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Pocos tienen la valentía y el coraje de Rafael Nadal. Exhausto físicamente por la seguidilla y al límite en ese sentido, aceptó el reto de afrontar a Novak Djokovic, cuando podía dar marcha atrás para cuidarse a sí mismo. Si Rafa se iba a ir de sus últimos Juegos Olímpicos, tenía que ser así fiel a su estilo: compitiendo.

A lo largo de este año, cuando le preguntaban en muchísimas ocasiones si iba a estar en determinados torneos, la respuesta de Nadal fue siempre con la misma idea: analizar si estaba en condiciones de competir, no de ganar. Y eso es lo que ha hecho hoy. Con la valentía de aceptar un reto que ya sabía que iba a estar en desventaja y que le iba a costar estar al mismo ritmo.

Sin embargo, tras debutar el sábado en dobles con Carlos Alcaraz y de disputar tres horas de juego ante Marton Fucsovics el domingo, Nadal dijo presente el lunes en el primer turno de la jornada en la Phillipe Chatrier para jugar ante Djokovic. Fue el trigésimo primer triunfo del serbio ante el español en los cara a cara que han mantenido a lo largo de la historia. Pero el más doloroso. Nadal ganó en veintinueve. El treinta nunca estuvo cerca.

Tuvo sus momentos del partido, sacando fuerzas de donde ya no había para igualmente haciendo levantar a la gente de los asientos, quienes corearon el nombre del rey que conquistó París en catorce oportunidades. Si el estadio Phillipe Chatrier pudiera hablar, estaría llorando de orgullo por la imágen que dejó Nadal.

El más doloroso adiós de Rafael Nadal

Fue un regalo de los Juegos este clásico, un choque que no hace mucho se disputaba para definir un título, una final y que esta vez solo sirvió para acceder a tercera ronda. Lo logró Djokovic con una autoridad que le acerca al objetivo. A ganar el oro olímpico que falta en su palmarés. A formar parte de los elegidos que presumen del 'golden slam'. De ponerse a la altura de Andre Agassi, Steffi Graf, el propio Nadal y Serena Williams.

Un adiós que llega como algo natural. Pero fue desgarrador por momentos el panorama. Un Nadal sin opción, sin argumentos y sin fuerzas. En manos y al antojo de su mayor rival. Rafa aceptó el desafió del cuadro individual y lo pagó caro, pero su alma competitiva lo tentó a hacerlo y queda satisfecho por haberlo logrado.

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Rafael Nadal se despide de los Juegos Olímpicos.

Protegido con una visible venda en el muslo, no se amilanó y ante Marton Fucsovics hizo todo lo posible por sacar adelante el duelo y afrontar la segunda ronda. El partido con el húngaro, al igual que los otros que ha jugado, incluidos los más recientes, en Bastad, fue un ejemplo de la nueva realidad. Le da a Rafa un tiempo para mantener un alto ritmo de juego, para jugar a gran nivel. Después, la energía decae y el partido se complica.

Aún así jamás se dió por vencido y plantó cara en el segundo set, estando 0-4 en el marcador y logrando igualar las cosas para intentar gestar la heróica. Pero fue hasta ahí. No le dio para más. No dio concesiones Djokovic, que recuperó el pulso al partido, rompió y cerró el triunfo esperado.

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