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Javier Milei los descoloca. Su estilo disruptivo, provocador y agresivo deja al peronismo atrapado en una discusión estéril, sin reacción efectiva, mientras él avanza en la destrucción quirúrgica del Estado tal como lo conocíamos: recorta instituciones nacidas del consenso, aplica el ajuste y reordena con una lógica propia, sin pedir permiso.

La calma del dólar, la previsibilidad macroeconómica —más allá de los despidos y la caída del consumo— son leídas por muchos como síntomas de orden y estabilidad, después del caos. Sumado a eso, el control de la calle lo legitima aún más.

EL PERONISMO

El peronismo, en cambio, sigue esperando un milagro: que la sociedad despierte un día y diga “nos equivocamos, vuelvan, Uds. eran mejores, recupérennos los derechos perdidos”. Ese romanticismo político desconoce el cambio de época.

Las identidades políticas se transformaron. Hoy el Estado está asociado a la ineficiencia, al abandono y a la burocracia sin alma. No es China, donde te pueden caer mal muchas cosas, pero el tren funciona y la salud responde. En Argentina, el Estado está ausente o es parte del problema. El votante ya no lo siente como protector, ni siquiera como necesario. Para la gran parte de la población el Estado no es ni la policía, ni los docentes ni los médicos o bomberos, son los impuestos.

NO LO ENTIENDEN

FINALMENTE

El peronismo espera un milagro que está lejos de suceder, aguardando que el presidente decepcione masivamente y los sectores populares pidan por el retorno cual 17 de octubre. Una posición por demás defensiva y reactiva.

No alcanza con el recuerdo de mejores tiempos si lo único que se ofrece es más de lo mismo: internas, rosca, puja de sellos y candidaturas que son producto de síntesis o bajo nivel de representación amplia. El problema del peronismo —y también de la política tradicional— no fue solo Milei. Fue el internismo crónico, la pelea por cargos, la incapacidad de representar a los nuevos sujetos sociales.

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