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Hay momentos en la historia teatral de una ciudad que trascienden la mera cartelera para transformarse en acontecimientos de estricta justicia poética. Lo que está sucediendo en estos días sobre las tablas del Teatro Bellas Artes de Madrid pertenece a esa categoría reservada a los elegidos.

José Sacristán, convertido ya en la encarnación de la memoria interpretativa de España, se planta ante el público con “El hijo de la cómica”, todo un ejercicio de madurez, una confesión a corazón abierto y el homenaje definitivo a una estirpe de cómicos que mantuvieron encendida la llama de la cultura en los años más oscuros.

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La obra es un viaje de ida y vuelta a la esencia de la interpretación y la infancia y juventud del actor y escritor Fernando Fernán Gómez. El texto, basado en los recuerdos del personaje y de las grandes cronistas de la farándula local, sitúa al espectador en un espacio indefinido que bien podría ser su casa de la infancia, los camerinos o un escenario vacío tras el último aplauso.

Ahonda, así, sobre la herencia del alma y el recuerdo de este ícono del teatro y la televisión. Narra la historia de un niño en el pueblo de Valdelaguna que descubre el mundo a través de la mirada de su madre, Carola Fernán Gómez, y de su abuela Carolina Gómez, encargada de criarlo, pero también de aquellos cómicos ambulantes que llegaban a los pueblos cargados de cartón piedra, versos de repertorio y un hambre atroz de libertad.

“A través de la de Fernando, se me antojaban las voces de su abuela y de la mía, la lejana de Carola, su madre, la de María, la criada analfabeta aficionada a la poesía, la de Florentina y el ‘joder que piernas’ de su novio”, destaca Sacristán.

“El hijo de la cómica” aborda el desarraigo, la dureza del oficio, el miedo al olvido y la absoluta necesidad de contar historias para sobrevivir a través de un relato fragmentado pero hilado con habilidad y delicadeza.

Sacristán presta su cuerpo para que habiten en él doce personajes, entre ellos la figura de Fernán Gómez y la de directores, compañeros de reparto ya fallecidos, apuntadores olvidados y, por encima de todo, la figura mítica de esa madre cómica que da título a la pieza, y la de su abuela. Es una radiografía lírica y a ratos dolorosa de la España del siglo XX, vista desde el prisma de los que se ganaban la vida fingiendo ser otros.

Hablar de su actuación a estas alturas de la historia puede parecer una redundancia, pero lo que ejecuta en este montaje desafía los límites de la vejez biológica para instalarse en la eterna juventud del genio.

Sacristán domina el escenario con la autoridad de un monarca y la humildad de un artesano. Su voz —esa caverna aterciopelada que forma parte del patrimonio sonoro de varias generaciones— viaja por la sala sin necesidad de artificios, modulando el susurro más íntimo y el trueno de la indignación con una precisión musical.

Es fascinante ver cómo utiliza la economía de movimientos. Un leve giro de hombros, el sutil temblor de una mano que acaricia un libreto viejo o la mirada clavada en el infinito del anfiteatro bastan para recrear una época entera.

En los pasajes más dramáticos, evoca la desaparición de toda una forma de entender el teatro. El silencio que se adueña del Bellas Artes es de una densidad casi sagrada. Se convierte, así, en el puente entre el pasado y el presente del espectador, demostrando que el teatro, cuando se despoja de lo accesorio, sigue siendo el espejo más puro del ser humano.

Sacristán no sólo le presta el cuerpo a la obra, sino que además es el encargado de la dramaturgia, ya que adaptó la primera parte de “El tiempo amarillo”, las memorias de Fernán Gómez, y de ponerla en escena, dirigiéndose al él mismo.

Su labor ha sido sobria y milimétrica, entiende a la perfección que el centro de gravedad absoluto debe ser la palabra y el actor, por lo que le escapa a cualquier barroquismo digital o efectismo innecesario.

Su gran acierto como director radica en su invisible elegancia: se pone al servicio de la palabra, guiando a la audiencia por los laberintos de la memoria sin que se perciba la mano que maneja los hilos.

La escenografía minimalista diseñada por Juan Esterlich (ahijado de Fernán Gómez) evoca al hogar de la infancia del personaje, las bambalinas de un teatro o sets de películas, donde los cambios de iluminación delimitan los saltos temporales y emocionales del relato.

Logra de esta forma que el ritmo no decaiga mientras declama un texto densamente poético. Consigue crear zonas de luz y sombra que aíslan al actor en sus momentos de mayor introspección, forzando una cercanía casi cinematográfica con el espectador.

El resultado final es una atmósfera de complicidad absoluta, donde la gente se olvida durante noventa minutos que está sentada en una butaca y agradece de pie con ovaciones y aplausos, mientras la leyenda se despide.

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José Sacristán Teatro

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