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Se trata nada menos que de 3900 kilómetros cuadrados de hielo, una masa azul, helada que parecía eterna, está desapareciendo lentamente en las gélidas aguas del mar de Weddell. Se trata del iceberg A23a, una gigantesca formación que, desde su nacimiento en 1986 en la plataforma de hielo Filchner, ha vivido atrapada por el fondo marino antártico y vagando por corrientes sólo conocidas por los expertos.

Durante 39 años, gigantesco bloque de hielo estuvo encallado, aferrado a un lecho marino que lo mantuvo detenido . Pero la naturaleza implacable empezó a desatar su poder en 2020, cuando el A23a se liberó y comenzó a ser arrastrado por las corrientes oceánicas, quedando clavado en un fenómeno submarino conocido como la columna de Taylor: un remolino invisible que parece querer retenerlo una vez más.

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Roto en pedazos y a la deriva

Los últimos movimientos del A23a, su pérdida progresiva de masa y su viaje errante alrededor de Georgia del Sur, un remoto territorio británico en el Atlántico sur, han despertado inquietud en la comunidad científica. Su superficie, que alguna vez alcanzó 3.900 km², ahora es menos de la mitad, y se estima que en las próximas semanas se desintegrará en fragmentos demasiado pequeños para ser rastreados.

El iceberg parece seguir un camino parecido al de otros colosos caídos como el A68 y el A76, que se deshicieron en el océano, dejando tras de sí preguntas sin resolver.

La amenaza a la fauna

Pero el A23a no es solo un gigante en descomposición. Su viaje afecta mucho más que las aguas que lo rodean. Al desplazarse, puede raspar el lecho marino, liberando nutrientes que alteran ecosistemas antiguos y aportando enormes cantidades de agua dulce que podrían modificar la circulación oceánica.

Además, en su interior se ocultan secretos que preocupan a los científicos: bacterias y virus de eras pasadas, dormidos en el hielo milenario, podrían despertar y representar riesgos aún desconocidos para la fauna antártica e incluso para la humanidad.

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Lo que viene

El deterioro acelerado del A23a es una señal alarmante de los cambios que atraviesa la Antártida. El calentamiento global ha debilitado las plataformas de hielo, y el aumento de temperaturas oceánicas está erosionando los imponentes acantilados de hielo, que se elevan hasta 400 metros de altura, gigantes que alguna vez parecían invencibles.

“El iceberg A23a se encuentra en su último viaje, una travesía que podría acabar en la nada, arrastrado por corrientes que nadie puede detener”, advierte Andrew Meijers, investigador polar. La pregunta que muchos se hacen es: ¿qué otros secretos y cambios traerá consigo este gigante que se desvanece?

Vigilancia continua

Equipos científicos a bordo del buque polar RRS Sir David Attenborough han estudiado el A23a en sus últimos días, recogiendo muestras que podrían revelar las claves del impacto del cambio climático en la Antártida y los posibles riesgos biológicos que podría ocultar.

Mientras tanto, el iceberg continúa derritiéndose con un destino incógnto que cambia a un ritmo de consecuencias impredecibles para los científicos.

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