peligro y levantaron una ciudad sobre la honestidad de ese precio. La corporación no humana, por ahora, omite el suyo y una ciudad no se levanta sobre lo que uno prefiere callar.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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