Hay edificios que nacen como una inversión. Otros, como una oportunidad de mercado. Y después están los proyectos que aparecen apenas unas pocas veces en una carrera: esos que mezclan intuición, timing, obsesión por el detalle y una relación humana construida durante décadas. 234 Bulevar pertenece a esa última categoría.
Frente al Club de Golf de Punta Carretas, sobre uno de los últimos terrenos disponibles de Bulevar Artigas, Kimelman Moraes y Estudio Lecueder están terminando un edificio de diez residencias.
Mientras buena parte de la ciudad avanza hacia formatos cada vez más compactos, el proyecto vuelve a poner en valor algo que parecía haberse perdido: los apartamentos amplios, luminosos, silenciosos, con proporciones generosas y espacios pensados para durar décadas. Pero la historia del proyecto empieza mucho antes que el edificio.
Empieza hace más de treinta años, cuando Carlos Lecueder dio una presentación en la Intendencia de Montevideo sobre cómo funcionaba un shopping center. Al terminar, Ernesto Kimelman se acercó junto al arquitecto Rubén Flom. Hablaron de un desarrollo comercial para Ciudad Vieja. Después vino otro proyecto que tampoco prosperó. Más tarde, una licitación. Después otra. Hasta que un terreno y una oportunidad terminaron juntándolos en un mismo proyecto.
Desde entonces desarrollaron algunos de los proyectos más emblemáticos del país, especialmente el World Trade Center Montevideo, una obra que transformó para siempre el mapa corporativo de la ciudad. Sin embargo, 234 Bulevar representa algo distinto para ambos: una incursión mucho más personal en el mundo residencial.
“Es el primer proyecto que encaramos de vivienda con este nivel”, admite Lecueder.
La palabra “nivel” aparece varias veces durante la conversación. Pero nunca asociada al lujo tradicional. Más bien a una idea de calidad casi obsesiva: altura entre piso y techo, escala de los ambientes, silencio, luz natural, materiales nobles, vistas abiertas y decisiones arquitectónicas. Porque si algo define al proyecto es precisamente eso: la cantidad de decisiones tomadas a favor de la experiencia de vivir, incluso resignando rentabilidad.
“Podríamos haber hecho más unidades”, explica Kimelman. “Pero resolvimos hacer mayor altura de piso a techo, porque los espacios con esas dimensiones y ese volumen son mucho más disfrutables”, agrega.
La lógica actual del mercado suele ir en sentido contrario: más apartamentos, menos metros, amenities que compensen espacios privados reducidos. 234 Bulevar eligió otro camino. Acá el protagonismo vuelve a estar dentro del apartamento.
“Hoy muchas veces se habla de amenities y la gente vive en apartamentos más comprimidos. Nosotros quisimos que la gente pudiera vivir en su propio hábitat de la mejor manera”, dice Lecueder. Quizás por eso ambos hablan del proyecto casi como si estuvieran diseñando para sí mismos. Y, de hecho, en cierto punto lo hicieron.
“Todo lo que hicimos —las terminaciones, los materiales, las decisiones— son cosas que yo elegiría personalmente para vivir”, afirma Kimelman.
Los pavimentos de madera llegan desde Holanda. La carpintería de madera desde Italia. La grifería también. Los artefactos sanitarios son alemanes. Los electrodomésticos, suizos. El edificio se entrega además con un sistema domótico preparado para adaptarse al nivel tecnológico que quiera cada usuario.
“No hay nada parecido en Uruguay”, asegura Kimelman.
Pero el desarrollo no busca impresionar desde la extravagancia. Su sofisticación es mucho más silenciosa. Está en la precisión de las decisiones. En las vistas al Golf. En la relación con la puesta de sol. En el verde. En el silencio que todavía puede existir en medio de Montevideo.
“Encontramos el último terreno que quedaba frente al Golf mirando la puesta del sol”, explica Kimelman. “Y entendimos que había gente que quería seguir viviendo cerca de todo, pero con una calidad de vida que muchas veces hoy se busca yéndose hacia el este”, añade.
Ahí aparece otra de las claves del proyecto. Mientras buena parte del desarrollo premium se desplaza hacia Carrasco, Canelones o Punta del Este, 234 Bulevar reivindica la ciudad consolidada. Punta Carretas. La Rambla. El Golf. La posibilidad de vivir cerca del trabajo, de los afectos y de una cierta idea clásica de Montevideo, pero con estándares contemporáneos.
“Apartamentos como los de antes”, dicen ellos. Y la frase no tiene nada de nostálgica. Habla de escala. De aire. De calidad espacial.
Durante la entrevista, ambos vuelven constantemente a una idea: el impacto que puede tener la arquitectura en la vida cotidiana de las personas. Y ahí aparece una anécdota que explica mucho de cómo entienden su trabajo.
A comienzos de los 2000, mientras pensaban la segunda torre del World Trade Center, Kimelman decidió visitar personalmente a algunas empresas instaladas en la primera. Quería saber qué podían mejorar. Un gerente bancario, que inicialmente se había resistido a dejar Ciudad Vieja, le respondió algo inesperado.
“Pensé que me mataban cuando me dijeron que nos mudábamos”, le confesó. “Toda mi vida trabajé en Ciudad Vieja. Conocía al diariero, al lustrabotas, al del café de la esquina. Era mi vida. Pero ahora soy feliz acá. Todos venimos antes porque nos gusta estar”. La respuesta lo marcó.
“Cuando uno tiene la posibilidad de introducir cambios de ese tipo en la vida de la gente, es un privilegio”, recuerda Kimelman.
Tal vez por eso 234 Bulevar también funciona como una especie de síntesis personal para ambos. Una mezcla entre experiencia, sensibilidad y legado.
Lecueder habla mucho de su padre durante la conversación. De cómo admiraba que lo construido permaneciera en el tiempo. De cómo entendió desde chico que había algo profundamente humano en dejar una huella física en la ciudad.
“Si un proyecto no genera algo personal, no hay que hacerlo”, reflexiona Lecueder.
Quizás por eso, cuando se les pregunta qué define su relación profesional después de más de tres décadas, ninguno habla primero de negocios. Hablan de admiración. De confianza. De desacuerdos. De respeto. Y, sobre todo, de disfrute.
“Nos divertimos mucho trabajando juntos”, concluye Kimelman.
Y tal vez esa sea también la mejor manera de entender 234 Bulevar: no como un edificio más dentro del mercado inmobiliario de Montevideo, sino como el proyecto que dos personas con décadas de trayectoria decidieron hacer exactamente como querían hacerlo.