La cadena de pagos volvió a tensarse en la Argentina. Ya no es solo un problema de los hogares: las empresas -sobre todo las pymes- empiezan a mostrar señales cada vez más claras de estrés financiero, en un contexto de crédito restringido y actividad dispar.
Los últimos datos del sistema financiero reflejan ese deterioro. La irregularidad en la cartera de créditos corporativos subió al 2,7% en enero, con un incremento mensual que marca una tendencia sostenida al alza. Detrás del número aparece un fenómeno más profundo: más compañías tienen dificultades para cumplir con sus obligaciones.
El problema no es homogéneo. Mientras las grandes empresas concentran buena parte del financiamiento -el 42% del crédito está en manos de apenas el 0,3% de las firmas-, el resto del entramado productivo, compuesto casi en su totalidad por pymes, se reparte el crédito en condiciones mucho más restrictivas. Ahí es donde la morosidad pega primero.
Un informe de la consultora LCG reveló que a los bancos “les intranquilizan mucho los problemas de repago de las empresas, fundamentalmente en febrero y marzo”.
Pymes: menos crédito, más riesgo
El deterioro financiero de las pequeñas y medianas empresas no es nuevo, pero se profundizó en los últimos meses. Hoy, la mitad directamente no accede al crédito bancario formal, lo que las obliga a financiarse en condiciones más caras o informales.
Ese cuello de botella se combina con un escenario operativo cada vez más exigente: ventas en caída -con retrocesos interanuales del orden del 5% en el comercio minorista- y costos fijos en alza.
El resultado es previsible: menor margen, menor liquidez y más dificultades para pagar deudas.
Una economía que no tracciona
El trasfondo es una recuperación que no termina de consolidarse. La actividad muestra señales de mejora en sectores puntuales, pero no logra irradiar al conjunto del tejido productivo.
Esa falta de tracción se traduce en cierre de empresas y pérdida de densidad empresarial. En los últimos dos años desaparecieron más de 21.000 compañías empleadoras formales, una caída cercana al 4% del total.
Industria y construcción -dos sectores clave para las pymes- están entre los más golpeados, en un contexto donde el crecimiento es “magro” y heterogéneo.
La otra cara del sobreendeudamiento
El aumento de la morosidad empresaria no ocurre en el vacío. Comparte raíz con lo que sucede en los hogares: caída del ingreso real, tasas altas y menor acceso al financiamiento.
Aunque el nivel de mora corporativa sigue por debajo del de las familias, la tendencia es la misma: empeora la calidad del crédito y aumenta el riesgo sistémico.
En ese contexto, la cadena de pagos empieza a crujir. Cuando una empresa se atrasa, el impacto se propaga: proveedores que no cobran, cheques rechazados y más presión sobre todo el sistema.
Un problema que recién empieza
El dato que preocupa en el mercado no es tanto el nivel actual de morosidad, todavía bajo en términos históricos, sino la velocidad del deterioro.
Con consumo débil, crédito limitado y márgenes comprimidos, el equilibrio financiero de muchas empresas se vuelve cada vez más frágil.
La pregunta que empieza a circular entre bancos, consultoras y empresarios es otra: no si la morosidad va a seguir subiendo, sino cuánto.