Hay algo súper poético en ese pequeño universo donde se acumulan no solo objetos, sino victorias. Hablamos de la caja de herramientas. Por supuesto.
Abrirla es como desplegar un mapa íntimo de problemas que alguna vez parecían imposibles y terminaron cediendo. El martillo con el que se arregló la mesa de luz; la llave inglesa que salvó una pérdida de agua de madrugada; el destornillador gastado que nadie tira. Con el tiempo, la caja permanece como un palmarés silencioso de conquistas cotidianas.
La Argentina parece un enorme galpón lleno de herramientas que alguna vez sirvieron. Sustitución de importaciones. Empresas públicas. Privatizaciones. Retenciones. Convertibilidad. Control de cambios. Redistribución. Déficit cero. Emisión. Motosierra.
El problema no es tenerlas. El problema empieza cuando las herramientas dejan de ser evaluadas por aquello que consiguen y empiezan a adquirir un valor propio. Cuando ya no discutimos si sirven sino si son buenas. Cuando abandonarlas deja de ser una decisión práctica y empieza a parecer una traición.
Quizás buena parte de nuestras discusiones políticas pueda leerse desde ahí.
La sustitución de importaciones, por ejemplo, no nació como una superstición argentina. Respondía a un mundo concreto, a restricciones externas, a una determinada estructura productiva y a una pregunta razonable sobre cómo desarrollar una economía periférica. La redistribución tampoco surgió de una fascinación abstracta por repartir. Había sociedades profundamente desiguales intentando incorporar al bienestar a millones de personas que estaban afuera.
Después ocurre algo curioso.
Las soluciones envejecen, pero los relatos que construimos alrededor de ellas no.
La protección de determinada industria deja de necesitar demostrar que esa industria puede ser competitiva porque protegerla ya es "defender la industria nacional". Una transferencia deja de tener que probar que mejora determinada condición social porque redistribuir ya es "justicia social". El instrumento absorbió moralmente al objetivo.
Una nueva versión en Argentina
Tal vez estemos viendo ahora el nacimiento de una versión nueva de un mecanismo muy viejo.
El equilibrio fiscal aparece después de décadas en las que la Argentina convirtió el déficit, la deuda, la emisión y la inflación en una especie de calesita de la que nunca supimos bajarnos del todo. Que una generación saque de esa experiencia la conclusión de que no se puede gastar indefinidamente lo que no se tiene no parece particularmente dogmático. Parece, en principio, un aprendizaje.
La pregunta empieza después.
¿Qué hacemos con lo que aprendimos?
El Gobierno habla del equilibrio fiscal como un mandamiento y propone incluso convertirlo en un "grillete": una regla capaz de restringir a quienes gobiernen mañana. La elección de la palabra es fascinante. Un grillete es algo que limita la libertad. Y solemos pensar la libertad como algo bueno. Pero buena parte de las instituciones que consideramos fundamentales fueron inventadas precisamente para limitar nuestra libertad futura. Seguramente porque tenemos evidencia de sobra que siempre podemos sorprendernos de nosotros mismos. Somos creativos para empeñar nuestro futuro.
Una Constitución es un grillete. La división de poderes también. Los límites a la reelección, la independencia judicial, las mayorías especiales necesarias para tomar ciertas decisiones: todas son formas que encontramos para decirnos algo bastante incómodo a nosotros mismos. No confiamos completamente en quienes vendrán después. Ni siquiera confiamos completamente en nosotros.
Ulises entendió el problema hace algunos miles de años. Si, Ulises, el de la Odisea.
Sabía que al escuchar a las sirenas iba a querer arrojarse al mar. Y sabía algo todavía más inquietante: cuando llegara ese momento, estaría convencido de que hacerlo era una excelente idea. Por eso no les pidió a sus marineros que lo convencieran. Les pidió que lo ataran al mástil.
Las instituciones tienen algo de ese mástil. Son mensajes enviados hacia el futuro por sociedades que alguna vez aprendieron algo de la peor manera. No concentres todo el poder acá. No permitas esto. No hagas aquello. Antes de decidir, consultá.
Una institución es, en ese sentido, memoria convertida en procedimiento. Por eso hay algo valioso en una sociedad que intenta institucionalizar sus aprendizajes. Si la Argentina descubrió después de incontables crisis que la irresponsabilidad fiscal tiene consecuencias, parece razonable que intente construir algún mástil que le recuerde esa experiencia cuando vuelvan a sonar las sirenas.
Sutiles diferencias
El problema es distinguir el aprendizaje de la herramienta. Porque una cosa es dejar escrito que no conviene tirarse al mar y otra muy distinta es ordenar que el barco jamás pueda cambiar de rumbo. Y de esas desiciones hemos tomado varias en nuestra breve historia.
Ahí aparece el dogma. Y ese es uno de nuestros lugares comunes más persistentes. La Argentina no sólo discute políticas públicas, construye identidades alrededor de ellas: "Industria nacional". "Justicia social". "Estado presente". "Déficit cero". "Convertibilidad". "Motosierra".
Son expresiones de tradiciones distintas, incluso enfrentadas, pero comparten algo, no sólo describen una manera de hacer las cosas. Empiezan a decir qué clase de persona creemos ser.
La herramienta se convierte en contraseña. Y cambiarla deja de significar que encontramos una mejor y empieza a sentirse como cambiar de tribu. Quizás por eso podemos discutir durante medio siglo las mismas cosas con una intensidad sorprendentemente parecida. No defendemos solamente instrumentos; defendemos también una explicación de por qué el país terminó como terminó.
Esto tampoco significa que las instituciones deban sobrevivir por el solo hecho de existir. Pueden volverse ineficientes, ser capturadas, proteger privilegios o responder a problemas que ya no existen. Preservarlas no es embalsamarlas.
Pero antes de romperlas quizás convenga hacerse una pregunta: ¿qué sabía la sociedad que creó esto que nosotros estamos a punto de olvidar?
Porque ahí está la diferencia entre conservar un aprendizaje y venerar una herramienta. Cuando algo nos salva, queremos convertirlo en doctrina.
Quizás la madurez política consista justamente en eso: tener principios bastante firmes respecto de los fines y una relación mucho más irreverente con los instrumentos.
Querer movilidad social sin enamorarse del subsidio. Una industria competitiva sin convertir cada arancel en una bandera. Equilibrio fiscal sin suponer que cualquier cosa hecha en su nombre queda automáticamente justificada.
Ulises necesitaba el mástil porque conocía el canto de las sirenas.
Pero necesitaba también un barco, y una tripulación, capaz de virar.