Por Mariano Man (Tel Aviv)
Por Mariano Man (Tel Aviv)
El sábado 7 de octubre al anochecer el mundo vio la definitiva caída de dos de los mitos más repetidos: la invulnerabilidad de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y le legitimidad de Hamas como organización militar romántica que pelea por la independencia palestina y la libertad.
El primero se hizo trizas en el alma del pueblo de Israel, que vio como los suyos eran masacrados a sangre fría con espeluznantes recursos como decapitaciones de niños, violaciones de mujeres, secuestro de ancianos, quema de familias enteras, torturas y secuestros.
El segundo mostró la real cara de la milicia terrorista: el Estado Islámico de Hamas y su férreo antisemitismo reflejado en su voluntad de exterminar a los judíos empezando por los israelíes.
Con un Gobierno que no ha funcionado desde lo estratégico a lo humano -al cierre de esta columna ningún organismo oficial se había comunicado con familiares de víctimas y rehenes-, Israel mostró nuevamente su característica más sobresaliente: su resiliencia. Y poco tiene que ver eso con las represalias en la Franja.
La gran protagonista de estos días es la sociedad israelí que, a puro reflejo, se organizó en la retaguardia para reunir indumentaria, víveres, artefactos, remedios y cualquier otro artículo que tanto los desplazados de la zona fronteriza a Gaza como los soldados.
La sociedad israelí no venía bien: desde la asunción de este Gobierno, el país se partió en, al menos dos, dos grandes bloques opuestos por la promoción o rechazo a un proyecto de ley que busca llevar a cabo una reforma judicial que limitaría la independencia de la Corte Suprema.
Diez meses de multitudinarias marchas opositoras y la necedad de la coalición gobernante tensaron tanto la cuerda que Hamas, tal como lo confesó un terrorista detenido, vio una ventana de acción para la que se había preparado un año.
Esta fractura no impidió que la ciudadanía -judíos, cristianos, musulmanes, ateos y más- emparchara la herida, al menos de forma transitoria.
Así, se donaron viviendas desocupadas para la reubicación temporal e familias que lo perdieron todo, desde uno o varios seres queridos, a su rancho en un kibutz.
Se crearon asociaciones civiles para ayudar a difundir los materiales que muestran el horror que los propios terroristas registraron con sus móviles para luego compartir en Tik Tok.
Se organizaron equipos de médicos y otros trabajadores de la salud asistir 24/7 a los heridos en recuperación o traumados. Estos son algunos de los numerosos ejemplos de reacción.
Junto a esta espontánea y múltiple iniciativa popular, el primer momento en que los israelíes volvieron a respirar entre sollozos fue el discurso del presidente de EE.UU., Joe Biden.
La alocución del mandatario norteamericano, que fue la que debiera haber pronunciado Netanyahu, funcionó como un bálsamo que allanó el camino para seguir adelante.
No porque Israel no tenga los medios para combatir sino por la sensación de que Occidente había interpretado que la carnicería programada y ejecutada por Hamas era un crimen en forma de pogromo contra el pueblo judío, sí, pero también contra la humanidad.
Esto se vio ratificado con dos hechos simbólicos: dos aviones de EE.UU. que aterrizaron en una base del sur con armamento de última generación, y la visita del secretario de Estado, Anthony Blinken, que se reunió con Netanyahu.
Si bien el respaldo generó alivio y ayudó a intentar normalizar la cotidianeidad, los israelíes saben que así cómo EE.UU. no logró erradicar a los talibanes en Afganistán y a los terroristas en Irak, Israel tampoco consiguió modificar el poder de las organizaciones palestinas como la OLP, la Yihad Islámica y Hamas, o libanesas pro iraníes como Hezbollah.
La sociedad toda se encuentra en un compás de espera ante la próxima fase de esta guerra, que todo indica que será una incursión terrestre en la Franja de Gaza.
Cada operación de este tipo se cobró la vida de numerosos soldados porque ese territorio palestino está pensado como una trampa mortal.
Para un país que nació de las cenizas del Holocausto, revivir la masacre es un trauma que no será fácil de superar.
Ante la inminencia de días muy difíciles y la repetición de ese escenario, la ansiedad y el dolor han generado en la gente una combinación de incertidumbre, angustia y miedo.
Ese miedo que sólo genera el horror real de la deshumanización e indiferencia.