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Todos los candidatos a presidente registraron la acusación: el primer debate presidencial, el de la semana pasada, había defraudado en términos de precisión y de contundencia. Los cinco, pero especialmente Patricia Bullrich y Javier Milei, se mostraron más incisivos desde el primer minuto de discusión en la Facultad de Derecho de la UBA.

En su primera exposición, Bullrich sacudió a Sergio Massa con el escándalo de Martín Insaurralde, y le disparó a Javier Milei diciéndole que él también estaba asociado con ellos. Minutos después, cuando se abrió el debate por la seguridad, la candidata de Juntos por el Cambio volvió a la carga contra Massa vinculándolo al fiscal Claudio Scapolán, destituido en la Justicia de San Isidro por haberle dado cobertura a policías y abogados que extorsionaban a narcotraficantes.

Así comenzó el juego de los carpetazos. Un clásico de los debates políticos que había estado ausente en le primer debate.

Massa nunca respondió la acusación relacionada con Scapolán, pero le devolvió a Bullrich su propia medicina. Carpetazo por carpetazo, el ministro de Economía sacó del archivo el nombre de Gerardo Milman, el diputado y ex jefe de campaña de Patricia al que debió separar de su equipo cuando comenzaron a investigarlo por supuestas conexiones con los “Copitos”, los dirigentes políticos informales que intentaron disparar contra la vicepresidenta, Cristina Kirchner.

Esta vez, el supuesto pacto Massa-Milei que suelen agitar los dirigentes de Juntos por el Cambio pasó desapercibido.

Milei atacó al ministro candidato exhumando la doctrina Zaffaroni, la del polémico ex ministro de la Corte Suprema que se esforzaba en garantizar los derechos de los delincuentes y que no consideraba el delito de violación si se cometía con la luz apagada. El pensamiento de Massa está lejos de las disparatadas teorías zaffaronianas, pero al compartir la boleta electoral con Máximo Kirchner, Wado de Pedro y otros kirchneristas a la carta, queda pegado al mamarracho jurídico que defendió el kirchnerismo durante dos décadas y que hizo explotar la inseguridad a niveles nunca conocidos.

La respuesta de Massa contra Milei fue fulminante y por cierto inesperada. “Hasta acá llegaste, Javier; dejá de faltarle el respeto a las mujeres porque más allá de que piensen distinto tienen derecho a opinar”, lo pinchó. Quedaba claro que era un golpe de efecto, pero probablemente efectivo. El candidato de La Libertad Avanza tiene algunas discusiones con mujeres periodistas que le valieron una sanción judicial y que el voto femenino que lo acompaña sea sensiblemente menor al de los hombres.

El resto del debate siguió con la misma tónica. Los nombres de Insaurralde y Milman volvieron a ser mencionados, y los cruces personalizados con ataques cruzados dominaron las dos horas de discusión. Patricia volvió a sacudir a Massa hablando de las casas de los kirchneristas y hasta de “Tongolini”, para referirse a supuestos manejos irregulares con las importaciones cuyo control está en manos del secretario de Comercio, Matías Tombolini.

Que Milei le dijera “Montonera asesina” a Bullrich no disipó la idea de que la candidata de Juntos por el Cambio es la que dejó una mejor imagen al discutir con una vehemencia que no había tenido en Santiago del Estero.

Juan Schiaretti habló menos de Córdoba y perdió el protagonismo de hace una semana en los memes.

Pero quien claramente perdió la frescura que había logrado hacía siete días fue la candidata de la izquierda, la abogada Miryam Bregman. En el arranque de la noche y después de que sus cuatro contrincantes se solidarizaran con los asesinatos perpetrados por el terrorismo de Hamas contra mujeres, hombres, ancianos y niños de Israel, ella prefirió cargar las culpas en el país agredido al que acusó de políticas de “apartheid”, una práctica racista aplicada en Sudáfrica hasta el siglo pasado.

La ceguera ideológica le nubló la razón a Bregman y ni siquiera pudo tener unos segundos de compasíón para los muertos a balazos y a cuchilladas. Todo lo que dijo después ya casi ni importó. Un final triste para una candidata sin chances matemáticas de ser presidente, pero que también perdió la sensibilidad de lucir conectada con la realidad.

 

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