1 de julio 2026 - 11:35hs

Por cuestiones ineludibles y obvias modificaremos el nombre del protagonista de esta historia. Llamaremos a este activo “silver” Mario, quien supera los 80 años y posee una novedosa habilidad tecnológica. Usuario pleno de redes sociales, mensajería instantánea y recursos financieros, Mario es activo, lúcido y locuaz.

Hace gala de una trayectoria profesional de décadas; dueño de una personalidad arrolladora, es reconocido por su entorno y su familia como un “bravo”.

Su perfil, junto con cierta arrogancia porteña, ha encontrado un espacio donde cobijarse en momentos de una inconfesada soledad. La digitalidad, motorizada por una innata curiosidad y autonomía, se combina con la temeraria costumbre de hablar de más, incluso a través de recursos tecnológicos, aun a costa de exponer su patrimonio, su seguridad y la de quienes lo rodean.

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Los estafadores intercambian mensajes y contenidos con su víctima durante largos períodos de tiempo, sembrando confianza. Inventan historias sobre un pariente enfermo, una herencia, una crisis financiera o alguna situación dramática inexistente. En el caso de nuestro querido Mario, a esta altura lleva por lo menos cuatro meses envuelto en una espiral de inversiones cripto que prometen retornos, intereses y rentabilidades extraordinarias. La supuesta cara visible tiene como protagonista a una joven asesora financiera, poseedora de un título universitario obtenido en una prestigiosa institución centenaria. Dueña de una exótica y llamativa belleza, se comunica de manera recurrente e intensa desde un teléfono cuyo prefijo corresponde al Viejo Continente, precisamente a uno de esos países donde la inversión financiera constituye una larga tradición.

El ardid incorpora a la identidad sintética como columna vertebral de la maniobra.

La inteligencia artificial aplicada

Una IA aplicada a fotografías y videos aporta todos los ingredientes posibles a esta ensalada. Se suma una aplicación descargada desde un enlace provisto por la joven universitaria, que remite a un servicio de hosting ubicado en un típico país habilitador de este tipo de engaños. También aparecen correos electrónicos que confirman las transferencias realizadas y hacen alusión a una aplicación real, aunque incluyen sutiles alteraciones imperceptibles para el pobre Mario. La arquitectura del fraude culmina con un formulario electrónico que exhibe, supuestamente, el capital invertido y los intereses acumulados, mostrado desde la aplicación falsa a modo de estado de cuenta.

Pero la alarma suena. Hijos, yernos, nueras, nietos; en definitiva, la familia es lo primero. Y allí, en uno de los audios compartidos por Mario, aparece la punta del iceberg que detona la emergencia. Una cálida y sensual voz le sugiere vender una de sus propiedades porque su familia, emulando a cuervos vigilantes, solo espera el momento para apropiarse de la herencia. La misma voz que, a estas alturas, ya le ha robado una cifra cercana a los doscientos mil dólares.

Esa voz que lo abordó por múltiples plataformas. De hecho, este tipo de estafa puede adoptar muchas formas, aunque más de un tercio de los incidentes indican que los engaños comenzaron con mensajes en Instagram y Facebook para luego continuar en plataformas como WhatsApp y Telegram.

Mario desconoce que los delincuentes utilizan el método denominado love bombing, una técnica que busca manipular emocionalmente a una persona mediante una avalancha de atenciones, halagos y obsequios desde el comienzo del vínculo. Y, desafortunadamente, se trata exactamente de eso. ¡Mario se enamoró! ¿Y qué puede ser peor que un necio o un ignorante? Sencillamente, un hombre enamorado.

Los estafadores románticos buscan robar el corazón y el dinero de sus víctimas. La adoración extrema al inicio de una relación, a menudo seguida por períodos de distanciamiento, constituye una táctica destinada a bajar las defensas. El delincuente obtuvo información suficiente para manejar a Mario y aprovechar su vulnerabilidad. Luego detendrá esa avalancha de atención para pasar a la siguiente etapa, conocida como devaluación. Desaparecerá sin previo aviso y, finalmente, al regresar o demostrar afecto nuevamente, ejercerá un control aún mayor sobre la víctima, cuyos niveles de ansiedad y temor se habrán incrementado.

En las estafas románticas, un delincuente utiliza una identidad falsa en línea para ganarse el afecto y la confianza de la víctima. Es una práctica reconocible bajo la técnica conocida como catfishing. El estafador se apropia de la identidad de otra persona en redes sociales o plataformas de citas, construyendo un perfil atractivo tanto desde el punto de vista físico como intelectual, cuidadosamente orientado a las preferencias que su potencial víctima ha expresado en el entorno digital. Sin embargo, en el ejemplificador caso de Mario, el asunto ha tomado un giro inusual.

Se trata del componente físico. Sí; el innovador despliegue digital e internacional ha recurrido al contacto presencial para facilitar el eventual intercambio de dinero contante y sonante. Esto explica la escalabilidad y peligrosidad a las que quedan expuestas tanto las víctimas como sus familiares. Se trata de un formato relativamente nuevo, aunque cada vez más frecuente. Bandas locales que se enmascaran en las difusas fronteras digitales u organizaciones internacionales que operan mediante sicarios locales.

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