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Durante años pensamos que el problema argentino era económico. Después dijimos que era político. Más tarde descubrimos que también era institucional, educativo o cultural. Tal vez una parte de nuestros desafíos y problemas tenga que ver con algo menos evidente. Algo que esta intrínsicamente relacionado con la manera en que nos relacionamos con el futuro.

Antes de que existieran las aplicaciones financieras, los argentinos siempre buscamos la evidencia que nos anticipe el éxito largamente esperado. El precio de la carne. Los carteles de venta en las inmobiliarias. La cantidad de gente en la peatonal. El movimiento de los camiones en las rutas. Hoy esa ansiedad cabe en un bolsillo. Actualizamos el dólar, el riesgo país, las reservas del Banco Central o la inflación mensual. Miramos gráficos que suben y bajan como si fueran el electrocardiograma de un paciente querido. Pero en el fondo no estamos mirando números. Estamos tratando de descifrar algo.

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La escena se repite todos los días. En una sobremesa familiar, en una oficina o en un taxi, alguien termina diciendo una frase parecida: "cuando esto se acomode". Nadie sabe exactamente qué significa "esto". Tampoco cuándo va a acomodarse. Sin embargo, todos entienden de qué se está hablando.

Hay algo que estamos esperando. Siempre estamos esperando algo que está al caer. Y quizás llevemos tanto tiempo esperando que dejamos de preguntarnos qué lugar ocupa esa espera en nuestras vidas. Tal vez porque la espera ya dejó de ser una transición e hicimos de esa espera un modo de vida.

Por eso “Esperando a Godot” resulta tan familiar cuando se piensa en la realidad argentina. En este clásico del teatro del absurdo, Samuel Beckett presenta a dos hombres que pasan los días esperando la llegada de alguien que nunca termina de aparecer. No saben exactamente quién es. Tampoco tienen demasiado claro qué va a pasar cuando llegue. Pero están convencidos de que, cuando Godot finalmente aparezca, algo importante se va a resolver.

El Godot argentino

Lo extraordinario de la obra es que este Godot no importa demasiado. Lo que importa es que lo Vladimir y Estragón lo esperan y lo atrapante es todo lo que pasa en esa espera. Hay algo inquietantemente argentino en esa propuesta. Porque nosotros también tenemos nuestros “Godots”. Sólo que les cambiamos el nombre cada algunos años: la tablita, la convertibilidad, el ingreso al Primer Mundo, las privatizaciones, la transversalidad, la soja, la lluvia de inversiones, el cambio, el segundo semestre, la motosierra o los dólares que finalmente van a entrar.

Las promesas cambian de nombre, pero la estructura emocional permanece igual. Siempre hay algo más adelante, algo que está por llegar y que finalmente va a resolver todo eso que hoy nos falta. Como en la obra, entramos en el absurdo planteado, donde el presente se transforma en una antesala de una realidad que no llega.

Lo curioso es que esta relación con el futuro quizás sea mucho más antigua que cualquiera de nuestros ciclos económicos. De algún modo, con un guiño borgiano, ya estaba escrita en nuestro Himno Nacional: "coronados de gloria vivamos".

La palabra importante no es "vivamos". Es "gloria". Porque la gloria es una palabra extraña para una nación moderna, ¿no? "Gloria", no promete bienestar. No promete tranquilidad. No promete una economía previsible ni instituciones sólidas. Promete algo mucho más difuso y mucho más poderoso: grandeza.

Apenas unos versos después aparece una línea todavía más inquietante: "O juremos con gloria morir." La gloria aparece dos veces, en el premio y en el sacrificio. En el éxito y en la derrota. ¿Habrá quedado una parte de nuestra cultura atrapada entre esos dos versos? Entre la promesa de una gloria futura y la disposición permanente al sacrificio para alcanzarla.

Argentina y la normalidad

Eso ayudaría a explicar por qué en Argentina nos cuesta tanto hablar de normalidad. Nuestros relatos colectivos rara vez prometen una vida razonable. Prometen despegues, refundaciones, revoluciones productivas, transformaciones históricas o milagros económicos. Incluso cuando discutimos cuestiones prácticas solemos hacerlo en términos épicos. No esperamos simplemente que las cosas mejoren. Esperamos que llegue algo que sea capaz de cambiarlo todo.

La gloria funciona como una explicación cultural muy poderosa. Justifica sacrificios, da sentido a las privaciones y convierte la paciencia en una virtud. Hace tolerable el presente porque promete una recompensa futura. El problema es que esa recompensa siempre parece estar un poco más adelante.

Y eso tiene consecuencias concretas. Postergamos decisiones personales, económicas y afectivas. Esperamos para invertir, para mudarnos, para emprender o simplemente para disfrutar. Esperamos a que las condiciones sean mejores. Esperamos a que el país se acomode. Esperamos a que pase la tormenta. Esperamos a que llegue el momento adecuado. Como si la vida real estuviera ocurriendo en otra parte. Como si el presente fuera apenas una sala de espera.

Tal vez por eso la pregunta más interesante no sea económica ni política. Es una pregunta existencial. ¿Qué le pasa a una sociedad cuando el futuro ocupa tanto espacio que se come el presente? ¿Cuándo ya no esperamos para vivir y vivimos esperando?

La eterna espera

No somos solamente un país que espera la gloria. Somos un país que aprendió a necesitarla. Porque la gloria explica el sacrificio, justifica la paciencia y vuelve tolerables las privaciones. Y porque quizás, en algún lugar de nuestro inconsciente colectivo, seguimos cumpliendo el juramento de vivir coronados de gloria o morir con ella.

Pero también porque sin la gloria tendríamos que enfrentar una pregunta aún más incómoda. ¿Qué hacemos si la verdadera vida nunca estuvo en la estación siguiente? ¿Qué hacemos si el desafío no es alcanzar la gloria sino aprender a vivir sin necesitarla?

Tal vez el problema no sea que Godot no llega.

Tal vez el problema sea que hemos hecho de su espera una forma de habitar el tiempo y de gestionar la esperanza.

Y quizás la pregunta más incómoda para una sociedad acostumbrada a perseguir la Gloria no sea cuándo va llegar. Quizás sea otra.

¿Qué queda de nosotros si un día dejamos de esperar y empezamos a vivir?

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Industria dólares crisis Godot argentino

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