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La entrevista aún no había terminado, pero sus respuestas ya eran titulares. Más de un recorte de video circulaba por X, una entrecomillado de su autoría tenía ubicación destacada en los principales portales del mundo. Al instante comenzaron los debates sobre el futuro del trabajo, la inteligencia artificial y la economía global. Sam Altman no había exhibido un nuevo producto de OpenAI ni firmado otro contrato millonario. Sam Altman había hablado. Eso bastó para agitar el tablero y que millones de personas discutieran sus palabras durante días. No hay registros de la cantidad de decisiones que se habrán tomado en consecuencia.

El sujeto de la escena puede variar. Elon Musk, Jensen Huang de Nvidia, Tim Cook (en septiembre deja su cargo en Apple), Arianna Huffington (Thrive Global), Richard Branson y la renombrada lista sigue. Todos representan un fenómeno que en algún momento fue excepción y hoy difumina los límites: la figura de un CEO que trasciende lo formal, a la empresa que dirige y que con su voz se convierte en un activo estratégico en sí mismo. Un CEO vocero. Un CEO influencer.

Durante décadas, la comunicación corporativa estuvo únicamente asociada a campañas publicitarias y las necesarias estrategias de prensa. Las organizaciones siguen cimentando marcas con múltiples recursos, pero la confianza se deposita cada vez más en las personas. En determinado nivel y frente a la creciente desinformación los usuarios quieren escuchar al creador. Los talentos esperan instrucciones de quién marca el rumbo y los inversores anhelan definiciones claras. En síntesis, la palabra se volvió parte inescindible de la gestión.

Ahora bien. Cuanto mayor es el valor de esa voz, mayor también es su fragilidad. Welcome to the risk.

El CEO vocero

La aparición del CEO vocero modificó las reglas del juego. Antes, la implementación se sustentaba en tiempos y formatos relativamente previsibles: una conferencia de prensa, una gacetilla, un lanzamiento programado. Hoy, un intercambio de pocos minutos, una story de pocos segundos o intempestivos caracteres lanzados en X mueven mercados, alteran percepciones de jugadores influyentes o encienden la mecha de una posible crisis reputacional. A diario la velocidad de circulación de la palabra supera la capacidad de las compañías para administrarla.

Así aparecen los ruidos que pueden desatar la confusión y el llamativo caso de firmas que destinan miles de dólares a la planificación de hasta el último detalle de sus procesos productivos pero carecen de método para ordenar uno de los puntos más sensibles del sistema. No porque falten líderes capaces de comunicar, sino porque la exposición pública aumentó mucho más rápido que la profesionalización de las vocerías.

No alcanza con un CEO carismático. La visibilidad como meta en sí misma equivale a una manta corta y, a la hora de competir, la coherencia es el mejor abrigo.

Las intermitencias

Steve Jobs nos mostraba una visión de futuro en cada presentación de producto. Satya Nadella revolucionó a un gigante como Microsoft. En ambos casos su rol protagónico puede considerarse objeto de estudio: la estrategia empresarial y la narrativa confluyeron y su manera de contarnos la historia operó como una herramienta de evolución.

Pero el fenómeno también funciona o deconstruye en sentido inverso. El desastre ambiental provocado por el derrame de cinco millones de barriles de petróleo en el Golfo de México hace más de quince años puede iniciar el recorrido. El desfile de declaraciones del entonces director ejecutivo de BP (British Petroleum), propietaria de la accidentada plataforma Deepwater Horizon, Tony Hayward, embarró aún más la cancha y, en un intento por desmarcarse, profundizó el daño que sobrevolaba en la conversación pública. La incapacidad del ejecutivo para transmitir empatía, seguridad, sólo agregó nafta al fuego.

Por estos días, Elon Musk sigue demostrando que un simple posteo puede robustecer una marca personal o inyectar niveles de incertidumbre estratosféricos. En el mismo camino controversial, aunque sin cohetes de por medio, los CEOs de las grandes tecnológicas que hasta hace pocas semanas auguraban cómo la expansión de la inteligencia artificial barrería millones de puestos de trabajo actualmente aclaran que, al impulsar la productividad, la IA también ayudará a crear empleo. Mark Zuckerberg, Andy Jassy (Amazon), ejemplifican ese vaivén discursivo. ¿Maniobra planificada o exceso de verborragia?

Lo fáctico es que, como cualquier activo, la palabra puede perder valor. Es el principal desafío de esta era de la inmediatez. Al mensaje grabado, a responder preguntas con soltura, se suma administrar un bien estratégico cuya volatilidad nunca había sido tan alta. El escrutinio permanente exige algo más que espontaneidad. Las organizaciones modernas necesitan altos mandos capaces de gestionar estructuras y proyectos, pero en la check list la vocería llegó para quedarse.

Nunca hubo tantos canales para impactar. Sin embargo, las empresas dependen cada vez más de una voz humana para explicar quiénes son y hacia dónde van. Al ritmo del CEO vocero, fortalecer o erosionar una imagen se mide por like. En “Las intermitencias de la muerte” del Nobel portugués José Saramago, el repentino cese de los fallecimientos en la población muta de la algarabía al caos social. Sin trazar paralelismos tremendistas, en 2026 las intermitencias no pueden tolerarse siquiera en una conexión de internet. Menos en la voz de una empresa.

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