ver más

Mientras los incendios forestales avanzan por diversos puntos de España, el humo resultante se desplaza a decenas de kilómetros, cubriendo pueblos y ciudades. Aunque los efectos más evidentes son la dificultad para respirar, el picor en los ojos y la irritación pulmonar, la amenaza real va más allá del aparato respiratorio.

El humo de un incendio constituye una mezcla compleja de gases —como monóxido de carbono, óxidos de nitrógeno y compuestos orgánicos volátiles— y material particulado de diversos tamaños. Entre estos elementos destacan las partículas finas PM2.5, denominadas así por poseer un diámetro inferior a 2,5 micras (aproximadamente 30 veces más pequeñas que el grosor de un cabello humano). Su reducido tamaño les permite superar las defensas naturales de las vías respiratorias, alcanzar los alvéolos y, en parte, atravesar sus membranas hasta ingresar al torrente sanguíneo.

más Noticias

No obstante, las partículas no requieren llegar físicamente al corazón para causarle daño. La agresión inicial en los pulmones desencadena respuestas inflamatorias, estrés oxidativo y alteraciones en los sistemas inmunitario y nervioso autónomo. Esta reacción sistémica deteriora la función de los vasos sanguíneos, eleva la tensión arterial, altera el ritmo cardiaco y favorece la formación de coágulos, lo que puede derivar en crisis hipertensivas, arritmias, infartos, ictus o descompensaciones de insuficiencia cardiaca.

Ventana de riesgo y consecuencias a corto y largo plazo

Los efectos de la inhalación de humo pueden manifestarse de forma inmediata o diferida. Durante la exposición activa pueden presentarse arritmias o paradas cardiacas, mientras que los infartos, ictus y descompensaciones de insuficiencia cardiaca suelen registrarse en los días posteriores.

"La mayor parte de la evidencia sitúa la principal ventana de riesgo entre el día de la exposición y los cuatro días posteriores, aunque puede mantenerse hasta aproximadamente una semana", señala Leire Goicolea Güemez, coordinadora científica en Cardiología Ambiental de la Sociedad Española de Cardiología (SEC) y coordinadora de la iniciativa SEC-FEC Verde.

La experta aclara que las alteraciones vasculares, inflamatorias y trombóticas no desaparecen inmediatamente cuando el aire se despeja. Asimismo, el humo puede actuar como detonante en personas con enfermedades no diagnosticadas —como aterosclerosis o hipertensión asintomática—, haciendo aflorar la patología tras una exposición intensa.

A esta dimensión aguda se suma el impacto crónico: la exposición repetida a lo largo de sucesivas temporadas de incendios puede acumularse y favorecer la progresión silenciosa de enfermedades cardiovasculares.

Evidencia científica: el impacto de la exposición acumulada en 65 millones de personas

Un estudio desarrollado por la Universidad de Yale analizó los historiales de más de 65 millones de beneficiarios de Medicare (mayores de 65 años) en Estados Unidos entre 2017 y 2022. Para determinar la exposición de cada individuo, la investigación combinó imágenes satelitales, rastreo de columnas de humo, datos de estaciones terrestres y un modelo de estimación de PM2.5 procedente de incendios, evaluando la exposición media acumulada durante los tres años previos a una eventual hospitalización.

El análisis ajustó sus modelos considerando variables como la temperatura, la humedad, otras fuentes de contaminación y las condiciones socioeconómicas. Los resultados reflejaron que la exposición repetida al humo incrementa el riesgo de hospitalización por causas cardiovasculares:

Aunque estos porcentajes puedan parecer moderados de manera aislada, adquieren una dimensión crítica al aplicarse a millones de personas mayores, muchas de las cuales presentan patologías previas como diabetes o hipertensión. Goicolea, también cardióloga del Hospital Universitario Araba, subraya que incrementos pequeños se traducen en un número elevado de ingresos hospitalarios, lo que representa un problema de salud pública de primer orden.

El estudio, de carácter observacional, no demuestra una causalidad directa en cada caso individual, pero confirma que el riesgo se incrementa incluso ante exposiciones moderadas. Dado que las partículas viajan cientos de kilómetros, las poblaciones alejadas de los focos de fuego también sufren las consecuencias al respirar aire contaminado de forma prolongada.

Colectivos vulnerables y pautas de prevención

El impacto del humo no afecta a toda la población por igual. Los grupos de mayor riesgo están constituidos por:

En el caso de las personas sanas, aunque el riesgo individual es menor, la exposición intensa puede alterar de forma transitoria la presión arterial, el ritmo cardiaco y la función vascular, además de desenmascarar dolencias latentes.

Para mitigar estos riesgos y proteger tanto el aparato respiratorio como el sistema cardiovascular, los expertos recomiendan vigilar los índices de calidad del aire, reducir la actividad física en el exterior, acondicionar espacios con aire limpio, utilizar sistemas de filtración adecuados y emplear mascarillas FFP2 bien ajustadas en caso de desplazamientos inevitables por zonas afectadas.

Temas:

humo Incendios forestales España enemigo silencioso corazón

seguí leyendo