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India, a pesar de su tamaño, su talento humano y su participación en el ecosistema global de servicios tecnológicos, no liderará una revolución tecnológica profunda. Al país le sobran obstáculos estructurales, culturales y políticos que la condenan al estancamiento. Mientras algunos celebran que reciba inversiones de Microsoft o Amazon, lo cierto es que esas apuestas apuntan a la ampliación de la infraestructura de empresas estadounidenses, no a construir una India autónoma en innovación. A diferencia de China, que desde los años ochenta financia la manufactura y luego el desarrollo estratégico de semiconductores, inteligencia artificial y tecnología militar. Por su parte, India eligió el camino del servicio barato. Y ahora es muy tarde para cambiar de carril.

Culturalmente, China e India son mundos opuestos. China, con su tradición confuciana, se basa en la disciplina, la cohesión nacional y la obediencia al interés colectivo. India, por el contrario, vive fragmentada entre castas, religiones, regiones, lenguas y hábitos profundamente dispares. En China, el gobierno moviliza a miles de científicos para un objetivo común. En India, la burocracia, la corrupción y la falta de una visión nacional compartida hacen que cualquier intento de desarrollo se diluya. La fe religiosa —todavía dominante en la población— moldea las prioridades de vida y condiciona aspectos como la higiene, la educación científica y el rol de la mujer en la economía. Mientras China construía laboratorios y fábricas, India seguía peleando por el acceso básico al agua potable y a los baños.

Los aportes de capital en investigación y desarrollo en India son insignificantes. Las grandes empresas locales, como Tata o Reliance, destinan montos marginales a la innovación. El gobierno lanzó un programa de inteligencia artificial (IA) con poco más de mil millones de dólares, cuando China lleva una década inyectando fondos masivos a su industria de chips. Además, los mejores cerebros de India no se quedan en India: migran a Estados Unidos, trabajan para Google, para Apple, para OpenAI. No construyen India, construyen Silicon Valley. Porque ese país, en el fondo, no cree en sí mismo como proyecto tecnológico autónomo. Y los inversores que ponen dinero allí no construyen un imperio indio, sino alquilan fuerza laboral temporal, barata y dócil.

La realidad es que cada vez que se intenta sacar a Estados Unidos del centro tecnológico del mundo, se fracasa. Europa no lo logró. China se quiso acercar, pero se enfrenta a bloqueos infranqueables. E India nunca estuvo realmente en carrera. Pensar que la revolución de la IA o de los semiconductores va a venir de un país cuya infraestructura es frágil, su cultura desarticulada y su ambición nacional fragmentada por dentro es una ilusión. La única alternativa real es Estados Unidos. Porque ahí están el capital, los cerebros, el poder militar, la cohesión, y —sobre todo— la capacidad de transformar ideas en poder. India, como tantas otras, es solo una fase más en el largo intento fallido de desplazar al que ya controla el juego.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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