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¿Querés tener razón o ser feliz?

Hablarles a los propios dejó de ser una estrategia electoral. Se convirtió en la forma más eficiente de captar atención. El problema es que los sistemas terminan produciendo exactamente aquello que recompensan.

En un asado, hace bastante tiempo, un amigo llevaba varios minutos despotricando contra un problema. Los argumentos eran buenos. Probablemente tenía razón. Hasta que otro, con esa impunidad que dan los años de amistad, lo frenó en seco. "¿Vos querés tener razón o querés ser feliz?".

Hubo un instante de silencio. Nadie respondió. Porque todos entendimos. La pregunta identificaba el problema. El problema era él. Quería tener razón, no soluciones.

Y ese mismo mecanismo, esa necesidad de confirmar más que de resolver, no aparece solo en la conversación privada. Se repite, amplificado, en la conversación pública, a otro nivel.

Esta semana circuló un tuit del periodista Gabriel Ziblat, director de El Observador Argentina, que resumía, con bastante humor, una escena conocida. En el primer acto, el periodismo habla de candidaturas. En el segundo, les pregunta a los dirigentes por las candidaturas. En el tercero, los dirigentes responden. En el cuarto, el propio periodismo se lamenta porque la política solo habla de candidaturas.

Lo interesante del chiste es que no busca culpables. Describe un circuito. Un circuito que es parte de un sistema. Los circuitos tienen una propiedad curiosa. Terminan produciendo aquello que necesitan para que el sistema siga funcionando.

Los políticos hablan de candidaturas porque saben que eso va a ser noticia. Los medios preguntan por candidaturas porque saben que generan audiencia. Las redes amplifican esa conversación porque despierta reacciones. Nosotros participamos porque también sentimos curiosidad por el próximo movimiento.

Después observamos el resultado con cierta decepción y concluimos que la política vive demasiado pendiente de las elecciones. Que se pierden en problemas futuros, en vez de solucionar los actuales.

Tal vez sea cierto. Pero también es cierto que hace años venimos premiando exactamente ese comportamiento. Hay una frase muy repetida en política: "hay que hablarles a los propios".

¿Estrategia de campaña o modelo de negocio?

Durante mucho tiempo pensé que era una estrategia electoral. Cada vez estoy menos convencido que no. Hablarles a los propios no es una estrategia de campaña. Es un modelo de negocio para la atención.

El que les habla a los propios no necesita convencer. Le alcanza con confirmar. No tiene que correr el riesgo de perder una discusión. Solo necesita decir, una vez más, aquello que su comunidad espera escuchar.

La política últimamente parece que funciona así. Las redes sociales también. Y, cada vez más, el periodismo, funciona igual.

Cuando el premio deja de ser convencer y pasa a ser confirmar, el lenguaje deja de tender puentes y empieza a funcionar como una contraseña: una señal que no busca abrir una conversación sino ser reconocida por los propios. Decir ciertas palabras o consignas alcanza para que el otro sepa de qué lado estás. Como cuando una frase o un guiño basta para que un grupo entero sepa de que se está hablando sin necesidad de explicaciones.

Milei habla de Lula para que los suyos asientan con la cabeza. Lula hace exactamente lo mismo. No ocurre solamente en política.

El juego de las redes

Cuando se estrenó La Odisea de Christopher Nolan, la conversación llevaba meses en marcha. Había quienes ya sabían que era una obra maestra. También quienes esperaban el estreno para demostrar que Nolan estaba sobrevalorado. La película importaba, claro. Pero la conversación parecía cumplir otra función.

No buscaba entender la obra. Buscaba confirmar una identidad. Nolan es woke. Nolan es un genio.

Las redes no inventaron ese mecanismo. Pero encontraron la manera de convertirlo en un sistema extraordinariamente eficiente. Aprenden qué nos gusta y nos devuelven una versión cada vez más precisa de nosotros mismos. Poco a poco, paso a paso, dejamos de encontrarnos con ideas distintas y empezamos a vivir rodeados de nuestras propias certezas.

Entonces me acordé de la pregunta del asado. "¿Vos querés tener razón o querés ser feliz?" Tal vez esa ya no sea la pregunta de nuestra época. Porque, en definitiva, tener razón todavía supone discutir.

Hoy, todos nosotros como sociedad parece que queremos otra cosa. Queremos pertenecer, ya ni siquiera tener razón.

Y pertenecer tiene una ventaja enorme. Nos evita la incomodidad de la duda. Nos garantiza el aplauso de los nuestros. Nos da la tranquilidad de hablar un idioma que todos alrededor entienden.

Quizás por eso el problema no sea que la política les habla a los propios. Quizás el problema sea que nosotros dejamos de premiar a quienes intentan hablarles a todos.

Los dirigentes hacen lo que les da resultados. Los medios hacen lo que genera audiencia. Las plataformas hacen lo que aumenta la interacción. Nosotros hacemos lo que nos hace sentir parte de algo más grande y nos refuerza nuestras ideas.

Después miramos el paisaje y nos preguntamos cómo llegamos hasta acá. Y tal vez la respuesta sea más simple de lo que parece.

Los sistemas rara vez producen aquello que dicen valorar. Producen aquello que recompensan. Y mientras sigamos recompensando los discursos que nos reafirman antes que los que nos desafían, seguiremos confundiendo conversación con pertenencia.

Porque una sociedad deja de conversar el día en que las palabras dejan de ser puentes y empiezan a funcionar como contraseñas.

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