Hay reformas que prometen futuro. Hay otras reformas que obligan a mirar el pasado. Sin miopía.
En estas semanas el Gobierno avanza con tres movimientos que ordenan el tablero hacia adelante. La reforma laboral redefine cómo se contrata y se despide; la baja de la edad de imputabilidad intenta disciplinar la frontera entre juventud y delito; el acuerdo Mercosur/UE busca un nuevo impulso comercial para reposicionar a la Argentina en el mapa global. Presente y futuro. Reglas nuevas para lo que viene.
Pero ahora asoma algo distinto. Más silencioso. Más incómodo: la reforma tributaria. Si las otras leyes son arquitectura, esta es arqueología.
Durante décadas, el sistema impositivo argentino no se diseñó, se corrigió. Se le agregó un parche. Después otro. Una excepción para este sector. Un beneficio para aquel. Una alícuota diferencial aquí. Un régimen especial allá. Crisis tras crisis, gobierno tras gobierno, el resultado no fue un esquema sino más bien una acumulación: como ponerse anteojos arriba de anteojos arriba de anteojos.
La metáfora no es técnica. La metáfora es cultural. Imaginemos que durante años, cada vez que veíamos algo mal fuimos agregando una lente más para compensar la graduación ante los objetos distorsionados. En lugar de recalibrar desde cero, fuimos superponiendo lentes. Al principio ayudaba. Después deformaba. Hoy, después de implementar muchísimas correcciones caminamos con una especie de telescopio tributario que agranda algunas cosas y achica otras; con el que no se puede mirar todo a la vez ni hacer foco en algo sin hacer un desparramo. Sectores que parecen competitivos pero tal vez solo estaban ampliados por el cristal correcto. Otros que lucen inviables pero quizá cargaban el peso de todos los otros aumentos.
Qué discute la reforma tributaria
La reforma tributaria no va a discutir si los impuestos son altos. Eso lo sabe cualquiera que haya pagado una factura o liquidado un sueldo. Lo que va a hacer es algo más disruptivo. La reforma va a revelar esta mala praxis. Y revelar lo que estaba oculto siempre incomoda.
Es probable, ahora, que cada exención aparezca con nombre y apellido. Cada régimen promocional tiene una historia, un lente, un enfoque, una graduación. Cada "diferencial" de este sistema de correcciones superpuestas es el resultado de una negociación política pretérita. El sistema impositivo es, en realidad, un archivo emocional de la Argentina. Es la memoria de nuestras crisis, nuestros lobbies, nuestras urgencias, nuestras concesiones. Por eso aunque la quieren todos, la temen muchos más.
La quieren porque el diagnóstico es unánime. Si. Es inviable sostener una estructura tan compleja, tan opaca y tan desigual. Simplificar suena moderno, racional, casi higiénico. Hasta se podría decir que catártico.
Pero defenderla públicamente es otra cosa. Porque el principio de revelación implica que al limpiar capas van a aparecer asimetrías que hasta ahora estaban disimuladas. Durante años nos contamos que éramos un país con determinados sectores estratégicos, con ciertas ventajas comparativas. ¿Y si algunas de esas ventajas eran ópticas? ¿Qué pasa si al sacarle los lentes descubrimos que la miopía era más profunda de lo que pensábamos? Ya no es solo una discusión fiscal. Es una discusión sobre identidad productiva. Y la verdad oculta, si bien nos hace libres, duele casi sin excepción.
Hay algo existencial en esto. Argentina es una sociedad que ha construido consensos a partir del parche. Cuando algo no funciona, no se rediseña, se compensa. Cuando un sector pierde competitividad, se lo subsidia. Cuando una actividad no despega, se le crea un régimen especial. La excepción fue nuestra forma de gobernar. La excepción permanente.
Una reforma tributaria integral, en cambio, obliga a elegir. Y elegir es dejar cosas afuera. En términos políticos, es más sencillo debatir la seguridad o el trabajo. Allí el conflicto es visible, narrable. En materia impositiva, el conflicto es más silencioso pero más profundo. Se trata de redistribuir cargas y beneficios que llevan décadas naturalizados.
Por eso es probable que muchos actores acompañen en abstracto y duden en concreto. Que aplaudan la idea general pero resistan el artículo específico. Porque cada inciso puede ser la puerta del placard que se abre. Y los placares argentinos están llenos. No necesariamente de corrupción espectacular, sino de privilegios normalizados. De acuerdos tácitos. De “siempre fue así”. De “esto no se toca”. Tal vez la verdadera pregunta no sea si la reforma es necesaria. Lo es. La pregunta es si estamos preparados para soportar la verdad que pueda mostrar.
En economía hay una fantasía recurrente, que ordenar las variables trae automáticamente crecimiento. Pero ordenar también puede traer decepción. Puede revelar que el problema no era solo el impuesto sino la productividad, la innovación, la escala, la informalidad estructural.
Es como ir al oculista después de años de parches. Uno espera que cambien los lentes y todo mejore. Pero puede pasar que el médico diga: el problema no es el anteojo, es la vista. Vamos a tener que enfrenarnos a la pregunta incomoda de cuán miopes hemos sido hasta ahora.
Si las reformas laboral, penal y comercial ordenan el movimiento hacia adelante, la tributaria ordena la memoria. Es la ley que no habla del futuro sino de lo que fuimos acumulando para sobrevivir. De cómo llegamos hasta acá. Y ordenar el pasado siempre duele un poco más que ajustar el presente. Porque el presente se discute. El pasado se desnuda.
Nicolás Bottini, Analista político, escribe La rosca y la tuerca: una columna política que no corre detrás de la noticia, sino de su sombra.