El empresario tecnológico Bryan Johnson, la cara más visible del movimiento que promete vencer al envejecimiento, escribió hace unas semanas en la red social X que quizás llevó demasiado lejos su obsesión por la longevidad. La frase, breve y casi confesional, resumió un año en el que buena parte de los símbolos de esa industria empezó a resquebrajarse: un divulgador estrella salpicado por los documentos del caso Jeffrey Epstein, una molécula que se vendía como la fuente de la eterna juventud sin sustento científico real, y una investigación hecha en América Latina, con eje en la Argentina, que muestra resultados concretos sin depender de un solo suplemento.
Gurúes en caída
Johnson invierte cerca de dos millones de dólares por año en un protocolo propio que incluye más de cien suplementos diarios, dietas de restricción calórica estricta y terapias como la cámara hiperbárica. Meses atrás anunció transfusiones de sangre de su hijo adolescente como parte de su régimen. Su confesión pública sobre los límites de esa búsqueda coincidió con un golpe mucho más duro para otro referente de la escena: Peter Attia, médico y autor del best-seller Outlive, uno de los libros más influyentes de la última década sobre longevidad.
El nombre de Attia apareció más de 1.700 veces en un nuevo lote de documentos judiciales del caso Epstein, difundido por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, con intercambios de correos de tono amistoso y en algún caso subido de tono entre 2015 y 2016. Attia no fue acusado de ningún delito, pero la filtración le costó su lugar como colaborador de la cadena CBS News y los contratos con marcas de suplementos y proteínas que lo tenían como asesor científico.
A ese quiebre se sumó el desplome de una de las moléculas insignia del mercado antiedad: el NAD+, suplemento promocionado durante años por celebridades como Gwyneth Paltrow y Hailey Bieber, y también por referentes de la longevidad como Andrew Huberman y el propio Johnson. La premisa comercial sostenía que los niveles de esta molécula, clave para el metabolismo celular, caen con la edad y que suplementarla ayudaría a envejecer mejor. Dos estudios recientes —uno publicado en la revista Nature Metabolism y otro difundido como preprint, ambos sobre muestras de sangre de más de trescientas personas de distintas edades— no encontraron evidencia de esa caída. Investigadores como Matt Kaeberlein, de la Universidad de Washington, señalan que la hipótesis surgió hace 20 años de estudios en levaduras y ratones, y que llegó al mercado de consumo antes de contar con evidencia sólida en humanos.
Ese reverso de la agenda de longevidad extrema también quedó plasmado en dos libros publicados recientemente en inglés. En Morbid: debunking modern longevity science, el biólogo australiano Saul Justin Newman sostiene que buena parte de los registros de superlongevidad de las llamadas zonas azules —Cerdeña, Okinawa, Nicoya, Icaria— están contaminados por errores administrativos, destrucción de registros civiles y hasta fraude previsional. El segundo, Eat your ice cream: six simple rules for a long and healthy life, del bioético Ezekiel Emanuel, propone alejarse de los suplementos y las métricas de optimización y volver a reglas simples: dieta razonable, ejercicio moderado, sueño y vínculos sociales.
La ciencia que sí funciona
Mientras la meca tecnológica de la longevidad acumula desmentidos, la evidencia con mejores resultados demostrados llegó, en 2026, desde otro lugar: un estudio liderado por una neuropsicóloga argentina y publicado en The Lancet, una de las revistas médicas más prestigiosas del mundo.
Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología de la Fundación para la Lucha contra las Enfermedades Neurológicas de la Infancia (FLENI) e investigadora del Conicet, encabezó LatAm-FINGERS, la investigación más grande realizada hasta ahora en la región sobre prevención del deterioro cognitivo. El estudio siguió durante dos años a 1.065 adultos mayores de entre 60 y 77 años en once países latinoamericanos, entre ellos la Argentina, y comparó dos grupos: uno recibió recomendaciones generales de salud y el otro, una intervención estructurada sobre cinco hábitos combinados: actividad física, alimentación saludable, control de factores de riesgo cardiovascular, entrenamiento cognitivo y socialización.
El resultado: el grupo con la intervención intensiva logró una mejora cognitiva 55% superior a la del grupo de control, con avances medibles en memoria episódica, atención y funciones ejecutivas. Ningún suplemento, ninguna cámara de oxígeno, ningún biomarcador de laboratorio de por medio: la estrategia con más respaldo científico volvió a ser la más simple y la más barata. Crivelli sostiene que la prevención del deterioro cognitivo no puede pensarse como una recomendación aislada, sino como una intervención sostenida en el tiempo y adaptada a cada región.
El negocio en la Argentina
El derrumbe de algunos íconos globales no frenó el crecimiento del negocio local de la longevidad, que ya tiene un ecosistema propio en el país. Marcas argentinas de suplementos venden combinaciones de NMN, resveratrol y astaxantina bajo la promesa de "rejuvenecimiento celular", en sintonía con un mercado de wellness que crece a nivel local desde la pospandemia.
Las cámaras hiperbáricas también forman parte de ese paisaje local, con fabricantes y proveedores nacionales que abastecen a una red de centros en el país y en la región. El uso terapéutico de la oxigenoterapia hiperbárica está comprobado para heridas crónicas, pie diabético o intoxicación por monóxido de carbono, pero su promoción como tratamiento antienvejecimiento carece del mismo respaldo, y especialistas internacionales vienen advirtiendo sobre los riesgos de un uso no clínico del equipamiento, con casos de accidentes fatales registrados en clínicas privadas por incendios dentro de las cámaras.
La Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT) interviene con frecuencia en este mercado. En los últimos años prohibió decenas de suplementos dietarios por carecer de registro sanitario, entre ellos un producto elaborado con un hongo cultivado en Misiones y comercializado directamente bajo la etiqueta de "antiestrés y longevidad", vetado por no figurar en el Código Alimentario Argentino. El patrón se repite en buena parte de las prohibiciones: productos que aparecen primero en plataformas de venta online, con el mismo vocabulario que manejan las clínicas de bienestar más caras —longevidad, rejuvenecimiento celular, antiaging— y sin la trazabilidad ni los controles que exige la normativa vigente.